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Lunes 19 de marzo de 2018

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Grandes pasiones: la historia de Juana "la loca y Felipe "el hermoso"

Fue amor a primera vista pero las intrigas y las infidelidades convirtieron el sentimiento más puro de una mujer en su propia condena

Por Virginia Poblet

 
 

 

Se agarró de la baranda con todas sus fuerzas para no caer. Ni siquiera el mejor buque de la Armada española podía resistir impasible ante tamaña e inesperada tormenta de verano. Las olas, alimentadas por un aguacero constante acompañado de truenos y relámpagos, eran a su vez empujadas por un viento furioso. Joven y fuerte, Juana de Castilla y Aragón soportó hasta llegar a tierra. El 31de agosto de 1496, la mayor flota de Castilla enviada en misión de paz debió buscar refugio en las costas del sur de Inglaterra. Diez días antes, la fastuosa comitiva compuesta por 22 navíos con una tripulación de alrededor de 4500 personas, había partido desde el puerto de Laredo rumbo a Flandes. Tras ella zarparon también 60 barcos mercantes que, como cada año, exportaban lana a esa región, famosa por sus exquisitos tejidos. Además de transportar a Juana, tercera hija de los Reyes Católicos, el fin de tal despliegue era impresionar al emperador Maximiliano I de Habsburgo, exhibir poder frente al enemigo Luis XII de Francia, y traer a España a Margarita de Austria, para desposarla con Juan, el heredero del reino ibérico.

En el vendaval naufragaron unas cuantas naves. Una carraca genovesa donde iban unas 700 personas encalló en un banco de arena y piedras y tuvo que ser abandonada. Allí se perdió el ajuar que llevaba Juana para desposar a Felipe el Hermoso. De algún modo, podría decirse que el mar intentó prevenir a la infanta española de 16 años, que se dirigía hacia una vida tempestuosa, de amarguras duraderas y escasa felicidad.

Amor desenfrenado

Cuentan las crónicas que lo de Juana de Castilla y Aragón y el archiduque Felipe de Habsburgo fue amor a primera vista. Tal fue el flechazo que apenas la vio, Felipe, de 18 años, llamó de urgencia a un capellán para adelantar la boda cuatro días e ir cuanto antes a la alcoba. Lenguas más ponzoñosas sostienen que el asunto fue al revés, que el casamiento debió apresurarse porque los adolescentes se anticiparon a consumar el matrimonio. Como fuese, todo iba de maravillas y los jóvenes se mostraban embobados. Ella había tenido una educación esmerada, hablaba latín a la perfección, se manejaba muy bien en francés y tenía grandes dotes para la danza y la música, en especial con el clavicordio. Rubia, de cara ovalada y boca pequeña y carnosa, Juana cumplía con los cánones de belleza de la época, al igual que Felipe, que no era muy culto y, aunque hoy de hermoso no tendría mucho, era de lo más atlético y deportista.

Feliz con su marido, Juana se adaptó enseguida a la corte de Flandes, más risueña, frívola y egoísta que la española. Pasó por alto que los consejeros de su amado esposo, más afines a los intereses franceses, la miraban torcido, y que poco a poco su enorme comitiva iba mermando. La cosa empezó a complicarse cuando Felipe se cansó de la novedad y retomó sus andanzas de picaflor empedernido, tal como hacía de soltero. A su mujer esto no le gustó ni un poco y se lo hizo saber. Los primeros enojos de Juana no eran precisamente mesurados, conducta que los intrigantes consejeros señalaban con insistencia y que el astuto y celado archiduque aprovechaba para hacerse la víctima y jugar a dos puntas entre el rey galo y sus suegros, Fernando de Aragón e Isabel de Castilla.

Es posible que el proceder de Felipe le haya traído a la infanta el recuerdo de las escenas de celos de su madre hacia su padre, que habrá sido muy católico pero también bastante ligero de cascos y perseguidor de doncellas. Nadie se hubiera atrevido a insinuar que los arranques de la Reina fueran patológicos, al menos no a viva voz. Aunque sí había una sombra en el pasado, que auguraba el triste futuro de Juana: su abuela, Isabel de Portugal, madre de “la Católica”, fue declarada demente y pasó sus últimos 42 años encerrada en un castillo.

Entre recriminaciones y reconciliaciones, en 1498 Juana tuvo a Leonor, la primera de sus seis hijos, recibida con gran algarabía tanto por su robustez como por la facilidad de la madre para parirla. Un poco porque le gustaban mucho las fiestas de Flandes, tan diferentes a la pacatería de su terruño, y otro mucho porque no quería perder de vista a su marido, Juana asistía siempre a estas ocasiones, aún a punto de dar a luz. Tal es así que, mientras disfrutaba de la danza en el palacio Prinsenhof, en Gante, se dirigió al retrete para evacuar ciertas molestias que sentía en el vientre. En ese lugar incómodo y poco higiénico nació, el 24 de febrero del 1500, el futuro Carlos I de España y Carlos V del Sacro Imperio Romano, que llamarían “el César” por sus títulos y posesiones. Más tarde, en julio de 1501 y en condiciones más apropiadas, nacería Isabel, la tercera hija del matrimonio.

 

Premoniciones y desvaríos

Si bien cada vez tenía menos compatriotas a su lado, y los pocos que quedaban eran más fieles a Felipe que a ella, Juana estaba relativamente tranquila con su recoleta vida en Bruselas, disfrutando de las tertulias y muy atenta a los deslices amatorios de su querido cónyuge. Su matrimonio era una pieza más del aceitado engranaje de alianzas desplegado por los Reyes Católicos, pero esa meticulosa construcción comenzó a desmoronarse. En la próspera dinastía de Castilla y Aragón se instaló la tragedia. En un lapso de apenas tres años, murieron los dos hijos mayores de Fernando e Isabel y sus descendientes. Juana se convirtió en la heredera del trono español y ese fue el principio de su perdición.

En noviembre de 1501, Juana y Felipe partieron hacia España para ser reconocidos como los futuros monarcas por las cortes de Castilla y Aragón, pasando por Francia. El espectáculo de opulencia que lentamente paseó Felipe por tierras galas incluyó una soberbia escolta de caballeros, arqueros y escuderos, blasones y estandartes, carrozas cargadas de muebles y tapices flamencos, decenas de juglares, saltimbanquis, sirvientes y mil doscientos soldados a caballo. Entre agasajos y ceremonias, el viaje que podía hacerse en un mes duró más de dos. Pero toda esa fastuosidad quedó relegada cuando la gruesa comitiva debió atravesar los estrechos pasos montañosos de los Pirineos. Bajo la nieve y a lomo de mulas, entraron a España el 20 de enero de 1502.

Así como a Juana el mar le había dado señales de que le esperaba una vida tormentosa, el destino también tuvo la delicadeza de advertirle a Felipe que en territorio castellano su salud corría peligro. Primero fue con una dolencia muy de los Habsburgo y bastante vergonzosa: hemorroides. Con pudor, lo comenta el cronista holandés Raimundo de Brancafort: “Nuestro señor, el archiduque don Felipe, entró en tierras de Castilla y Aragón con lágrimas en los ojos, y no por lo que dejaba a sus espaldas, o por lo que tenía frente a sí, sino por un mal del que ni las testas coronadas están dispensadas.” De nada valieron los ungüentos de los cirujanos reales que de manera bien solícita le pasara su abnegada esposa, lo sanó el curandero de un humilde pueblito vasco con una mezcla de hierbas. Antes de llegar a Toledo, Felipe también enfermó de sarampión. Por fin, el 22 de mayo de 1502, las cortes castellanas tomaron juramento a los archiduques de Borgoña como herederos del trono y sucesores de Isabel la Católica.

En apariencia, todo era algarabía y buenos tratos, pero Felipe, que ni siquiera sabía hablar castellano, quería volver a su hogar, y sus suegros pretendían que se quedaran a vivir y mandaran traer de Flandes al pequeño Carlos, para educarlo como soberano de Castilla y Aragón. Las relaciones se volvieron cada vez más tensas, hasta que el obispo de Bensançon, fiel consejero del borgoñés, enfermó y murió de manera repentina. Para Felipe, su servidor había sido envenenado, y quiso partir cuanto antes de estas tierras malditas. La Reina le advirtió que Juana, con siete meses de gestación, no podría encarar un viaje tan largo. Felipe quería llevarse a su mujer, pero ante todo quería huir. Doña Juana, en medio de la trifulca de sus padres y su adorado marido, montó una escena en plena despedida y entonces sí, volvió a escucharse con más fuerza aquel antiguo rumor: que la infanta desvariaba.

 

Prisionera en Castilla

Juana cayó en su primera depresión. Parecía ausente y pasaba los días en silencio. El 10 de marzo de 1503 tuvo a su cuarto hijo, Fernando, en un parto facilísimo, como siempre, y enseguida empezó a reanimarse; la pobre creía que de inmediato aprontarían los barcos para partir hacia Flandes. La reina Isabel le dijo que zarparía en verano, pero el calor se terminaba y no había indicios de preparativo alguno. Se enojó mucho, con justa razón. Con el pretexto de que Isabel tenía fiebre muy seguido, por el bien de la monarca los médicos decidieron apartar a Juana de la Reina, y la llevaron al Castillo de la Mota, bajo promesa de que en cuanto hubiera una tregua entre Francia y España, la enviarían de vuelta junto a Felipe y sus hijos. Pero la tregua llegó y los Reyes Católicos se cuidaron muy bien de que la princesa no se enterara.

Confinada y tratada como una niña, la archiduquesa, lógicamente se puso mal cuando supo que su madre le había ocultado la noticia del armisticio. Juana dio órdenes para partir enseguida. Isabel, postrada por las fiebres, mandó emisarios para convencerla de que se quedara, pero como la infanta “no entraba en razones”, el obispo de Córdoba ordenó que sacasen del castillo todos los carruajes y caballos. Juana redobló la apuesta y dijo: “Si su majestad la Reina Católica no quiere que disponga de caballerías que no me pertenecen, está en su derecho; pero en mi persona no manda, pues si ella es reina de Castilla, yo lo soy de Flandes y de Borgoña, y aunque como hija me gustaría poder obedecerla en todo, como esposa me debo a mi rey y señor, y en su busca voy, aunque sea andando.” Y ahí nomás se dirigió hacia la salida. El obispo ordenó entonces cerrar todos los puentes levadizos y puertas, pero Juana, pertinaz, se quedó parada allí afuera, sin abrigo alguno, toda una gélida noche de noviembre. Al verse secuestrada, cayó de nuevo en la depresión, hasta que sus padres no tuvieron más remedio que dejarla volver junto a Felipe, luego de un año y medio de ausencia.

El panorama se oscurece

Juana volvía, aliviada, con los suyos, pero la melancolía ya se había apoderado de ella. Al regresar encontró que sus temores estaban bien fundados: Felipe tenía amoríos con una pelirroja. Furiosa, Juana enfrentó a la mujer, se le tiró encima con una tijera, cortó su larga cabellera y le tajeó la cara. A cambio, Felipe le dio una paliza a su esposa y siguió cosechando amantes, lo que, claro, obsesionó aún más a la pobre Juana. Pero los arrebatos entre marido y mujer parecían ser tanto de cólera como de pasión, y en 1505 tuvieron a su quinta hija.

En medio de tanto alboroto, murió Isabel de Castilla, y Felipe quiso marchar rápido hacia España a tomar posesión de la Corona. Juana, devorada por los celos, puso como condición que no hubiera una sola mujer a bordo. Se echaron a la mar en enero de 1506, en pleno invierno y, otra vez, el agua se encargó de advertirles que se avizoraba un panorama negro. A punto de naufragar, recalaron en Portland, Inglaterra, y recién pudieron llegar a destino tres meses después. Recelosos de Fernando de Aragón, los nobles castellanos apoyaron a Felipe, pero él, tan débil en estas tierras, volvió a enfermar. Otra vez embarazada de cinco meses, Juana no se apartó de su lado y lo cuidó con esmero. De todos modos, murió de manera repentina el 25 de septiembre de 1506.

Felipe fue embalsamado e inhumado en Burgos. Desesperada de dolor, Juana ordenó desenterrarlo y llevar su cuerpo a Granada y su corazón a Bruselas, tal como él se lo había pedido. Algunas crónicas dicen que Fernando no quería que su yerno fuera sepultado en Granada antes que él; otras, que quería declarar a su hija no apta para gobernar y así reinar en su nombre. Como fuera, Juana deambuló por Castilla con el féretro de su difunto marido a cuestas, siempre de noche, con una comitiva obligada a seguirla durante ocho meses. En esas circunstancias parió a Catalina, su hija más pequeña.

Esta macabra procesión nocturna hizo que en los pueblos por donde pasaba dieran por cierta la fama de loca de amor de Juana, y así, su padre pudo encerrarla en el Castillo de Tordesillas por insanía, y convertirse en regente de la corona de Castilla. Juana tenía 29 años. Ya nunca saldría de allí. Se enteró de la muerte de Fernando de Aragón muchos años después, cuando los comuneros fueron a buscar su respaldo en contra de la tiranía de Carlos I. Juana, que ya pasaba los 40, se negó a obrar en contra de su hijo que, a la sazón, no tuvo ningún empacho en dejarla encerrada durante el resto de su vida. Juana de Castilla y Aragón murió a los 77 años, en 1555. Los últimos 46 los vivió encerrada, traicionada por sus seres queridos, sola y sin amor..

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