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Lunes 26 de diciembre de 2016

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Carta abierta a los jóvenes

Fin de año es un buen momento para hacer un balance y replantearnos cómo queremos vivir. Este texto publicado en Lo que me dejan los 30, invita a establecer prioridades

 
 

 

Hace unos días me llamaron de Colombia para una entrevista de radio. Los oyentes, casi todos jóvenes, estaban preocupados por lo mismo, el éxito.

Muchachos, la empresa más importante por la que pueden trabajar es su familia. Un auto más lujoso, una casa más grande, un reloj más caro y hasta su puesto de gerente son solo fachadas que a la larga no los harán más felices, sino más distraídos. Recuerden que al final del camino lo que importa es el amor entre los suyos, el resto solo es show para mantenerse ocupado. Hay que tener coraje para establecer prioridades.

Existen dos tipos de ambiciones. Una te lleva a trabajar para creerte más importante que los demás; y la otra, para ser más útil. Si trabajás solamente para demostrar lo mucho que podés acumular, al final de cuentas te quedarás viviendo en la especulación; pero si por el contrario, trabajás por el legado, lo que dejarás es una vida mejor para otros: eso te convierte en parte de la historia.

Repetidamente escucho la frase “soltar y confiar”. Si bien a veces puede ser necesario para no vivir presos de la obstinación, igual de cierto es que las cosas que más valen, por lo general, son las que más cuestan. Ganar la lotería es para pocos. Si por cada tropezón que atravesás vas a soltar esperando que algo mejor suceda, lo más probable es que te pases la vida soltando.

Un amigo, Alec Oxenford, creador de OLX.com, entre otras maravillas actuales, pero por sobre todo un gran tipo a quien quiero y admiro, se pasó muchísimo tiempo tratando de convencer a la misma persona para que apoyara con capital uno de sus proyectos. Catorce veces le dijeron que no, pero a la quinceava vez consiguió el dinero que necesitaba. No soltó nada, por el contrario, se abrazó fuerte a sus sueños y luchó con ingenio por ellos.

Alec también me dio el mejor consejo que pude haber recibido a los 23: “Pibe, viajá”, me dijo, café de por medio. Viajar me hizo entender, entre otras cosas, la dimensión de nuestra visión doméstica de la realidad. Conocer tantos sueños caminando por el mundo te hace más solidario y menos solitario.

Muchos deciden viajar para olvidar problemas. Dejame decirte que si el problema es externo, eso lo resuelve el tiempo. Pero si es interno, eso lo podés resolver vos. Creer que yéndote a vivir a otro lugar conseguirás la felicidad es una fantasía. Los problemas que tengas los llevás en la mochila, vayas donde vayas, sencillamente porque podemos distraernos pero no escaparnos de nosotros mismos. En algún momento, o te encontrás o te chocás contra vos mismo. Así que el mejor viaje que podemos hacer es hacia nuestro interior.

Probablemente estés por elegir al compañero de tu vida. Si es así, y en contra de casi todos los consejeros sentimentales, te diría que la experiencia me hace creer que el amor indicado no es el que te hace sentir primavera en invierno, sino paz en todas las estaciones.

Si, por el contrario, ya estás por ser padre o madre, cuidá tus palabras al criar un hijo. En tus manos está el formar un próximo Nelson Mandela o un retorcido. Claro está, con todos los matices intermedios. Un niño no tiene la capacidad para comprender las restricciones del contexto. Su pureza no le permite deducir las limitaciones de los otros y por eso se culpa, se siente responsable y asimila como exactos y asertivos los prejuzgamientos que otros hacen sobre sí.

Tuve la suerte de tener unos padres que, desde muy chico, me han hecho creer que podía ser capaz de realizar lo que me propusiese. Otros, por el contrario, andan por sus vidas cargando con las adjetivaciones que les regalaron a lo largo de su infancia.

Dicen que, ante la adversidad, el inconsciente toma recuerdos de la infancia como herramienta para ayudar a sobreponerse. Son como salvavidas que nos ponemos cuando caemos en el mar de una realidad turbulenta. Algo así como pilares en donde se apoya y sostiene nuestra personalidad. No imagino a alguien que durante su desarrollo fue sometido a latigazos verbales, sacando del cajón algodones, en vez de alambres de púas.

Me vengo equivocando lo suficiente como para darme cuenta de que si bien es atractivo enseñar, más significativo es aprender. Hablar antes que oír te convierte en una especie de charlatán engreído. Caer en el error te hace humilde, porque posiblemente tengas que pedir perdón y trabajar por subsanar lo hecho. El error entonces te hace humilde, humano y por eso te acerca a los otros y te conecta con la capacidad de perdonar y ser perdonado. El error te enseña a ser empático y eso genera un mundo más tolerante.

Cuando sos joven, lo más fácil es juzgar los errores ajenos. Si te encontrás en esa situación, creéme que es porque todavía no tuviste el tiempo suficiente para equivocarte. No clasifiques tanto, porque en un abrir y cerrar de ojos estarás con un par de años más, con dedos que no son los tuyos apuntándote.

Si a los 18 años pensás como alguien de 50, lo más probable es que estés actuando como un retrógrado. Pero si a los 50 seguís pensando como a los 18, lo más probable es que estés actuando como un idiota. Los jóvenes son idealistas y los idealistas son la columna vertebral del mundo, los que lo hacen andar y dan sentido. De ahí la necesidad de que los adultos, con su experiencia, acompañen a los jóvenes, con su entusiasmo. Juntos, el trabajo puede ser exquisito. Separados, el joven se convierte en incompetente y el anciano en depresivo.

En los años noventa la moda era ser exitoso, glamoroso. Empresarios con perfil eufórico cual Leonardo Di Caprio interpretando a Jordan Belfort en El Lobo de Wall Street. Sin más, tipos con dinero, mujeres, verborrágicos y ganadores. Esos a quienes el abatimiento no puede ni debe llegarles. Hoy la moda es ser feliz. Así, muchos creyeron que la prosperidad era entonces una obligación y no en todo caso una búsqueda. Algo que puede conseguirse con solo hacer un chasquido de dedos.

Actualmente veo a las crisis como bendiciones. La tristeza te lleva a un camino de introspección que ayuda a redescubrirte. Así como tu estado de felicidad saca lo mejor de los demás cuando estás con ellos, el abatimiento saca lo mejor de uno cuando estás solo.

Recordá siempre que el problema no es el problema, sino cómo ves al problema. El más fuerte no es el que se mantiene siempre de pie, sino el que se arrodilla para luego levantarse cuantas veces sea necesario. Cuando tengas problemas que te desborden, pedí apoyo. Demandar ayuda es gritar esperanza y eso es lo que diferencia al fuerte del débil.

No corrás tanto por alcanzar tus sueños, porque mientras más corrés, más rápido llegás a destino, sin darte cuenta de que la felicidad en verdad no está en llegar a la meta, sino en recorrer el camino.

Lo mejor que puede pasarte es tener una meta bien alta, esas difíciles de alcanzar, pero no imposibles. Sueños que para convertirse en realidad necesiten de muchas caídas, de mucho esfuerzo, pero, más aún, de mucho tiempo. Así como la política es la persecución del poder, la vida es una persecución de sueños. Si los alcanzarías a mitad de camino, te quedaría la otra mitad infundada. Por eso, buscá uno que se convierta en pasión y que justamente por eso elijas y disfrutes vivir por él.

El año pasado recorrí más de veinte ciudades mexicanas para presentar mi ensayo sobre pobreza. La última tuvo lugar en una Alcaldía. Allí se encontraban políticos, funcionarios públicos, empresarios, personalidades de la cultura y la sociedad civil, el alcalde y su mujer. Al finalizar y entre tantas personas de trajes elegantes que hacían fila para autografiar su ejemplar, asomó un hombre de unos cincuenta años, barba larga, ropa sucia, descalzo y por lo menos un mes sin ducharse. La custodia, desenfocada, miraba la situación con el semblante desencajado. Tocó mi hombro y con una postura de amabilidad extrema me pidió perdón por no poder comprar un ejemplar y sacó de entre sus bolsillos una servilleta usada que había logrado conseguir luego de estar pidiendo papel entre los presentes. “¿Podrías dejarme una dedicatoria aquí?”, preguntó. “Muchas gracias por lo que haces”.

Me pateó el tablero de tal manera que de pronto muchas de mis certezas pasaron a convertirse en interrogantes. Mi cena esa noche no fue en la Alcaldía y lo agradezco.

Hace unos años, si se me hubiera aparecido un genio y me hubiese ofrecido cumplir mis deseos, uno de ellos seguramente hubiera sido poder tener la capacidad para convencer a los inconvencibles. ¿Increíble, no? Desde esa cena, lo único que pretendo para los demás es que sus miradas puedan transmitir lo mismo que ese hombre. Si te falta todo, menos paz, en realidad no te falta nada.

Por Leandro Viotto Romano, fundador y CEO de la Fundación Internacional de Jóvenes Líderes. Acaba de publicar el libro Lo que me dejan los 30. .

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