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Lunes 19 de septiembre de 2016

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Facundo Manes, un cerebro apasionado

Es una eminencia de la neurología a nivel mundial, habla de cómo funciona nuestro cerebro y de cómo influyen en la salud las emociones, la manera de vivir y de pensar. No es un tema fácil de explicar, pero él lo hace accesible porque quiere comprender y que lo comprenda

 
 

 

¿Cuántas veces hemos ido de médico en médico, haciendo estudios, análisis, comprando medicamentos sin saber que el origen de nuestro dolor de cabeza, mareos o taquicardia puede ser miedo, tristeza o ansiedad? Manes afirma que las emociones nos pueden enfermar, pero la buena noticia es que la neurociencia en muchos casos ofrece herramientas para revertir ese proceso enseñándonos a sentir, pensar y actuar sin que el cuerpo se resienta.

¿El cerebro maneja nuestro cuerpo?

El cerebro está a cargo de todo lo que hacemos, desde respirar hasta pensar las reflexiones filosóficas más profundas. Es el órgano más complejo. Es tan complejo que es el único que intenta entenderse a sí mismo. Pero en los últimos años se demostró que el cerebro, el cuerpo y el corazón no están disociados. En nuestro laboratorio estudiamos a un paciente con dos corazones, que sentía con mayor predominancia el latido del órgano mecánico que el del natural. Esto modificó sus habilidades sociales, empáticas y toma de decisiones.

Entonces, ¿los pensamientos influyen en la salud?

Sí. La manera en que pensamos determina la forma en que sentimos: si pensamos que algo malo le va a suceder a algún familiar, vamos a estar angustiados, con ansiedad. Por el contrario, las emociones positivas reducen el riesgo de sentir esa ansiedad o depresión vinculadas al estrés. Hay que aprender a reconocer las circunstancias que disparan las emociones negativas, para evitarlas y así controlar los episodios emocionales desde su origen. El optimismo, por ejemplo, es una gran protección contra algunas enfermedades. Las emociones garantizan nuestra supervivencia e intervienen en cuestiones claves como la memoria: olvidamos casi todo lo que pasa en nuestra vida, excepto aquello que nos emociona. El ser humano cree que es mucho más racional de lo que en realidad es. La mayoría de nuestras decisiones son motivadas por emociones. Se trata de cambiar lo que pensamos para modificar lo que sentimos y en consecuencia, sentirnos mejor.

¿Todos tenemos los recursos para usar a nuestro favor las emociones?

Mucha gente lo hace naturalmente, se enfrentan a los problemas, los superan y salen fortalecidos, esto se llama resiliencia. Pero hay personas que no tienen esa capacidad y necesitan ayuda. Hay pacientes que te dicen “yo no puedo aprender”. Es importante transmitir que todos funcionamos con esquemas mentales modificables. Las ciencias y la terapia cognitiva ayudan a cambiar estos pensamientos negativos. En algunos casos, también el entorno del paciente es tóxico y será necesario modificarlo.

¿Cómo podemos detectar que estamos frente a una patología que requiere tratamiento?

Todos en algún momento nos sentimos deprimidos, tenemos síntomas de ansiedad, un poco de paranoia, un poco de estrés, pero cuando los síntomas se vuelven crónicos y alteran o nos impiden desarrollarnos en nuestra vida cotidiana estamos ante una situación que merece consulta. Los seres humanos tenemos la capacidad de anticipar peligros. Este es el rol de la ansiedad. Podemos compararla con un radar. Ahora, cuando empezamos a detectar peligros donde no los hay y no dejamos de pensar que todo puede salir mal, estamos ante un trastorno de ansiedad y es conveniente consultar con un profesional. Ya no depende de la voluntad del paciente. Hoy hay técnicas dentro de la neurociencia y las ciencias modernas que en este aspecto pueden mejorar mucho la calidad de vida.

¿Cómo afectan estos trastornos a la familia o amigos del paciente?

Nosotros a los familiares los llamamos “los otros enfermos”, ellos también se estresan, se deprimen, toman psicofármacos, faltan al trabajo. La neurociencia contempla herramientas y terapias con resultados demostrados para ayudar al entorno del paciente. Es importante que todos encuentren y recuperen una forma saludable de pensar y sentir.

Demasiado conectados

¿Es bueno para nuestro cerebro estar tan conectados tecnológicamente?

Creo que tenemos que preocuparnos si estamos conectados todo el tiempo o si estamos siempre pendientes de los e-mails, el chat, Twitter, las noticias, Facebook, Instagram, las aplicaciones para jugar. Todo esto sobrecarga nuestra atención, que es limitada. Es un error pensar que ocuparnos con muchas actividades al mismo tiempo es beneficioso. Se ha demostrado que las personas que funcionan así se dispersan más, atienden a estímulos irrelevantes y se distraen fácilmente. Es bueno “desconectarse” en algún momento, recuperar espacios de introspección, relajarse. Es en esos espacios de tiempo cuando se dispara la creatividad. Adultos y niños por igual necesitamos tiempo libre más allá del entretenimiento tecnológico. Afianza la información y estimula la creatividad.

¿Qué hace que una persona sea o no creativa?

Si el cerebro está bien nutrido y estimulado, tiene el potencial para ser creativo, pero el entorno y la estimulación también influyen. El rol del docente es esencial, nada puede reemplazar la experiencia del maestro en contacto con el alumno. Es muy importante incentivar la creatividad. Si bien existe una carga genética que predispone al talento creativo, el factor sociocultural también juega un rol crucial en su desarrollo. Sabemos que hay experiencias que remodelan las conexiones cerebrales y generan soluciones innovadoras. Un aspecto muy importante, que es necesario modificar en el ámbito educativo, es la estigmatización del error. Para ser creativos no se debe tener miedo a equivocarse. Los errores no deben vivirse como fracasos sino como pasos necesarios para lograr el éxito.

¿La inteligencia está sobrevalorada?

La ciencia puede medir el coeficiente intelectual, pero no la empatía, que es el proceso cognitivo de presentir o imaginar qué siente el otro, ponerse en su lugar, comprender lo que le pasa. La empatía es un factor clave, por ejemplo, para el liderazgo. De hecho, puede suceder que un excelente líder no sea capaz de hacer un cálculo.

¿Por qué las neurociencias cobraron tanta importancia?

Es una tendencia mundial, Obama, el presidente de Estados Unidos, planteó la necesidad de convertir en prioridad el estudio de la neurociencia; la Unión Europa diseñó un plan clave para su desarrollo y China promueve el estudio del cerebro a través de un ambicioso proyecto. En nuestro país, también se está dando esta revolución. Todo esto impulsa enormemente las investigaciones sobre el cerebro y genera una gran demanda en la difusión de esos estudios. Cuando regresé a la Argentina en 2001 después de estar en Estados Unidos e Inglaterra, me encontré con grandes neurólogos, grandes psiquiatras, grandes neurocirujanos, investigadores del Conicet y el psicoanálisis. Pero las neurociencias modernas no estaban desarrolladas. Ahí nació mi sueño de divulgar que, por ejemplo, las neurociencias modernas pueden tratar ansiedad patológica. Las enfermedades del cerebro son la principal causa de discapacidad en el mundo. Los avances en el funcionamiento de la mente repercuten en la educación, la justicia, en la comprensión de la toma de decisiones. Estoy convencido de que el saber de las ciencias debe difundirse y debe salir de las cuatro paredes de los laboratorios. Los dilemas que la ciencia plantea y va a plantear en el futuro merecen un debate profundo.

Solo resta imaginar el país que tendríamos si todos los argentinos pensáramos como él.

El fenómeno Manes

Facundo Manes es hijo de un médico y creció en Salto, provincia de Buenos Aires, entiende como pocos que una sonrisa franca y un gesto cálido tranquilizan, contienen, abren puertas y son terapéuticos. Estudió en nuestro país y también en Estados Unidos e Inglaterra, donde conoció a César Milstein, ganador del premio Nobel, un maestro que le despertó la necesidad de repatriar a los cerebros argentinos desperdigados por el mundo. Tampoco se olvida de sus profesores de la UBA, del ejemplo de René Favaloro y del impacto que le causó acostumbrarse a vivir en Buenos Aires cuando llegó para estudiar Medicina.

Después de trabajar en laboratorios e instituciones prestigiosas, en 2001 decidió volver a la Argentina con un gran sueño: crear una “Di Tella del conocimiento”. Tomar el nombre de ese mítico centro cultural era nada más y nada menos que hablar de vanguardias, de reunir a médicos, neurólogos, psiquiatras, psicoanalistas, y también a filósofos, matemáticos, economistas, y sumergirse en el fascinante desafío de desentrañar los misterios del cerebro, la conducta humana y las emociones. Así nació Ineco (Instituto de Neurociencias Cognitivas). Más tarde, lo convocaron para crear el Instituto de Neurociencias de la Universidad Favaloro y luego para dirigir la universidad.

Explica con la pasión del que ama lo que hace. “Me siento orgulloso de haber hecho un centro médico en el que la mitad de los ingresos se destinan a investigación. Nuestro mayor logro es impulsar el cambio cultural, los estudiantes de Psicología hoy exigen que se incorpore la neurociencia en sus planes de estudio. Si yo fuera un científico en Noruega estaría sentado todo el día en un escritorio haciendo investigaciones para publicar en revistas prestigiosas, pero en mi país un tercio de la población vive en la pobreza”.

En su nuevo libro, El cerebro argentino, Manes dice: “Somos nosotros los responsables de hacer una Argentina mejor. Necesitamos pensar un país para los que vengan”. En ese camino acaba de asumir un nuevo compromiso en el Gobierno de la provincia de Buenos Aires, como asesor ad honorem desde su especialidad médica y científica, en un área dedicada a la promoción y protección del bienestar y el capital mental.

Por Viviana Álvares, Evangelina Bucari e Inés Hernández.

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