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Viernes 28 de abril de 2017

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Mi primer trabajo

Aunque no se animaba ni a ir al baño, nuestra columnista tiene los mejores recuerdos de ese empleo que le permitió concretar sus sueños

Por Maju Lozano  |   Ver perfil

 
 

 
Foto: Pixabay

¡Qué locos recuerdos se me vienen a la cabeza cuando pienso en el día del trabajador! Es inevitable no “nostalgiarme” un poco. Sí, sí… nostalgiarme. Mmmmm, parece que acabo de inventar un término y me gusta, porque suena como a irse bien adentro en los recuerdos y suspirar bajito.

Aunque no lo crean, tengo en mi haber muchos más trabajos que años. Mis amigos siempre me gastan y dicen que no es posible la cantidad que tuve, que tal vez tenga 98 años y les esté mintiendo. Pero es que empecé de muy chica.

Mi primer trabajo fue con mi madre en su mercería Botolín. Ahí me gané los primeros pesitos, subida a un banquito limpiando los vidrios de la vidriera todos los sábados. Obvio, lo que más amaba era el momento del pago, con el que corría sin parar al kiosco de la esquina a destrozarlo en galletitas Melba y Duquesas, ¡ahhh, que épocas! Kiosco del que unos años después fui empleada. Iba a ayudar a organizar las golosinas y conseguía grandes descuentos, ¡yo, chocha! Me perdía entre los chocolates.

Pero en ese momento mi verdadero sueño era trabajar en un banco. Uffff, cómo me gustaba sellar papeles, hacer todo tipo de firmas, armar cheques… Mis viejos me traían boletas de depósito y yo pasaba horas jugando con eso. Calculo que creía que los trabajadores bancarios eran millonarios... Jajaja, pobre de mí, lo que es la inocencia.

Por suerte, no fue solo una ilusión. Porque después de limpiavidrios, kiosquera, chica de los mandados, tarjetera de boliche, barrendera oficial de la vereda del negocio de mi madre y sostenedora de las madejas de lana de mi abuela (la recompensa era un sweater a elección, con muchas trenzas), mi primer trabajo oficial, ese que de verdad me hizo sentir que ya pertenecía al mundo adulto, al que tuve que ir a entrevistas y demostrar que podía y quería el trabajo, fue en un banco. Empecé cuando tenía 18 años recién cumplidos y aun puedo recordar ese día como si fuera hoy, porque había logrado un sueño.

Duró tres meses y nunca fui al bañoooooooooo. Sí, de verdad, era tal la vergüenza que me daba que durante los tres meses que trabajé ahí nunca conocí el baño, ni tomé café ni agua ni almorcé. Todo me daba vergüenza. Entrar en ese lugar chiquito en donde estaba la máquina de café y todos se reunían a charlar y fumarse un pucho me daba pavura, pánico, así que ahí estuve los tres largos meses sin moverme de al lado del Banelco que me tocaba custodiar. Era la época en que estos aparatos empezaban a funcionar y mi trabajo era explicarles a los clientes cómo funcionaban. Vale aclarar que en los 90 estas máquinas parecían traídas de la NASA y yo me sentía la salvadora del mundo cada vez que tenía que explicar cómo usarlas, ¡otra que Mark Zuckerberg!

El funcionamiento computadoril estaba en mis manos y yo sentía que estaba haciendo historia desde aquel rinconcito al costado del banco, hombres y mujeres de todas las edades estaban a mi cargo, los depósitos del banco dependían de mí y yo no hacía más que sentirme orgullosa del rol en la humanidad que me había tocado.

Todavía tengo guardado mi primer recibo de sueldo, ese que me introdujo al mundo de los adultos. Ese que me permitió ahorrar para comprar mi primer pasaje a Buenos Aires, el que me abrió las puertas, el que me permitió sentir que el trabajo no solo dignifica sino que también puede ser el puntapié hacia los sueños futuros. Ese fue el inicio de una larga lista de trabajos que me fueron dando cada vez más satisfacciones.

¡Feliz día para todos los dichosos de tenerlo y suerte para los que están en busca de uno!.

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