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Miércoles 21 de diciembre de 2016

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Alepo, la ciudad de la furia

Más de 5 años de guerra cambiaron por completo a Alepo, el lugar más desarrollado de Siria. Hoy, ese prometedor pasado quedó atrás para dar lugar a un doloroso presente

Por Guadalupe Rodríguez

 
 

 
Una de las mezquitas destruidas el año pasado.  Foto: AFP y Juana Mauri

Tres días tardó la familia Barbar en llegar desde Siria a su nuevo destino, en la otra punta del planeta. Salieron de madrugada de Alepo, recorriendo una ruta muy peligrosa porque los grupos rebeldes se ensañan con los civiles que huyen, hasta Damasco, la capital. Allí completaron los trámites, siguieron hasta Beirut, en el Líbano, tomaron un avión a Turquía, hicieron escala en San Pablo y finalmente llegaron a Buenos Aires con una visa humanitaria por dos años. A tan solo dos días de haber llegado a Buenos Aires, nos encontramos con ellos para que nos den su testimonio.

Hazef (41, mecánico), Mary (39, ama de casa), Maya (15) y Joelle (12) trajeron consigo unas cuantas cosas, infinidad de buenos recuerdos de la ciudad que los vio nacer y muchas imágenes recientes y desgarradoras, que jamás podrán borrar de su memoria. También llegaron con esperanzas de encontrar en Santiago del Estero —su destino final—, una vida mejor, lejos de los horrores de una conflicto que hace más de 5 años llenó a Siria y a su gente de cicatrices.

No hace tanto, Alepo era la ciudad más poblada y el corazón económico del país. Fue nombrada capital de la cultura islámica en 2006 y tanto la Universidad Nacional de Apelo como otras facultades privadas gozaban de un gran prestigio. Tenía fama de ser un sitio con hermosos parques, bellezas naturales y una ciudadela medieval impresionante. Además, existía una convivencia pacífica entre las diferentes etnias y religiones (musulmanes, cristianos y judíos), y si bien el gobierno laico de Bashar al-Ásad no fue elegido democráticamente (sucedió a su padre y la familia lleva en el poder 45 años), se vivía un cierto bienestar.

Dentro de Medio Oriente, Siria era uno de los destinos turísticos más populares. En 2010, antes de que estallara el enfrentamiento entre los grupos ligados a Al-Qaeda, el Estado Islámico y el Ejército Libre con el gobierno, más de 8,5 millones de extranjeros pisaron tierra siria y disfrutaron de la magia de Alepo, sus calles medievales, los enclaves históricos, las mezquitas, las iglesias y los mercados. Pero ¿cómo pudo cambiar todo tan de repente? ¿Cómo es posible que una ciudad con más de 6000 años de historia cayera en tan pocos años? Comprar en el gran zoco, que nada tenía que envidiarle al Gran Bazar de Estambul; disfrutar la arquitectura islámica y fumar narguile en una terraza de un café a la noche ya no va a ser posible. Ahora todo es puro escombros.

 
Escombros de una ciudad que hoy es Patrimonio de la Humanidad en peligro.  Foto: AFP y Juana Mauri

Una sombra de lo que fue

En 1986, la Unesco declaró a la ciudad vieja de Alepo como uno de los seis Patrimonios de la Humanidad que hay en Siria, por ser un lugar donde decenas de culturas dejaron sus huellas. Asirios, persas, griegos, romanos, bizantinos, árabes, cruzados, mongoles y otomanos pasaron por ella y forjaron su cultura. Pero desde 2013, lamentablemente, está incluida en la lista de Patrimonio de la Humanidad en Peligro; aunque quizás, tres años después, es demasiado tarde. Por los constantes bombardeos, saqueos e incendios, el casco antiguo sufrió daños gravísimos, su ciudadela y el castillo son un campo de batalla, y las madrazas, los palacios y los antiguos hammam (baños de vapor) están en ruinas; el Museo Nacional fue alcanzado por varias granadas de mortero, el minarete de la Gran Mezquita Omeya del siglo XI fue destruido (los rebeldes acusan al ejército sirio del bombardeo y el gobierno dice que los terroristas lo derribaron con explosivos) y ya no queda nada del precioso zoco, el mercado cubierto más grande del mundo. Allí, en los puestos que se distribuían en los angostos y largos pasillos se podían conseguir los mejores productos de Asia y Medio Oriente, desde seda de Irán, especias de la India, alfombras de Persia, la mejor lana y objetos de cobre.

Además de los monumentos históricos, iglesias, escuelas, casas y calles están sumidas en la mayor de las devastaciones. Tampoco hay luz ni agua en forma constante, los hospitales están llenos y no dan abasto, los medicamentos escasean, los caminos principales están sitiados y el aeropuerto está ocupado por los militares.

En lo que va del enfrentamiento, las pérdidas abruman; y no son las arquitectónicas o históricas las más dolorosas, sino las 370.000 personas que murieron, las más de 6,5 millones que tuvieron que desplazarse dentro del país y los 5 millones de sirios, que como la familia Barbar, buscaron refugio en otros países.

La vida continúa

Mary cuenta que antes de la guerra iban al cine, a caminar, se juntaban con amigos y familia, y que la educación que ella recibió y la que estaban recibiendo sus hijas era excelente. Maya, la mayor, quiere estudiar Arquitectura y Joelle sueña con ser pediatra. Pensando un poco en la realidad que les tocó vivir desde chicos, no es casual lo que quieren ser de grandes. Alguien va a tener que reconstruir una ciudad arruinada y salvar a los cientos de niños que cada día resultan heridos por los misiles.

Según datos de UNICEF de octubre de 2016, al menos cien niños murieron en la última ola de violencia en Alepo, iniciada tras el anuncio de Siria de una nueva ofensiva contra los rebeldes; y en lo que va del conflicto, algunos hablan de cerca de 50.000 niños que perdieron la vida. Muchísimos otros quedaron sin posibilidad de acceder a la educación, porque la mayoría de las escuelas fueron dañadas o destruidas (300 en Alepo), algunas están siendo usadas como refugio para los desplazados; otras fueron ocupadas por las fuerzas armadas y los grupos implicados en el conflicto, también cientos de profesores fueron asesinados. Y tampoco los niños encuentran consuelo en los hospitales, porque una noche de abril de este año el hospital Al Quds de Alepo, apoyado por Médicos Sin Fronteras (MSF) y el Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR), fue atacado y no solo perdieron la vida bebés, niños y madres embarazadas, sino también el último pediatra que quedaba en la zona.

A pesar de esto, y aunque resulte difícil entenderlo desde nuestra perspectiva, la vida en la ciudad continúa y las familias salen cada mañana a trabajar o estudiar. Maya relata que en un día tranquilo iban a la escuela, y cuando caían bombas, no; y su padre Hazef recuerda cuando una mañana en la que estaba en su trabajo en un taller mecánico le cayó una bomba sobre una pierna que lo dejó un año entero en cama y heridas que nunca se irán. Así es el día a día hoy en Alepo; a pesar de los continuos ataques, todavía hay muchas personas que intentan llevar una vida normal.

Ser un refugiado

Maya y Joelle no se despegan de sus celulares; como cualquier adolescente de la mayoría del mundo, siguen en contacto con sus compañeros y amigos de Alepo, cuando la conexión de allá se los permite; muy rápido están aprendiendo algunas palabras en español. Hazef es reservado, distante, pero Mary sonríe todo el tiempo, se la ve esperanzada, con ganas de comenzar una nueva vida por más que duela y mucho dejar atrás su casa; incluso habla de traer a otros miembros de su familia a la Argentina, para que puedan, como hicieron ellos, tener otra oportunidad.

Nuestro país tiene un “Programa Especial de Visado Humanitario para Extranjeros afectados por el conflicto de la República Árabe de Siria”, que ya recibió a muchas familias. La única condición es que acá los espere un familiar o una ONG, que a través de un “llamante” argentino solicita que se conceda refugio a una persona o a una familia entera. Los “llamantes” se comprometen a ser padrinos de esas personas por un año, y no solo los ayudan en lo material, sino principalmente funcionan como contención y compañía. Una vez aprobado el trámite, la Dirección Nacional de Migraciones emite el permiso de ingreso, se les da el DNI y el CUIL para que puedan trabajar por dos años, prorrogable por un año más, y luego pueden acceder a la residencia definitiva.

En el caso de la familia Barbar, la “llamante” fue Liliana Szwarc, prima de Mariano Winograd, ingeniero agrónomo y fundador de Refugio Humanitario Argentino, una ONG ecuménica que desde hace seis meses trabaja para que los refugiados sirios puedan encontrar un poco de paz en la Argentina. Su contacto en Alepo es el cura tucumano David Fernández, que desde 2009 vive allí, y pertenece al Instituto del Verbo Encarnado, una congregación religiosa nacida en nuestro país. Fue él quien les dio cobijo en un primer momento a los Barbar, luego los contactó con Refugio Humanitario y en su propio auto los llevó hasta Damasco. La Organización Internacional para las Migraciones les consiguió los pasajes y en cada aeropuerto que pisaron, había una persona para ayudarlos. Una vez en Buenos Aires, la Dirección Nacional de Migraciones les paga el hotel, hasta que se trasladen a Santiago del Estero, donde una familia argentina se comprometió a darles casa, trabajo y educación para Maya y Joelle. Como ellos, ahora hay más de 20 familias esperando en los próximos 90 días llegar también a esta parte del mundo.

El estado anímico de los refugiados es muy grave. Ya no pueden más con el ruido constante de las bombas y el permanente estado de alerta, entonces deciden dejar su tierra y buscar asilo. “Para que esta gente, un buen día haya decidido dejar su ciudad, una ciudad que hace 5 años está en guerra, y durante todo ese tiempo estuvieron ahí, es porque siempre habrán dicho nos quedamos una semana más, otra más, hasta el momento en que ya no pueden seguir así”, explica Mariano, que tomó cartas en el asunto y no decidió ser solo un espectador en esta catástrofe humanitaria.

UN NUEVO HOGAR

 
La familia Barbar recién llegada a Buenos Aires.  Foto: AFP y Juana Mauri

En los próximos meses, la ONG Refugio Humanitario Argentino recibirá a 22 familias de Alepo en una primera tanda y luego a más de una decena de jóvenes de Latakia, otra ciudad de Siria. Tienen nodos en diferentes partes del país, que se están preparando para recibir a los refugiados, por ejemplo en Mar del Plata, Mendoza, Chaco y Córdoba. También pusieron en marcha el proyecto Flor de Azahar, que busca traer agricultores sirios para trabajar en nuestro país. “La argentina tiene que duplicar su consumo de frutas y verduras, y los sirios tienen una conexión muy especial con la comida. Siria tiene una agricultura de 12.000 años, España e Italia de 2000 y Argentina de 200”, resume Mariano Winograd. Están en busca de “llamantes” para poder responder a la gran cantidad de solicitudes que tienen desde Siria. Ser “llamante” es muy fácil, solo hay que presentar el DNI (para constatar la nacionalidad argentina), certificar el domicilio y tener una cantidad de ingresos, que no es demasiado elevada. Más info en: refugiohumanitario.com.ar y www.migraciones.gov.ar/programasiria.

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