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Viernes 06 de julio de 2018

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Frida Kahlo

Una de las vidas más sufridas y extraordinarias del siglo XX, la de una mujer que pintó de color al dolor. Frida, la de México, la del mundo, la de Diego, su amor eterno, su marido la de los intelectuales, la del pueblo, la de todos.

 
 

"Olvidé mi sombrilla en el colectivo. ¡Volvamos a la terminal!”. La pareja toma otro micro y se sienta en uno de los primeros asientos. Son jóvenes, lindos y están enamorados. Es verano y ríen a carcajadas. El sol del atardecer, como un baño de caramelo, atenúa los rosados, azules y verdes que estallan en los portales y fachadas del pequeño pueblito. Un tranvía zigzaguea lentamente en las cercanías. Ambos choferes calculan el paso. Ella, sin notarlo, silba una ranchera y termina con una sonora carcajada que él interrumpe con un beso apasionado. Su cuerpo se estremece. Un ruido ensordecedor y un impacto feroz los separa con violencia. En un instante ven al tranvía incrustarse en el colectivo. Sienten cómo vuelan sus cuerpos por el aire. Ella trata de alcanzar el pasamanos, que, al tomarlo, se suelta y le atraviesa el cuerpo… como a un toro al que le han asestado la estocada final. No oye nada. Vuela. Cae. Trata de incorporarse en la calle empedrada y rebota varias veces. Él sale de abajo del tranvía, la busca con desesperación entre los cuerpos sangrantes. La alza en sus brazos, entra a un bar y la apoya en una mesa de billar. Un hombre le arranca de un solo tirón el pasamano que la atraviesa. El grito de ella es tan desgarrador, que tapa la sirena de la ambulancia que está llegando. Luego, el silencio.

 

No tiene noción del tiempo ni de lo que ocurre. Sólo algunas voces al llegar a la sala de operaciones y una sola frase que comprende perfectamente: no va a vivir. La operan, vive. Mientras la llevan a terapia intensiva, un médico le dicta a su enfermera: “Fractura de la tercera y cuarta vértebras lumbares; tres fracturas en la pelvis; once fracturas en el pie derecho; luxación del codo izquierdo; peritonitis aguda y herida profunda en abdomen, por barra de hierro que entró por cadera izquierda y salió por el sexo”.

Una mañana de otoño, despierta. Está inmóvil, boca arriba. Su primer pensamiento es “tengo el espíritu sano”. Intenta mirarse y comprueba que tiene un corsé de yeso. Paradójicamente este será para ella el despertar de un sentimiento hasta ahora desconocido: pasión por la vida.

AUTORRETRATO

Wilhelm Kahlo era un inmigrante alemán, de origen judío, que había elegido Coyoacán, al sur de México D.F., como un exótico destino para aprender una profesión y formar una familia. El día del nacimiento de su tercera hija, su mujer murió durante el parto. Esa misma noche, vestido de luto, pidió la mano de Matilde Calderón, una compañera de trabajo cuyo novio se había suicidado semanas antes frente a ella. Enseguida se casaron y tuvieron dos hijas. El 6 de julio de 1907, en casa de sus padres,la “casa azul”, nació la tercera hija del matrimonio.

 

Cuando la llevaron a bautizar, el cura dijo, enojado: “¡No va usted a ponerle Frieda a la niña! ¿Qué clase de nombre es ése? Póngale un nombre del santoral”. Kahlo cerró la larga discusión en el altar diciéndole: “Póngale antes cinco nombres de santas si lo desea, pero se llamará Frieda, que en alemán significa ‘paz’”. Magdalena Carmen Frieda Kahlo y Calderón afirmaba, años más tarde, en el esplendor de su fama, que había nacido en 1910, el año de la Revolución Mexicana. “Nací con ese fuego, llevada por el ímpetu de la revolución, de adulta fui pura llama”.

Una tarde, mientras paseaban en un parque, su padre tuvo uno de sus acostumbrados ataques de epilepsia. La niña corrió a buscar ayuda, tropezó con unos troncos y se lastimó. “Al día siguiente, cuando quise levantarme, sentí como si unas flechas atravesaban mi pierna”. El diagnóstico fue devastador: poliomielitis. Luego de varios meses en cama, se levantó con un pie atrofiado y una pierna más corta y más delgada. La edad escolar llegó junto a una bota ortopédica. “¡Frida pata de palo!”, se burlaban sus compañeros.

Para controlar su odio, se mordía el labio inferior hasta hacerse sangrar. Esa frase “martillaría” su mente y su corazón de por vida. Se propuso entonces ser campeona de natación y decidió estudiar medicina. Esa actitud positiva la convirtió en una adolescente de enigmática belleza que vestía trajes “a lo varón” para disimular su defecto físico y se ponía dos medias gruesas en la pierna más delgada. Cuando Frida tenía 15 años, Diego Rivera comenzó a pintar un mural en el Colegio Nacional. Ella y sus compañeros habían formado un grupo de pseudointelectuales llamado “los cachuchas” (por el tipo de gorra que usaban) capaces de menospreciar a un famoso artista como Rivera. Sin embargo, una tarde ella se escondió detrás de una columna y lo observó trabajar durante tres horas. Al día siguiente, les dijo a sus compañeras mientras tomaban un helado: “Yo tendré un hijo de Diego Rivera”. “Vaya príncipe azul, es espantoso”, respondió una. “Es mejor un genio que un príncipe azul”, contestó ella. Sin embargo, el líder del grupo, un muchacho extraordinariamente guapo, inteligente y carismático, la volvió loca de amor.

“El primer amor llegó sigilosamente, ni le vi ni le oí llegar, me invadió poco a poco. Era tal el enamoramiento, que llegué a vivirlo como un placer molesto”. Fue él quien la acompañaba la tarde del accidente y a pesar de que la tragedia destrozó las ilusiones, fueron amigos de por vida. Luego de pasar varios meses en el hospital, lo primero que hizo Frida al salir fue ir a la parada del colectivo. Al ver venir uno, juntó coraje y levantó su mano. Subió, y aunque viajó aterrada, llegó hasta el sitio donde estaba la Virgen de Guadalupe y se hincó a rezarle.

Un año más tarde, los médicos constataron que tenía tres vértebras desplazadas y volvió a la cama por nueve meses, con un nuevo corsé. Decidió que éste iba a ser alegre y colorido, y le pidió a su padre acuarelas para pintarlo. Su madre tuvo la idea de hacer construir un caballete “insertado” en la cama y un espejo sobre el techo del baldaquino. En él, Frida miraba a Frida. Sin saberlo, doña Matilde había influido en el estilo de la creadora de autorretratos más famosa del mundo. “Me han preguntado por mi insistencia en el autorretrato. No tuve elección, que alguien se ponga cinco minutos en mi lugar. Tuve que ser más fuerte que mi cara reflejada en el espejo y no dejarme tragar. Pinto autorretratos porque la mayor parte de mi tiempo estoy sola y porque soy la persona a quien mejor conozco”. A partir de su sufrimiento, Frida creó arte.

 

AMAR A RIVERA

Aquella noche, en el living de la célebre fotógrafa Tina Modotti, se entremezclaban la intelectualidad y la vanguardia mexicana, con sofisticadas mujeres del brazo de jóvenes comunistas. Frida llevaba un traje gris de hombre, corbata, cabello recogido, un clavel rosa en el ojal y un puro en su mano derecha. Audacias que en ese entorno no llamaban la mínima atención. De pronto, la puerta se abrió y, como si la fiesta se hubiese congelado, el gran Diego Rivera, majestuoso, altísimo, gordo y muy feo, hizo su gran entrada. A nadie le importó su aspecto; su “aura” de genio iluminaba el recinto. Mientras atravesaba, intrigante, el salón, sacó un arma del bolsillo de su saco. Las parejas de baile le abrieron paso. Se dirigió directamente al aparato de música, apuntó por unos segundos y, finalmente, disparó. ¡Bang! El disco se ralentizó hasta detenerse. Hubo un corto silencio. De pronto, estallaron los bravos y los aplausos. Él se desplomó a las carcajadas sobre un sillón, soplando el humo del caño de su revólver, y comenzó a narrar mil y una historias, cada una de ellas más fascinante que la otra. Todos pujaron por acercarse y rodearlo. Frida lo observó a la distancia y le confesó a Tina: “Para mí es un monstruo, en el sentido sagrado de la palabra y también en el literal”. Finalmente, sus miradas se cruzaron, y rayos y centellas atravesaron el salón. Al final de la noche, acordaron que ella le alcanzaría algunas de sus pinturas para que él le diera su opinión. Días después, en un descanso en la pintura de un mural, Frida se acercó y le dijo: “Mire, no vine a buscar cumplidos, sino una opinión sincera… y sería sobre mis pinturas”. Él la miró de arriba abajo y le dijo: “¿Tiene más”? Ella le escribió en un papel la dirección de la casa y debajo puso: “El domingo por la tarde”. Y él fue. Los padres no salían de su asombro por la visita a su casa del más célebre pintor, el “Miguel Ángel mexicano”. Para distender la situación, ella se los presentó como “un gordo con cara de sapo”, frase que Rivera adoró. Esa visita era el punto de partida de la historia de amor más extravagante de todo un siglo. En agosto de 1929, los diarios del mundo anunciaban la boda.

 

Ella, divertida, lo presentaba a sus amigos como “el segundo gran accidente de su vida”. Su madre, disgustada, no participó del casamiento, enojada porque su hija se casaba con un comunista y ateo, aduciendo, además, que era la unión “entre un elefante y una paloma”. Él le llevaba veinte años, Frida pesaba 44 kilos y Rivera, 136. El padre, consciente de que ya no podía afrontar los costosos tratamientos médicos, luego de hipotecar la casa y vender los muebles a un anticuario, le dijo a Diego: “Frida es más inteligente que guapa… No olvide que es una persona enferma y lo será toda la vida… Si a pesar de todo eso quiere casarse, le doy mi consentimiento”. Enamorada, Frida cambió su imagen por la que Diego admiraba en una mujer y comenzó a vestirse como una folclórica mexicana, con rebozos, faldas multicolores, enaguas, bordados, cintas en el pelo y joyas autóctonas de gran tamaño. Una verdadera “diosa azteca” cuyo estilo se impuso en el mundo entero. Elsa Schiaparelli, la rival de Chanel, presentó en París su colección inspirada en la “Señora Rivera” y fue tal el éxito, que Vogue la puso a Frida en su portada. A pedido de su marido, dejó de depilarse sus enormes y gruesas “cejas-pájaro” y el profuso bello de su labio superior: “Diego se puso furioso un día que me depilé el bigote, decía que estaba negando un símbolo de distinción de la burguesía mexicana. Sé que a mi hombre le gusto de este modo y eso me complace”. Días después de la boda, hicieron una fiesta para sus excéntricos amigos. Una de las tantísimas ex amantes de este mujeriego empedernido, borracha, levantó las faldas de la novia y gritó: “¡Miren esto! En vez de mis fabulosas piernas, ¡Rivera ha conseguido estos trozos de madera!”. Frida se escabulló y subió humillada a la terraza. Allí, confundida entre las sábanas que se secaban al viento, sólo era capaz de escuchar las voces burlonas de sus compañeros de colegio: “¡Frida pata de palo, Frida pata de palo!”. Luego de un tiempo volvió a la fiesta, pero sería para peor. Diego había tomado tanto tequila, que había desenfundado una vez más su revólver y disparaba a todos los objetos de la casa. Cuando trató de llevárselo, él comenzó a decirle horribles insultos. Ella abandonó sola la fiesta y dijo: “No hay nada peor que el alcohol violento; es imperdonable porque es falso cuando dicen que no se dan cuenta de nada”. Recién después de tres días, él volvió a la casa. Frida, con su inteligencia, sentó un precedente: había manifestado su posición al abandonarlo borracho y lo recibió como si nada hubiese pasado, dejando claro que ella no sería una de esas mujeres que hacen reproches. Esto lo descolocó y lo hizo sentir más culpable aún.

El DOLOR DE NO SER MADRE

A pesar de este incidente, los primeros meses fueron de mucha felicidad, aunque Frida tenía una única obsesión: un hijo. Luego del accidente, un médico le había dicho que jamás iba a ser madre. En los primeros dichosos meses de matrimonio, mientras Diego pintaba un mural, Frida se acercó al andamio y le preguntó: “¿Sabes lo que es la felicidad?”. Él respondió desde arriba: “El almuerzo humeante que traes en la canasta”. “Hoy es algo más –respondió ella–, estoy embarazada… ¡Vamos a tener un bebé sapo-paloma!”. Tres meses después, hubo que provocarle un aborto. Se sumió entonces en el llanto y la soledad.

 

Se preguntó una y otra vez: “¿Alguna vez podré tener un hijo o habrá muerto en los rieles de un tranvía?”. Entonces, algo bueno sucedió y la sacó de la depresión. Diego fue contratado para pintar un mural en los Estados Unidos y ése sería el comienzo de un romance entre Frida y la cultura de ese país. Los intelectuales y la clase alta americana reverenciaban a Rivera y ella reinaba por su magnetismo, extravagancia y su ácido sentido del humor. Una noche, mientras bailaba en la mansión de Henry Ford, el magnate del automóvil la felicitó, diciéndole: “Su vestido es absolutamente magnífico, Frida”, a lo que ella contestó: “Usted también está bien vestido… ¿Cree que los comunistas tenemos que andar mal ataviados, señor Ford?”. Él sonrió y ella volvió a la carga: “Dicen también que estamos hospedados en el mejor hotel de esta ciudad… y sabe por qué lo consideran el mejor. Por que no admiten judíos”. Ford, sospechado de antisemitismo, esta vez no sonrió. “Debería saber que por mis venas y las de Diego corre sangre judía y usted está bailando conmigo. Al finalizar la velada, los esperaba un espectacular auto con chofer. Bajando las escalinatas, ella le agradeció el detalle, al tiempo que Ford le decía: “Puede quedárselo, Frida, es mi regalo para usted”. Durante ese viaje, volvió a quedar embarazada y con muchas posibilidades de éxito, según un médico local… equivocado. “A los tres meses y medio, el destino, que tiene dientes de tiburón, me absorbió. En una noche lo perdí todo. Un inmenso chorro de agua, de oro y de sangre anunciaba el final de una batalla perdida de antemano. Yo no quería eso, todo menos eso, la perdida irremediable de lo que me llenaba, esa mutilación de mi propia vida. Así como me vacié de sangre, me vacié de lágrimas. La locura no está tan lejos, la locura está a dos pasos. Mi niño… mi niño que no vio el día… soy culpable. Hice todo lo posible para protegerte, para resguardarte. Querido, querido… te quise antes de verte. Debí ser lo suficiente fuerte para evitar tu pérdida, nuestra destrucción. Te pido perdón, infinitamente perdón”. Durante los quince días que estuvo internada, gritó, amenazó y exigió vanamente que le mostraran el feto. Ríos de lágrimas bañaban sus trenzas. Pidió a los médicos que le prestaran láminas de anatomía para comprender y traducir en pinturas la tragedia de su cuerpo. “No estoy enferma, estoy rota”, dedujo. La mayoría de las veces, las lágrimas mojaban los esbozos y los rompía en mil pedazos. A poco que le dieran el alta, llegó un telegrama de México que anunciaba que su madre estaba muy grave. “Qué le he podido hacer a Dios para que tenga yo tanta mala suerte”, exclamó Frida. Ante la imposibilidad de conseguir vuelos, viajó, doblada aún por los dolores, durante cuatro días en ómnibus y trenes. Al llegar a México, luego de un viaje de pesadilla, se arrimó a la cama de su madre que estaba consumida por el cáncer y sacó fuerzas vaya a saber de dónde para no gritar y estallar en llanto. Le tomó las manos y no se las soltó hasta una semana después, cuando esas manos que la habían acariciado con tanta calidez, se enfriaron para siempre. Adiós, hijo, adiós, mamá…

EL REGRESO A CASA

Luego de haber perdido a su madre y un segundo embarazo, volvió a los Estados Unidos, donde Rivera estaba pintando un mural a pedido de Rockefeller. En sus horas libres este donjuán empedernido había iniciado un fogoso romance con una excepcional escultora y dejó a Frida para irse con ella. A Kahlo le dolió, pero lo aceptó mejor que si se hubiera ido con una cualquiera. “De algún modo, yo lo entendía a Diego. Igual, él siempre volvía”. “A las otras mujeres no las amo –afirmaba él–, yo sólo necesito a mi Frida”. En tanto, Rockefeller, disgustado porque había pintado el rostro de Lenin en el mural, lo despidió, no sin antes darle una suculenta suma de dólares que Rivera se encargó de dividir por partes iguales con varios artistas bohemios. Diego volvió a Frida y juntos retornaron a México. Allí tuvo un tercer embarazo y un tercer aborto, con la consiguiente desolación. A eso le siguió una apendicitis y una operación en el pie debido a una gangrena que terminó con la amputación de cinco falanges. Su salud consumía todos los ahorros, pero aún así, comenzaron la construcción de “la casa de San Ángel”, dos viviendas unidas entre sí por un puente. Cada casa tenía un color, la ocre rosado era, para él, y la azul, para ella. Cuando estaban enojados y no se hablaban, ella le escribía y enviaba mensajes con las visitas. Frida llenó su casa de animales, perros, loros y monos. “La vida es un zoológico…Almas olvidadas se apoderan de los animales y ellos también son mis niños”. Frida había bautizado a su perro preferido Señor Xolotl, que en una lengua azteca quiere decir “animal monstruoso”. Un día, Rivera cruzó furioso el puente hacia la casa de ella y le dijo a los gritos: “¡Si encuentro a tu perro, lo mato! Se ha meado en mis acuarelas”. El ataque de risa de Frida atrajo al perro. Diego lo alzó del cuello y le dijo, mirándolo a su espantosa cara: “Señor Xolotl, usted es el crítico de arte más honesto que he conocido”. La “independencia” que traía aparejada las viviendas separadas tenía sus ventajas y… sus desventajas: Diego inició una relación amorosa con la hermana menor de Frida. “Traté de ser tolerante y liberal, al fin y al cabo tenemos una sola vida y hay que vivirla lo mejor posible. Pero me partió el corazón, esta vez era con mi hermanita, la que yo más quería”. Por primera vez tomó la decisión de irse a vivir sola a Nueva York, una ciudad que sentía como propia. Liberada, sintió que era el momento de tener relaciones amorosas con mujeres: “Creo que en esas relaciones, en lugar de sexo, yo buscaba el reconocimiento de una aliada”. Pero fue con otros hombres que volvió a sentirse deseada y plena. El primero, un famoso fotógrafo que, el día en el que ella le iba a confesar que estaba enamorada, le anunció que quería casarse … con otra. Pero como un amor hace olvidar a otro amor y un genio hace olvidar a otro genio, Frida sedujo a Noguchi, uno de los más célebres diseñadores y escultores del siglo XX. Durante casi un año estuvieron bailando y haciendo el amor; hasta que un día apareció Diego, revólver en mano y para felicidad de ella, se la llevó a México.

Claro que felicidad es un modo de decir; él no sólo continuó con sus conquistas, sino que, sintiéndose un orgulloso comunista, dio asilo en la Casa Azul, que era de los padres de ella, ni más ni menos que a León Trotsky, artífice de la Revolución Rusa y del Ejército Rojo, o sea, un líder mundial en la clandestinidad y en constante peligro. Trotsky se fascinó con la pintura de Frida, ella se fascinó con Trotsky. No tardaron en iniciar un affaire, secretísimo, porque nadie debía saber que él se ocultaba allí y, peor aún, porque su mujer estaba ahí junto a él. Y no sólo era su esposa, la historia la recuerda como una mujer extraordinaria. Eso sí, le faltaba saber inglés, idioma que usaban para decirse frases de amor en frente de ella y escribirse las apasionadas cartas que enviaban dentro de libros que se recomendaban mutuamente. Tiempo después, Frida se las devolvió para tranquilidad de él y para que esa correspondencia que hoy compartiría el mundo entero quedara sólo entre dos amantes. El romance duró meses y terminó cuando ella le regaló un autorretrato y un celosísimo Rivera, con su desigual concepto de la fidelidad, dio por terminada la relación entre su mujer y el líder revolucionario. Pero algo más trágico sucedería después, Trotsky fue asesinado en esa casa por agentes enviados por Stalin. Los investigadores, que no ignoraban la aventura extramatrimonial, encarcelaron a Frida durante varios días para interrogarla. Diego, temeroso de una injusticia y con la ayuda de una de sus amantes, la estrella de Hollywood Paulette Goddard, se escondió un tiempo en San Francisco.

LAS DOS FRIDAS

 

En medio de esas tempestades, Frida creció como artista. Coleccionistas, galerías de arte y museos se disputaban sus obras. Así se convirtió en la artista latinoamericana más cara, con obras que, décadas después, superaron los cinco millones de dólares y el célebre Museo Louvre de París compró una de sus pinturas para exhibición permanente. Rivera escribió entonces una carta para que Frida le entregase a Picasso: “Te la recomiendo, no como marido, sino como entusiasta de su obra”. Picasso le respondió con un telegrama: “Ni tú ni yo somos capaces de pintar una cara como la de Frida”. Como artista, ella nunca le debió nada a Diego, ni siquiera fue su maestro. Más bien lo contrario, Frida opinaba con autoridad sobre las obras de Rivera. Además, intelectualmente era más honesta que él. El caótico matrimonio de los Rivera llegó a su fin cuando ambos decidieron el divorcio de común acuerdo. Rota, moral y físicamente, Frida se volcó de lleno a sus cuadros. Pasando días y noches frente al caballete, pintó uno de sus cuadros más célebres, Las Dos Fridas, en el que asimilaba la crisis matrimonial. Lo hizo teniendo puesto un corsé de acero que pesaba veinte kilos, uno más de los casi treinta corsés y aparatos ortopédicos que en total aliviaron y martirizaron su existencia. “Mi cuerpo es un marasmo. Y ya no puedo escapar de él... Como el animal siente su muerte, yo siento la mía instalarse en mi vida, y tan fuerte que me quita toda posibilidad de luchar... Mi cuerpo va a dejarme, a mí, que he sido siempre su presa. Presa rebelde, pero presa”. Como tantos otros genios vulnerables, buscó escaparse en el alcohol de los padecimientos, pero consciente y con su acostumbrado sarcasmo, reconoció: “Traté de ahogar mis penas en alcohol, pero las desgraciadas aprendieron a nadar…”. En una de sus tantas y largas internaciones, comenzó a visitarla un coleccionista de arte joven, rico y europeo. No hubo medicina más eficaz que las ganas de ponerse bien y volver a tener un romance, una vez más en la vida. Allí, en las visitas de un cuarto de hospital, comenzó la relación y cuando a ella le dieron el alta, se fueron juntos a su ciudad preferida, Nueva York, donde “reinaba” en los círculos sociales y entre artistas bohemios. Mientras se divertía tratando de deslumbrarlo, él se enamoraba cada día más de ella. Diego, enterado de la situación, comenzó a llamarla y enviarle telegramas proponiéndole que se casaran nuevamente. Una tarde en la que la pareja tomaba un café, Frida le dijo a su pretendiente: “Eres el hombre más adorable del mundo y Diego es un monstruo. Pero hoy me ha llamado de nuevo y voy a volver a casarme con él”. Absorto, el joven millonario rechazó la amistad que ella le ofrecía y le dijo que, estando enamorado como él estaba de ella, era imposible pensar en una amistad. Frida y Rivera se volvieron a casar semanas después en San Francisco, el día del cumpleaños de Diego, y luego de que él aceptara las tres condiciones impuestas por ella: independencia económica, viviría de la venta de sus obras; ella pagaría la mitad de los gastos de la casa y no tendrían contacto sexual, así no le resultaba insoportable cuando él se iba con otras mujeres. De regreso, se instalaron esta vez en la Casa Azul que la vio nacer y ella le acondicionó una habitación para su flamante marido. A pedido del ministro de Cultura, Frida comenzó a dar clases de arte a un pequeño grupo de alumnos. Lo único que les pedía era que se inspiraran en la cultura mexicana y se mantuvieran alejados de las influencias europeas. La formación que les dio permitió que algunos de ellos se convirtieran, años más tarde, en artistas notables. Pero los problemas de salud volvieron y las clases se trasladaron a su propia casa. Ella misma les cocinaba y servía bebidas para que los jóvenes trabajaran en un clima de informalidad y alegría.

Cuando todo parecía encarrilarse en su vida, volvió a tener problemas de salud y hubo que llevarla a los Estados Unidos para una delicada operación. Le soldaron cuatro vértebras lumbares, injertándole un hueso de la pelvis y una placa metálica de quince centímetros.De vuelta en México, tuvieron que cortarle de urgencia un corsé de yeso que la asfixiaba y colocarle otro de acero. Lo tuvo puesto ocho meses, pero cuando se lo quitaron, los dolores se intensificaron y ni siquiera la aliviaban las dosis de morfina que difícilmente toleraba. Fue entonces cuando médicos mexicanos descubrieron que en la operación de Nueva York le habían soldado mal las vértebras. Como en una catarata de calamidades, resurgió una infección con hongos en las manos por la que había sido internada años atrás en París y dolores, esta vez más fuertes, en la pierna atrofiada. En ese período, Frida pintó en el caballete montado en la cama, como cuando era niña, obras extraordinarias como Pensando en la Muerte, La Columna Rota y un patético Sin Esperanza. Un día, una de sus hermanas le alcanzó a su cama un diario que anunciaba que Frida y Diego se iban a divorciar, pues él estaba enamorado de María Félix y que Frida le proponía un regalo a “la Doña”: su marido, Diego Rivera. “Era mi último recurso. ¡Si me lo iba a robar, mejor que se lo regale! Hay que ser generosa y tener humor”. No hubo divorcio ni por ende casamiento con la diva, pero sí quedó escrito por Frida en las paredes de la casa: “Habitación de María Félix, Frida Kahlo y Diego Rivera”, confirmando una convivencia entre esos muros de las tres celebridades más grandes de ese país. Las reglas de vida de los Rivera resultaron siempre incomprensibles para el mundo exterior. Una frase de Frida definía su lugar en la pareja: “Cuando tenía dudas sobre nuestra relación, sobre su amor, pensaba que lo que realmente deseaba era que mi mundo fuera lo suficientemente fuerte para no necesitar el suyo”. Cuando Frida sentía que había tocado fondo con las enfermedades, otra tragedia la golpeó: su pierna enferma debía ser amputada. Cuando su médico le dio la noticia, Frida le gritó “¡Jamás!” y lo echó de la habitación. Se quedó llorando a los gritos en soledad, hasta que se abrió la puerta y entró Diego. Se calmó y, momentos después, con un leve movimiento de cabeza ella le dijo que “no”. Él se sentó en silencio. De pronto Frida gritó desafiante “¡Que me la corten. Pierna de mierda que no ha hecho más que envenenarme la vida! Mejor, así la pierdo de vista… Frida Pata de Palo… al fin mereceré ese apodo, los niños siempre dicen la verdad”. Cuando despertó de la anestesia pasó días enteros, inerte, sin hablar, sólo contestando con monosílabos a médicos y enfermeras. Había envejecido de golpe. Un día, una enfermera que le estaba haciendo curaciones, le escuchó decir su primera frase: “Para que quiero pies para andar si tengo alas para volar”. Lentamente, iba germinando la idea del suicidio. Volvió a la Casa Azul y una tormentosa noche de verano, sentada en su silla de ruedas y mirando a través de un ventanal, le dijo a su hermana menor: “Desearía que la lluvia me llevase hasta un estuario y desde allí hasta alta mar… no he viajado bastante aún, hermanita”. Esa noche, antes de dormirse, escribió en su diario íntimo: “Quiero matarme, pero mi amor por Diego me lo impide, esperaré un tiempo”. Dos semanas antes de que se cumplieran veinticinco años de la primera boda, Frida llamó a Diego y le regaló un anillo de diamantes que había diseñado para él. “Te lo doy ahora porque creo que te voy a dejar muy pronto”. Le puso el anillo, Diego la besó en la frente y ella simuló quedarse dormida. Cuando él abandonó el cuarto, ella escribió en su diario: “Espero que la salida sea afortunada y espero no volver jamás… Tengo derecho a mantener mi último secreto. Buenas noches, sol, luna, tierra, Diego y amor. Buenas noches, Frida”. Cerró su diario y del mismo cajón que lo puso, sacó un frasco de pastillas y tomó cuatro más que las recetadas. No hubo autopsia. El certificado de defunción decía: “Deceso por embolia pulmonaria”. Tenía tan sólo 47 años. Frida Kahlo tuvo un funeral de estado y su cuerpo fue exhibido en el Palacio Nacional de Bellas Artes. Una multitud la vio por última vez ataviada en ricas y coloridas telas, sus manos cubiertas de anillos y su pelo peinado impecable, adornado con cintas de colores. Como a ella le hubiera gustado, para complacer a su Diego. En el momento que su cuerpo era incinerado, él sacó de su bolsillo un lápiz y un papel, y llorando, dibujó la escena. Debajo puso: “Frida, toda fuego, arrasada por las llamas”. Cuando le entregaban las cenizas, dijo emocionado: “No tardaré mucho en unirme a Frida, he guardado un tiempo este jarrón precolombino para que mezclen nuestras cenizas”. Murió tres años más tarde, luego de haber donado la obra de Frida a la nación de México. Sus familiares desoyeron su pedido de mezclar las cenizas. Igual no importó, a décadas de sus muertes, los nombres de Diego y Frida permanecen unidos para siempre en la memoria colectiva. La Casa Azul, donde nació, jugó con sus hermanas, despidió a su madre y amó a Diego, es ahora el Museo Frida Kahlo. Allí se encuentra el jarrón precolombino con sus cenizas y gran parte de sus pinturas, que nos recuerdan las palabras del “pontífice del surrealismo”, André Breton: “El arte de Frida Kahlo de Rivera es una cinta de seda alrededor de una bomba”. En su mesa de noche de la Casa Azul aún se encuentra su diario, y de su puño y letra podemos leer: “Yo quisiera hacer lo que se me da la gana detrás de la cortina de la locura. Así, arreglaría las flores todo el día, pintaría el dolor, el amor y la ternura, me reiría a mis anchas de los otros y sobre todo de mí. Construiría mi mundo, que mientras viviera, sería mío y de todos…”.

 

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