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Viernes 18 de agosto de 2017

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Recuerdos de la niñez, mis días de pupila en el Quilmes School

El Día del Niño es una buena ocasión para evocar uno de las etapas de mi vida que me marcó para siempre

Por Susana Giménez  |   Ver perfil

 
 

A cababa de cumplir 7 años y mi padre decidió, al regreso de nuestras vacaciones en Córdoba, que yo debía seguir mis estudios primarios pupila en un colegio inglés, al igual que lo había hecho él. Aunque mamá no compartía su idea, todos nuestros ruegos y llantos fueron en vano. Y así, sin más, una mañana de marzo mis padres me llevaron al Quilmes High School. Salí de casa vestida con el uniforme: túnica, sombrero y guantes verde inglés, camisa beige y corbata con rayas; fue un viaje triste. Al llegar, mi madre trató de tranquilizarme, pero yo no tenía consuelo. La miré irse hasta que se perdió en la distancia, sintiéndome abandonada.

 
Susana de niña en la playa. 

Miss Gibb me llevó a mi cuarto y me mostró dónde debía guardar mi ropa y dónde iba a dormir. La habitación tenía seis camas. En la clase conocí a mis compañeras, sólo algunas éramos pupilas, el resto, para nuestra envidia, volvían todos los días a su casa. Nos levantábamos, hacíamos nuestras camas, nos lavábamos los dientes y cruzábamos para desayunar al otro edificio, donde también asistíamos a clases. Después, tomábamos el té, hacíamos los deberes, comíamos y a la cama. A las 9 de la noche estábamos todas acostadas con nuestros camisones puestos, la luz apagada y en un silencio total.



Jamás me acostumbré a vivir en ese colegio. Extrañaba mi casa, mi familia… Durante el invierno, la humedad y el frío que venían del río nos calaban los huesos. De noche, inventaba formas de abrigarme en la cama, me ponía un sweater como si fueran pantalones con las mangas en las piernas y dormía más vestida que durante el día, para tratar de entrar en calor. Tiritaba tanto, que me costaba conciliar el sueño.

 
Jugando con una pelota. 

Lo mejor llegaba con la primavera, cuando, por las noches les hacía shows a mis compañeras de cuarto disfrazada con la funda de la almohada como strapless, imitando a las estrellas de Hollywood. Ellas se reían sin emitir sonido para que no las reprendieran.

Nos permitían volver a casa cada 15 días y el fin de semana que nos quedábamos en el colegio podíamos recibir visitas. Mis abuelos siempre venían a verme y me traían chocolates que el colegio se encargaba de confiscar y reservar para “ocasiones especiales”.

Una tarde cualquiera, Miss Brown me vio una vieja herida que yo tenía en la mano y me ordenó mostrársela. Buscó en su delantal, sacó una tijera enorme y me cortó el colgajo de piel sin explicarme absolutamente nada. Cualquier adulto con corazón me hubiera avisado que la piel muerta no tiene sensibilidad. Pero ella no; en esa época a los chicos no se les daban explicaciones.

 
De vacaciones en Córdoba con uno de sus vestidos preferidos. 

Tres años después, el frío de ese lugar me había causado tantos resfríos y gripes, que terminé con los bronquios comprometidos y los médicos indicaron que debía dejar la institución antes de que el cuadro se hiciera crónico. Creo que nunca volví a experimentar tanta felicidad como el día en el que hice mi valija para dejar definitivamente el colegio.

 
Con corte bob, como usaban las niñas. 

Con el tiempo, he llegado a tener distintas sensaciones con respecto a mis días en el Quilmes High School, a veces me pregunto cómo pudo mi padre dejarme pupila a esa edad, y en otras ocasiones pienso que aprendí a hablar correcto inglés y que ese colegio forjó mi carácter en un sentido que después me fue muy útil, ya que muchas veces más en mi vida me volvería a encontrar sola y teniendo que valerme por mí misma. Si subsistí a los 7 años, ¡cómo no lo iba a poder hacer de grande!.

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