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Miércoles 04 de octubre de 2017

su bienestar

"Yo me curé" la historia de 3 mujeres que superaron el cáncer de mama

Los vínculos que se fortalecen, los prejuicios que se derrumban, la fuerza del amor del círculo más íntimo y las estrategias para verse bien: en primera persona, ellas cuentan como sobrellevaron este duro proceso.

Por Josefina Marcuzzi  | 

 
 

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Giselle Rumeau, 48 años, Ciudad de Buenos Aires

Nos abre la puerta de su departamento de Palermo y se la ve espléndida en un vestido azul; sonríe y nos invita a pasar al living. Giselle es periodista, trabaja en el diario El Cronista y sobrevivió a un cáncer de mama que le diagnosticaron en el año 2011. Le gusta hablar del tema y refuerza varias veces que la información es un pilar fundamental para la prevención de la enfermedad. “Yo cometí la torpeza de hacerme la mamografía de control y tardar un año en llevar el resultado a mi ginecóloga. ‘¡Sos periodista, cómo vas a hacer eso!’, me retó. Y así me fui, shockeada, con una noticia que fue una bomba”.

Lo primero que se preguntó fue si le iban a sacar la teta. “Pensar en una mutilación me daba miedo”. Finalmente, solo le quitaron el tumor y le quedó una pequeña cicatriz, que muestra con una mezcla de orgullo y alivio. Giselle es, sobre todo, una persona optimista. Siguió trabajando durante todo el proceso de la quimioterapia; en ese entonces no estaba en pareja y no tenía (ni tiene) hijos, por lo que el camino transitado fue junto a sus padres y su hermana. “Lloré una semana, lloré la segunda y la tercera dije… basta. Yo no puedo llorar más porque tengo que estar bien para afrontar esto. Mi médico psiquiatra fue otro pilar fundamental, en el que me apoyé durante todo el tratamiento”, recuerda.

 
“Lloré una semana, lloré la segunda y la tercera dije… basta. Yo no puedo llorar más porque tengo que estar bien para afrontar esto", recuerda Giselle..  Foto: Juana Mauri

Para Giselle, otra de las cosas que cambian son los vínculos, dice que algunos se pierden y otros se potencian. “Volví a ser más hija que nunca. En la época de la quimio me iba hasta Quilmes, donde viven mis papás, y me quedaba a comer y a dormir. A los 42 años, mi papá se iba a otra piecita y yo dormía con mi mamá. Era una necesidad de volver a la cueva, como un pájaro herido que regresa a su refugio”.

La terapia también fue clave para mantenerse entera y anímicamente estable: iba dos veces por semana al psicólogo. Las amigas que acompañaron en ese entonces son las que todavía están, pero hubo otras que quedaron en el camino. Una de las cosas que más le impactó fue la estigmatización de algunas personas de su entorno. “Los pares tienen miedo, porque uno se transforma en un espejo de lo que el otro no quiere ser. Entonces surge el ‘vos hiciste algo. O vos comiste mal. O vos sufriste mucho’. Que la gente te responsabilice es muy fuerte y doloroso”.

Giselle insiste en que cada experiencia es única, y que lo que le sirvió a ella quizás no le sirva a otra persona. “No hay una receta para sobrellevar algo como esto, pero sí quiero dejar claro que lo más importante es hacerse la mamografía. Y sobre todo, tener ganas de vivir. Con esas ganas, sacás fuerza de donde sea”.

 
“No hay una receta para sobrellevar algo como esto, pero sí quiero dejar claro que lo más importante es hacerse la mamografía. Y sobre todo, tener ganas de vivir"..  Foto: Juana Mauri

Leé aquí el editorial de Susana sobre cáncer de mama

El poder de los vínculos y los afectos

Carmen Chouciño Storani, 31 años, Béccar

“Marta me dio la posibilidad de llevar una vida normal durante la quimio. No la odio, no le tengo resentimiento, todo lo contrario: Marta es lo más. Por eso se la pasé a la mamá de una amiga a la que diagnosticaron ahora, para que siga su camino y que sirva para alguien más”, cuenta entre risas Carmen.

Marta se llama su peluca, así la bautizó una de las mejores amigas de Carmen un día que la visitó en su casa del norte del gran Buenos Aires. Tiene apenas 31 años, pero su diagnóstico fue cuando tenía 29. Su novio, Byron, fue el que le detectó la bolita, como una “canica”, y por eso decidió ir al médico.

Nunca pensó que una chica de su edad podía llegar a tener cáncer, pero fue así. “Vos vas a poder con esto, Carmen. Vas a salir”, le dijo su papá frente al escritorio del médico en el momento del diagnóstico. Ella levantó ese mensaje como bandera y transitó los peores dos años de su vida con el cuerpo, la cabeza y el alma. Cuando supo que iba a tener que hacer quimio, automáticamente pensó en la maternidad y hubo mil preguntas al respecto: finalmente, optó por congelar óvulos.

“Una de mis grandes preocupaciones era el pelo. Yo lo tenía largo, rubio, me importaba mucho mi flequillo. Pregunté si se me iba a caer y me dijeron que sí… ahí me largué a llorar, fue horrible. Soñaba que me despertaba pelada, creo que esa fue la peor etapa. No podía imaginarme cómo iba a verme mi novio, cómo me iba a ver yo, cómo iba a hacer con el trabajo y mis actividades”.

Si bien hubo dificultades (la sexualidad, por ejemplo, se volvió un tema complejo), su vínculo con Byron se fortaleció muchísimo. “Terminás conociendo a quien está al lado tuyo mucho más, porque a la noche te abraza, te mira y te dice que te ama, pase lo que pase, cuando vos estás llorando. Yo me conecté con él de una manera única e irrepetible”.

Para Carmen hubo varios factores que hicieron que pudiera salir adelante. Primero, su fuerza. Luego, su psicóloga, a quien iba a ver todas las semanas y era su espacio para enojarse, llorar y putear. “Y mis vínculos, sobre todo. Mi papá, mi mamá, mi hermano, mi hermana y mis tíos. En la quimio, cerraba los ojos y pensaba en todo el amor y la protección que recibía. Nadie puede pasar por esto solo”.

Dedicarle tiempo al arte, las manualidades y la escritura, sobre todo, fue una vía importantísima para tener la cabeza ocupada y pasar los días que no iba a trabajar. “Además, hacerme un grupo de amigos que estaban pasando por lo mismo hizo el proceso más ameno y llevadero. Se armaba un ambiente de compañerismo y sostén que fue muy importante”.

En el medio de la charla comparte un mate, se detiene y observa: “Cuando volví a tomar una copa de vino, un café o un mate, entendí cuánto valen los pequeños placeres de la vida. Atravesar situaciones extremas te enseña a valorar esas cosas”.

 
En la quimio, cerraba los ojos y pensaba en todo el amor y la protección que recibía. Nadie puede pasar por esto solo”..  Foto: Juana Mauri

Aceptar y creer

Liliana Sanhueza, 58 años, Río Negro

Hubo un instante en el que Liliana hizo un click, aceptó lo que le pasaba y empezó a dejar atrás todo lo que no sumaba. Muchas cosas perdieron valor y dejó de preocuparse por lo que no valía la pena. “Entendí que lo más importante era vivir, disfrutar con José (su marido) y viajar. Hoy tengo lo fundamental que es la vida, y por eso soy una agradecida”.

Liliana nació en Villa Regina, pero vive en un pequeño pueblo que se llama Ingeniero Huergo, en la provincia de Río Negro. Allí construyó su familia y junto a José tuvieron dos hijos, Diorella y Adriano. Durante mucho tiempo se dedicó a ser ama de casa, aunque en los últimos años encaró un emprendimiento junto a su cuñada y llevó adelante una perfumería boutique en el centro del pueblo. Viajaba cada 6 meses a General Roca para hacerse una mamografía, y en el año 2014 le encontraron una pequeña “bolita” que finalmente fue un tumor. Tenía 55 años y una gran obsesión: su cuerpo. Le importaba mucho la estética, su físico y le encantaba estar linda. “El momento que me lo dijeron fue el peor, pero a partir de ahí empezó un proceso de aceptar, entender y atravesar lo que me tocaba. En definitiva, fui una afortunada, porque tuve la posibilidad de tratarme con los mejores especialistas y la contención familiar necesaria para sobrellevarlo”.

Ella lo repite una y otra vez: la fe la salvó, la rescató y la mantuvo con esperanza durante todo el tratamiento. Por las noches rezaba antes de irse a dormir, toda su energía positiva estuvo puesta en eso. Entendió que la mochila la cargaba solamente ella, aunque su familia estuviera al lado para acompañarla. “Para mí era posible el milagro, siempre lo supe, y así me mantuve: creyendo en que me iba a curar. Cuando me dijeron que me iban a sacar la mama entera fue duro, pero seguí adelante. Hoy estoy bien y recuperada, y sé que tengo otra actitud para pasar por algo como esto. Aprendí mucho”.

Después de la operación su mente se llenó de interrogantes: “¿Me voy a quedar sin pelo?, ¿el tumor puede volver?, ¿cómo me voy a ver sin una lola?”. Eran todas preguntas que tenían una sola respuesta: que ella iba a poder con todo lo que se pusiera por delante, y más. “Vi chiquitos oncológicos y mujeres mucho más complicadas. Me di cuenta cuánto egoísmo tenía encima: tuve que aceptar ¿quién era yo para que no me pase algo así?”.

El tratamiento continuó con rayos durante 36 días y todavía debe tomar comprimidos durante los próximos cinco años, cuando llegue el alta definitiva. “Hoy me dedico, desde donde puedo, a ayudar a gente que está atravesando un momento duro. Antes muchas cosas me enojaban… ahora, puedo verlas desde otra perspectiva”.

 
“Para mí era posible el milagro, siempre lo supe, y así me mantuve: creyendo en que me iba a curar. Cuando me dijeron que me iban a sacar la mama entera fue duro, pero seguí adelante..  Foto: Juana Mauri

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