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Viernes 11 de agosto de 2017

chica del mes

¿Quién es Lidia Ortiz de Burry, "la abuela de las armas"?

Durante 20 años logró lo que muchos funcionarios no pudieron: rescató 900 armas que estaban en las manos de jóvenes de zonas marginales y las sacó de circulación. Esta es su historia.

Por Josefina Marcuzzi  | 

 
 

 
Foto: Leo Vaca

En algunas villas de La Plata, a Lidia la conocen como “la abuela de las armas”. Ella se ganó ese nombre cuando tenía 70 años y decidió que debía hacer algo para evitar que los chicos que vivían en esos barrios marginales se mataran entre ellos en peleas internas o asesinaran a alguien cuando salían a robar.

Los resultados no fueron inmediatos. Al principio, Lidia pegó carteles en los que avisaba que cambiaba armas a quien quisiera entregárselas por ropa y comida, pero los voluntarios no aparecían. Hasta que se le ocurrió pagar alrededor de $130 por cada arma y entonces sí, comenzó a recibir a adolescentes de doce, trece o catorce años que le dejaban revólveres y pistolas de todos los calibres que usaban para robar en los barrios de la periferia platense. Creía que podría sacar 30 o 40 armas, no más y en total llegó a comprar 900, todo un arsenal.

Poco a poco, los jóvenes fueron entrando en confianza con ella; al principio tenían temor a que Lidia llamara a la policía o los traicionara. Después, cuando vieron que ella iba sola a los barrios, empezaron a animarse. Cada vez que juntaba una cantidad determinada, las entregaba a Renar, el ente regulador de armas. Un día, después de varios meses de realizar esta tarea, un chico le quiso dar un arma sin gatillo. “Le dije que no le iba a dar dinero, porque el arma estaba rota –cuenta Lidia–. Él me miró desafiante y me dijo: ‘doña, ¿usted sabe cuántas veces robé con esta arma? La gente no sabe que no tiene gatillo’”. Y no dudó en pagarle los $100 para quitársela de las manos. Lidia usaba el dinero que había heredado de su padre para comprar las armas. No le pedía plata a nadie. Ni a su marido ni a sus hijos.

Una nueva vida

El mundo personal y familiar de Lidia está lejos de las villas y la marginalidad. Vive en una imponente casa antigua reciclada en el centro de la ciudad de La Plata. Madre de 6 hijos, abuela y bisabuela, fue, durante toda su vida, profesora de Geografía en el Colegio Nacional, donde hace pocos días Lara se disparó frente a sus compañeros de clase. Cuando se jubiló, Lidia comenzó la vida del disfrute: reuniones con amigas y momentos con su marido, un reconocido médico especializado en Neurocirugía.

Una tarde, un encuentro con amigas cambió su destino. Una de ellas le contó que tenía que llevar unas donaciones a un comedor y Lidia se ofreció a acompañarla. “Cuando llegué, entendí que en esos barrios lo que más necesitan son alimentos. El hambre es la raíz de todos los problemas, con dolor de panza nadie puede progresar. Llegué siendo la señora de un doctor importante y en la villa me hice Lidia por mí misma. Me transformé en una mujer que se codeaba con el hambre, el sufrimiento, la desesperación, la impotencia. Estoy agradecida a la vida porque conocer esta realidad me abrió un panorama totalmente distinto del que yo vivía, me sensibilizó”, reflexiona Lidia que más de una vez llenó hasta tres colectivos con niños y mujeres y se plantó en la entrada de algún hipermercado a la espera de bolsones con comida para llenar las ollas vacías.

De las armas a las escuelas

Hace tres años, Lidia tuvo un problema de salud que le afectó la vista. Manejar se le hizo muy difícil y las complicaciones para trasladarse la alejaron de los barrios. Pero no se quedó de brazos cruzados. Después de tantos años de desarmar chicos, pensó cómo podía seguir ayudando, cuál era la tarea que podía hacer sin comprometer su estado de salud y empezó a confeccionar almohadones con distintos motivos hechos a mano, cosidos, bordados, con telas o lana que envía a escuelas rurales. Su empleada de toda la vida, Pilar, la ayuda a enhebrar las agujas y ya hizo 300. “Cada uno es distinto y está diseñado especialmente porque cada chico tiene su propia identidad. Yo no puedo terminar con el hambre, pero al menos puedo hacer que los chicos tengan donde sentarse en la escuela”, aclara.

Los motivos son tobas y wichis porque Lidia considera que los chicos deben asimilar sus propias raíces. Aunque le da vergüenza pedir, siempre se las ingenia para conseguir donaciones en tapicerías u otros comercios como lanerías.

Su trabajo está destinado a escuelas del monte formoseño y a otras que se encuentran en plena puna jujeña, y son entregados por el equipo de trabajo de CAESA (Comisión de Ayuda a Escuelas Argentinas).

Además (y como si todo esto fuera poco) envió más de 700 espejos intervenidos con distintos diseños a escuelas rurales de Formosa y Jujuy. “Hay chicos que nunca vieron su propia cara. No saben quiénes son. Yo trabajo para eso… para mejorarles su calidad de vida”..

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