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Miércoles 18 de julio de 2018

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Juan Manuel Fangio

Fue quíntuple campeón de Fórmula 1 y aún hoy es un héroe del automovilismo. A 23 años del día en que cruzo para siempre la línea del final recordamos su pasión por las pistas, su galantería con las mujeres y su tan memorable como misteriosa vida.

 
 

Esta historia trata sobre la increíble vida de un joven de humildes raíces, nacido y criado en el interior de la provincia de Buenos Aires hace más de un siglo. Se dedicó a la mecánica como oficio y al deporte como pasión. Sin perder un gramo de modestia se convirtió en campeón del mundo, no solo una, sino cinco veces. Juan Manuel Fangio fue uno de los más grandes exponentes del deporte nacional de todos los tiempos.

 

Su infancia

El 24 de junio de 1911, en una casa de la calle 13 de Balcarce, a 400 kilómetros de Buenos Aires, nació el cuarto de los seis hijos de Loreto Fangio y Herminia D’Eramo. Lo bautizaron como Juan Manuel. En el marco de una infancia de aire puro y travesuras, tenía 10 años cuando consiguió su primer trabajo como ayudante en una herrería. Poco tiempo después fue aprendiz en un taller donde lavaba piezas, barría el piso y aprendía el oficio. Pronto, no le alcanzó solo con aprender a repararlos, a los 12 años aprendió a manejar y así comenzó su romance con los autos. En 1924 se acabó para él la educación formal: dejó la escuela para trabajar como mecánico en el taller de la agencia Studebaker de Manuel Viggiano, en Balcarce. Su padre Loreto sostenía a la familia con su oficio de albañil, pero a Juan lo atraían los metales y también el futbol. Era un hábil puntero, muy rápido, corría con las piernas ligeramente abiertas. En la cancha lo llamaban el Chueco, un apodo que con los años lo hizo famoso en Europa, pero la pelota quedó para siempre en segundo plano en 1929, el día que Juan Manuel participó de su primera una carrera como acompañante de Manuel Ayerza a bordo de un Chevrolet 28.

 

Buenos Aires

El servicio militar lo trajo por primera vez a Buenos Aires, y pasó 1931 en el VI Regimiento de Caballería de Campo de Mayo. Ese año decidió su futuro. Cuando regresó a Balcarce abrió su propio taller mecánico, en sociedad con José Duffard. Tenía 21 años y una personalidad definida. Pícaro, entrador, galán, seductor. Aquellos años de juventud transcurrieron entre Balcarce y Mar del Plata, en busca de oportunidades y aventuras. Héroes europeos como Achille Varzi o Tazio Nuvolari afiebraban sus deseos de velocidad. A los 25 años, en octubre de 1936, debutó como piloto en una carrera no oficial en Benito Juárez, en un Ford A ’29, un taxi modificado que era del padre de un amigo suyo. Como no quería que sus padres supieran que estaba compitiendo, utilizó el seudónimo “Rivadavia”. En 1938 volvió a correr y luego de una colecta popular en Balcarce compró un Ford ’37 para embarcarse en el Gran Premio Argentino de Turismo Carretera. Después de 7.400 kilómetros de esfuerzo acabó séptimo. A partir de allí, la Argentina quedaría una vez más dividida en dos: será de Fangio, del bando de Chevrolet, o de los Gálvez, Oscar o Juan, que defienden a Ford. Una rivalidad que separó familias y duró una década. Fangio comenzaba a hacerse un lugar en la historia del deporte local cuando la Segunda Guerra Mundial lo complicó todo. La locura desatada por Adolf Hitler en Europa no impidió al principio que las carreras de autos siguieran desarrollándose en nuestro país. Pero la entrada en el conflicto de los Estados Unidos significó un golpe decisivo para las aspiraciones de Fangio y sus colegas corredores: el material técnico –autos y cubiertas esencialmente- dejaron de producirse en el país del Norte, los corredores se quedaron sin carrera y los mecánicos sin trabajo.

 

Sus mujeres y sus hijos

 
Juan Manuel Fangio y Andreína “Beba” Berruet. 

Su corazón de galán nunca fue completamente domado, y su apetito por las mujeres fue legendario. Su relación sentimental más profunda fue con Andreína “Beba” Berruet. Ella vivía en Mar de Plata con su marido, el señor Espinosa, cuando fue seducida por el encanto de Juan Manuel. Beba lo acompañó durante toda su campaña europea. De esa relación nació en 1938 Oscar “Cacho” Espinosa, cuyo parecido con Juan Manuel es inconfundible. Oscar heredó de Fangio la pasión por el automovilismo y llegó a correr en la fórmula 3 en Europa. Se conocían y él sabía que era su padre pero por razones que nunca fueron reveladas por ellos, no tenían una relación familiar. De hecho, Beba dejaba a Oscar en Mar del Plata cuando acompañaba a Fangio en algún viaje. Después de un juicio por paternidad, un análisis de ADN confirmó que Cacho era hijo de Fangio en 2015, cuando tenía 77 años. En marzo del año pasado se supo que Fangio también fue el padre de Rubén Vázquez, de 72 años, fruto de su relación con Catalina Basili. Lo llamativo es que el pentacampeón era padrino de bautismo de quien era su hijo. Finalmente en junio de 2016, la Justicia reconoció a un tercer hijo: se trata de Juan Roríguez, un ingeniero agrónomo que también es un apasionado del automovilismo deportivo. En su caso, la muestra de sangre del análisis de ADN la aportó su hermano mayor Oscar Cacho Espinosa. Por su destreza y nobleza como persona, Fangio fue un honorable embajador de la Argentina en el mundo. Sin embargo, las razones que lo llevaron a no reconocer a ninguno de sus hijos, todavía son un misterio.

 
Juan Manuel Fangio y Oscar "Cacho" Fangio.. 

 
Rubén Fangio. 

Días de vértigo

Dos años después del final de la guerra, los autos de carrera volvieron a rugir en la Argentina. Fangio fue a correr a Europa con ayuda del Automóvil Club Argentino y del gobierno de Perón. Su primer triunfo consagratorio, el Gran Premio de Monza de 1949, lo logró con una Ferrari que el ACA compró con dinero aportado por el armador argentino Alberto Dodero, amigo de Aristóteles Onassis. En la península era visto como un italiano más y por eso Alfa Romeo, que construía entonces los mejores coches de Fórmula 1, le ofreció un contrato para el primer Campeonato Mundial en 1950. Fangio lo firmó en blanco, sin preocuparse por cuánto iban a pagarle. Su sueño juvenil estaba cumpliéndose. Con Alfa Romeo logró el primero de sus cinco títulos mundiales, en octubre de 1951, haciendo delirar a todo el país, que seguía sus actuaciones a través de la radio. Había derrotado a su gran rival, Alberto Ascari, pero no al destino. En mayo de 1952 sufrió un accidente en Monza. Al tomar una curva, salió despedido de su máquina. El diagnóstico médico indicó conmoción cerebral y lesión de las vértebras cervicales. No fueron pocas las zozobras que pasó cuando alguna novia pretendió ocuparse de su salud… desconociendo que había otras en esa misma condición y con iguales pretensiones. Seis días de tracción con una pesa e inmovilidad total y noventa días de un yeso que le cubría el torso, los hombros y el cuello lo dejaron sin competir el resto del año. Fangio pensó en retirarse por primera a fines de 1955, después de conquistar dos títulos mundiales consecutivos para Mercedes Benz. Ya tenía 44 años, tres títulos, y sus negocios en la Argentina florecían. Pero el signo político del país había cambiado, y la Revolución Libertadora lo consideraba un estandarte del derrocado gobierno peronista. Le pusieron un interventor en su empresa, una concesionaria con taller en Barracas. Entonces descartó la idea del retiro y regresó a Europa a consumar el más improbable matrimonio del automovilismo: correr para Enzo Ferrari. Fue aquella una relación tempestuosa entre dos primeras figuras. Para el Commendatore italiano, solo importaban sus máquinas. El contrato venció al cabo de 1956, Fangio alcanzó un título más y navegó hacia las aguas más sedosas de Maserati, archirrival de Ferrari en Módena. Sobre la Maserati 250F, a los 46 años, el 4 de agosto de 1957 venció en el Grand Prix de Alemania, el circuito más difícil del mundo. Con un manejo que rozó la perfección, derrotó a las Ferrari y selló su quinto título mundial. Fue tan heroica su proeza que todavía hoy es considerada una de las más fantásticas carreras de la historia.

 

El secuestro

Próximo al retiro, vivió uno de los episodios más notables de su vida. En febrero de 1958, mientras estaba La Habana (Cuba) para formar parte de una carrera, fue secuestrado la noche previa a la competencia en el hall del hotel Lincoln por integrantes del Movimiento Revolucionario 26 de Julio que buscaba impactar al mundo con ese golpe. Lo retuvieron durante 26 horas, lo que le impidió ser parte de la prueba. A pesar de su cautiverio Juan Manuel desarrolló un sentimiento de empatía con sus captores que no solo derivó en su liberación sano y salvo, sino en una larga amistad. Uno de ellos, Arnold Rodríguez, llegó a ser viceministro de Relaciones Exteriores de Cuba y vino tres veces a visitarlo a la Argentina. En el circuito de Reims, en Francia, el mismo en el que había hecho su debut europeo en 1948, terminó la carrera deportiva de Fangio, diez años más tarde, el 6 de julio de 1958.

El retiro

 

Una vez retirado de las pistas, la convivencia con Beba se hizo más difícil. Compartían un departamento en la calle Talcahuano, que Fangio dejó para siempre una noche de 1961. Su hermano José lo ayudó a retirar sus pertenencias y se mudó a la casa de su sobrina Ethel Ruth, en la avenida Caseros. Volvió a mudarse cuando decidió construir la gran casona de la calle Guatemala, en Palermo, dónde vivió hasta su muerte y donde actualmente vive su sobrina. Su cuarto se conserva como si Fangio fuera a utilizarlo cualquier día de éstos. Después del retiro, Juan Manuel se transformo en una leyenda viva, venerado en todo el mundo. Sin embargo, nunca lo abandonó su sencillez de hombre de campo. Una noche de la década del ’60 cenaba en un lujoso restaurante de París junto a su pupilo, Juan Manuel Bordeu, y a la mujer de éste, Graciela Borges. Un personaje de largos bigotes enrulados entró al salón acompañado por una diseñadora de alta costura de fama internacional y al verlo a Fangio prorrumpió en elogios dignos del mejor surrealismo. Fangio cambió unas palabras en voz baja con sus acompañantes, miró al personaje en cuestión y le dijo: “Acá me dice Bordeu que vos pintás…” Era Salvador Dalí. ¿La diseñadora? Coco Chanel. En 1970 sufrió su primer infarto, pero eso no impidió que Mercedes-Benz lo pusiera al frente de sus operaciones en Argentina cuatro años más tarde, un cargo que desempeñó por más de dos décadas. Junto al afamado escritor Jorge Luis Borges y al Premio Nobel de Química Luis Federico Leloir, fue nombrado en 1973 Ciudadano ilustre de Buenos Aires. En 1981 sufrió otro ataque cardíaco, en Dubai, y el doctor René Favaloro lo sometió a un quíntuple by-pass. Durante 1992 le extrajeron un tumor benigno en un riñón, pero sus problemas renales se agravaron. Condujo por última vez un auto de carrera en Cerdeña, en setiembre de 1993. Sometido a un agotador tratamiento de diálisis, un estado gripal que derivó en una neumonía obligó a internarlo el 15 de julio de 1995 con serios problemas respiratorios. Dos días más tarde, el 17 de julio, falleció a los 84 años. Sus restos fueron velados en la Casa de Gobierno, y encontraron descanso en la bóveda familiar del cementerio de Balcarce. Lo sobreviven sus hazañas, el Museo de Balcarce que ya tiene tres décadas, y su eterno legado. Pura inmortalidad..

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