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Viernes 23 de junio de 2017

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Vivir para dar amor

Hace diez años, Catalina Hornos se instaló en Santiago del Estero donde fundó Haciendo Camino, una ONG destinada a combatir la desnutrición infantil. Formó una gran familia: es madre de Baldomero y obtuvo la tutela de siete chicos que hoy viven con ella

Por Eugenia Tavano

 
 

 

En 2006, esta mujer de mirada chispeante y sonrisa franca recién comenzaba a dejar la adolescencia. En su hogar no faltaba nada: podía contar con el abrazo seguro de su familia (padre juez, madre traductora, una hermana cómplice y amiga); tenía novio, amigas y un título profesional inminente. Desde pequeña, Catalina escuchaba con asombro decir a los adultos que “nada iba a cambiar”, que todo resultaba “siempre lo mismo”. Esas quejas lanzadas al viento nunca dejaron de molestarla. Cuando le faltaba muy poco para terminar la carrera de Psicopedagogía, Caty partió rumbo a Añatuya, Santiago del Estero. Y su vida cambió para siempre.

Con apenas 21 años, se sumó como voluntaria a la fundación San Felipe, que otorgaba becas a estudiantes secundarios de bajos recursos. Su misión consistía en realizar tests de orientación vocacional a los chicos de esa comunidad olvidada del norte argentino. Pero cuando llegó a la escuela albergue la realidad la golpeó en el alma. “Cuando la necesidad tiene un nombre, una cara, es muy difícil ser indiferente. Una cosa es saber que hay gente que no tiene nada, y otra muy distinta es conocerlos, ir a su casa”. Así, lo que planeó como una visita de unos días, se extendió por meses. “Empecé a recorrer los barrios, a acercarme a las familias. De repente faltaba una alumna y cuando íbamos a la casa nos enterábamos de que había un solo par de zapatillas para todos los hermanos y entonces los padres ‘elegían’ quién las usaba cada día”.

Ese rincón olvidado del país se abría como una caja de Pandora y mostraba su faceta más cruel. Catalina se dio cuenta de que ya no solo había que ayudar a los chicos a terminar la escuela, sino que había que alfabetizar adultos; y que antes de enseñarles a leer y a escribir había que mostrarles cómo usar un baño y unos cubiertos. Y que todo eso no significaba nada, no tenía sentido, si los chicos pasaban hambre, si los bebés se morían desnutridos o quedaban con deterioros permanentes que minaban su desarrollo. “Una vez, durante un curso de alfabetización, se desmayó una chica de 15 años. Se puso a llorar y me explicó que hacía tres días que no comía, porque tenía siete hermanitos y su mamá estaba embarazada, entonces ella era la última a la hora de repartir lo que había para comer”. ¿Y qué se ponía en la mesa? “Mate, tortillas… Me acuerdo de que le compré comida para una semana. Pero después entendí que yo no iba a poder comprarles siempre, ni a todas las familias. Había que hacer otra cosa”.

Paso a paso

Después de quince días en Añatuya, regresó a Buenos Aires y comenzó a recaudar fondos entre parientes y amigos para volver a Santiago del Estero y resolver algunas necesidades. El desafío se volvía cada vez más grande. Catalina colaboraba con un jardín de infantes al que iban niños que estaban judicializados y al mismo tiempo trabajaba para un comedor de Cáritas.

El objetivo implicaba una mirada superadora. “La idea fue trabajar desde la educación y el acompañamiento a las familias, no desde el asistencialismo. Así se pueden hacer cambios que perduran en el tiempo. El objetivo fue que las familias pudieran formarse para mejorar su realidad”.

Enseguida empezó a trabajar con las mamás. “La pobreza tiene muchísimos aspectos, todos vinculados entre sí. En la problemática puntual de la desnutrición infantil, uno de los caminos es la educación de la madre. Trabajando desde el embarazo es posible evitar problemas que luego pueden derivar en maltrato o desnutrición. Se trata de generar un buen vínculo entre la madre y el bebé; hemos visto casos de niños desnutridos o que incluso han muerto porque la madre no se daba cuenta de que el chico estaba flaquito, con la panza hinchada; o si estaba internado te decían ‘me lo traje a casa porque me aburría en el hospital’. Hay que formar a la madre y acompañarla para que pueda responder las necesidades de sus hijos y luchar por sus derechos”.

Para entonces Caty ya se había recibido de psicóloga y entre idas y vueltas a Buenos Aires había sumado compañeros de facultad. Abrieron talleres de oficios, dieron charlas para embarazadas, relevaron la situación médica y nutricional de los chicos… Entre todos (muy pocos por entonces), surgió la idea de trabajar en un centro de prevención de la desnutrición, según el modelo de CONIN, la fundación del Dr. Abel Albino. Y así, con más ganas que otra cosa, nacía Haciendo Camino. “Necesitábamos fondos. Pero éramos chicos, no teníamos logros para mostrar… Todo: los padrinazgos, los recursos, los conseguíamos por contactos”.

Catalina Hornos todavía no tenía 25 años y ya era otra. Vivía en una modesta casita que el obispado de Añatuya le prestaba. No fue fácil cambiar de piel. Ni para ella, ni para su familia. “Les preocupaba que me pasara algo. Pensaban que podía ayudar igual viviendo en Buenos Aires. Cuando se empezó a sumar más gente al proyecto se quedaron más tranquilos”.

A ella también le costaba volver a la vida que tenía antes de irse a Añatuya. “Con mis amigas fue raro. Te vas aislando, porque vivís en un mundo tan distinto que cuando volvés estás en otra sintonía. Vos venís de ver la vida y la muerte y la necesidad extrema, y todo el resto es trivial, hasta que volvés a darte cuenta de que lo que le pasa al otro es importante”. En 2009 se abrió finalmente el primer centro de Haciendo Camino y decidió quedarse a vivir en Añatuya.

 

Con los brazos abiertos

Caty es un huracán. Habla ligero, porque piensa rápido: es evidente que su cabeza no para. De hecho, hoy reconoce que al principio de su cruzada actuaba más instintiva que ordenadamente. Nunca se imaginó que ese impulso de los veinte años iba a traducirse, una década después, en la atención de unas 40.500 personas, entre ellos, 14.000 niños. “Hoy tenemos 9 centros propios, 8 en Santiago del Estero y uno en Chaco. Hacemos relevamientos en barrios y jardines de infantes, controles en postas sanitarias para detectar casos de desnutrición, enfermedades y distintas situaciones que requieran atención; en los centros, todos los días hay charlas de salud para madres y funcionan consultorios de pediatría, nutrición, estimulación temprana. Contamos con trabajadoras sociales que se encargan de tramitar pensiones, atender cuestiones de violencia y visitar familias; en los jardines de infantes de los centros se atiende a los chicos mientras las madres van a las charlas y talleres de oficio, y de ahí mismo se retira a los chicos para los controles médicos. Hay hogares de día para familias en situaciones críticas, donde pueden bañarse, comer y en los que se forma a la mamá en hábitos bien concretos como bañar al bebé o cocinar. Y a contraturno, hay talleres productivos para generar ingresos. También albergamos a niños judicializados”.

En medio de esa tarea inmensa, Catalina formó su propia familia. Lo hizo a su manera: trabajando conoció a Jorge, su marido, un médico clínico que, como ella, se dedicaba a la atención sanitaria de comunidades rurales. “Al principio era un lío, nos veíamos cuando yo iba a Buenos Aires, de vez en cuando, y si se complicaba, a veces nos encontrábamos en puntos intermedios como Rosario”, recuerda hoy risueña.

Con Jorge tuvo a Baldomero, que está por cumplir un año. Instalada desde hace dos en Buenos Aires, vuelve una vez por mes, por varios días y con su hijo a cuestas, a su querida Añatuya. Ahora su familia es mucho más extensa: a partir del trabajo de Haciendo Camino, Catalina se vinculó con niños y niñas que están en manos de la Justicia porque vivieron historias de violencia, abusos, abandono. En su casita santiagueña albergó a muchos de ellos. Y con algunos el vínculo fue tan fuerte, que hoy, a los 32 años, tiene la tutela de siete: Celina, Carmen, Patricio, José, Wanda, Abigail y Antonela, que van de los 5 a los 18 años. Las fotos de la familia grande llenan la casa donde hacemos la nota. “Se adaptaron re bien a Buenos Aires, me cuesta más a mí que a ellos estar acá”.

Como si fuera poco encargarse de todo, Caty extraña el trabajo de campo. Y no pierde la esperanza de replicar la tarea que hizo en el monte santiagueño en el conurbano bonaerense. “Es muy distinta la pobreza urbana a la rural. El pobre de Buenos Aires está en contacto con lo que no tiene; hay más resentimiento, más violencia y otros problemas como las drogas”.

Catalina no piensa abandonar su camino, ese donde todos podamos andar con mayor igualdad. “No importa en qué lugar, pero yo voy a poner mi vida a disposición del que necesita algo que yo puedo dar. Y a mis chicos voy a enseñarles a entender que lo que tienen no es solo de ellos”.

Antes de salir para una reunión en la escuela de una de las niñas que está a su cargo, Catalina sintetiza la enseñanza de estos diez años. “Uno no puede hacer todo, pero sí se puede ocupar al menos de lo que está a su alcance”.

 

PEQUEÑOS ESFUERZOS, GRANDES LOGROS

Catalina insiste: ¡Haciendo Camino necesita padrinos! No importa cuánto pueda aportar cada uno, siempre que se mantenga en el tiempo, mes a mes, eso significará una gran ayuda y sugieren una cuota de 200 pesos. La ONG se mantiene así: la articulación con el Estado es casi nula o esporádica. Salvo por la cooperación de algunos intendentes en determinados municipios, a nivel provincial y nacional nunca se hicieron eco de su labor, aunque Caty atisba una esperanza. “Hay solidaridad, pero se suele reaccionar en momentos críticos, como cuando hay inundaciones. Una de las claves es conocer. Cuando la gente te ve trabajar se contagia, por eso a los padrinos siempre los invitamos a viajar. Si yo te llevo al rancho y conocés a la familia que vive ahí y sabés que mañana no tiene para comer, es muy difícil que no quieras ayudar. Encontrarte cara a cara con el que sufre no es lo mismo que solo estar enterado”. Más información en: www.haciendocamino.org.ar.

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