RevistaSusana.com
 Último momento

 

Leer en

Miércoles 17 de agosto de 2016

su editorial

Zoológicos sin sentido

Animales en condiciones precarias, enjaulados y en exhibición, ecosistemas amenazados y falta de inversión para salvar especies en peligro. Sin dudas, los zoológicos se quedaron en el tiempo. La opinión de los expertos, por qué tienen que dejar de existir y en qué se deberían convertir.

Por Gastón Rodríguez

 
 

 

Varios casos de muertes y maltratos de animales en zoológicos de la Argentina y el mundo reavivaron la polémica sobre la ética de mantener en cautiverio a animales salvajes. Los dos últimos casos que hicieron explotar las redes sociales y reabrir el debate fueron las imágenes devastadoras de un hipopótamo herido, con signos de haber sido baleado y tajeado; y la muerte de Arturo, el oso polar que después de años de pedidos internacionales para su liberación y traslado a Canadá finalmente murió en condiciones críticas. Los dos hechos, muy tristes y angustiantes, se dieron en el Zoológico de Mendoza y desencadenaron el cierre por tiempo indefinido del predio. También esto impulsó la muy esperada decisión de convertir el Zoológico de la Ciudad Buenos Aires –el más visitado y representativo del país– en un EcoParque Interactivo.

Así, al fin se da respuesta a un viejo reclamo no solo de organizaciones ambientales y proteccionistas, sino también de los mismos trabajadores del zoológico porteño que desde hace tiempo están alertando sobre las pésimas condiciones de vida que deben soportar los animales enjaulados. El anuncio fue el 23 de junio pasado y los especialistas en el tema pretenden que la fecha inaugure una nueva etapa en el país, con paseos dedicados a la conservación y la concientización y no, como hasta ahora, al mero hecho comercial.

 

El Zoológico de Buenos Aires fue fundado en 1875 porque el país necesitaba que sus ciudadanos, que todavía no habían celebrado su primer centenario de vida, conocieran la fauna de su extenso territorio. El modelo que lo inspiró fue el victoriano, tomado del Viejo Continente, en especial de los países colonizadores, ansiosos por exhibir las especies, exóticas y desconocidas, que aportaban las conquistas. No pasó mucho hasta que el zoo de Palermo, que ocupa 18 hectáreas del Parque Tres de Febrero, se convirtió en el paseo más popular de la ciudad, además de ser una de las instituciones que ayudó a impulsar el desarrollo de la ciencia. Sin embargo, el paso del tiempo fue inclemente (durante el siglo XX la crisis ambiental se agudizó pero las autoridades, cada una a su turno, prefirieron no tomar nota de ello) y el proyecto ambicioso de Domingo Faustino Sarmiento se estancó.

Además, aquella realidad dista mucho de la actual, donde internet, un canal donde ver animales las 24 horas, miles de libros y la posibilidad de viajar más fácilmente, vuelven el viejo concepto de “jardín zoológico” totalmente anticuado.

Crisis

 

“El zoológico ingresó a este siglo con formato y contenidos obsoletos, edificios de una concepción arquitectónica maravillosa (asociada a los países de origen de la fauna), pero más cerca de la arqueología que de la biología de la conservación; precarias condiciones de bienestar animal, miserables inversiones para salvar especies y ecosistemas amenazados, escasos proyectos e intenciones educativas. En contrapartida, los empresarios han sabido orientar sus inversiones hacia un único desvelo: vender entradas. Todos estos rasgos son los que definen una gestión privada inmoral del patrimonio público”, explica Claudio Bertonatti, naturalista, museólogo y exdirector del zoológico porteño.

La institución que presidió Bertonatti durante poco más de un año cuenta con cincuenta edificios declarados Monumento Histórico Nacional, por lo que no pueden ser reformados, donde viven aproximadamente unos 2400 animales. Según el informe elaborado por legisladores porteños de distintos bloques e integrantes de organizaciones de defensa de los animales, las principales irregularidades son “falta de inversión, malas condiciones de los recintos, corrales, ambientes y lugares de descanso donde viven los animales. Ausencia de insumos, traslados inadecuados que terminan en muerte y pérdida de ejemplares y pésimas condiciones edilicias. Riesgo de seguridad tanto para los trabajadores como para los animales y visitantes, desidia total, vaciamiento e incumplimiento en las obligaciones de los pliegos de la concesión y recorte de programas”.

Animales golpeando y mordierdo barrotes y rejas, paséandose en forma continua de un lado al otro, balancéandose sin parar, jugando con basura, comiéndose su propio excremento y hasta automutilándose. Estas conductas o comportamientos relacionados en forma directa con el encierro se conocen como zoocosis, el problema más grave que atraviesan los ejemplares en largo cautiverio. “Frente a la crisis ambiental mundial y la constante pérdida de biodiversidad no se debe mantener animales silvestres –muchas veces de especies amenazadas– solo con fines de exhibición o de esparcimiento”, define la coordinadora de campañas de Greenpeace, Soledad Sede.

 

De acuerdo con el relevamiento que realizó Greenpeace sobre los zoológicos en la Argentina, la mayoría “no cumple con los lineamientos claves establecidos por la Organización Internacional de Zoológicos y Acuarios (WAZA)”. Nuestro país tiene una biodiversidad enorme, pero en gran medida amenazada (se calcula que son cerca de 500 especies en peligro entre las que se encuentran el yaguareté, el gato andino, el tapir, el ciervo de los pantanos, el oso hormiguero y el yacaré) si continúa prevaleciendo el interés comercial por sobre la conservación.

“Los zoológicos argentinos –agrega Sede– presentan animales de las llamadas especies estrellas, provenientes del Viejo Continente, como un oso polar, un tigre de bengala, elefantes o jirafas, que poco pueden servir en este lugar del mundo, lejos de sus ecosistemas de origen. Eso convierte a los zoológicos en una colección de animales muy despareja, que no tienen puesto el objetivo en la conservación, sino en la recaudación. Esto redunda en la poca especialización de los veterinarios, porque no es lo mismo tener tres o cuatro animales que forman parte de la fauna autóctona, que tener cinco o seis especies de cada uno de los continentes”.

“Los visitantes de estos zoológicos son quizás testigos del último tramo de esta etapa de la humanidad en la que encerramos animales solo para nuestro deleite”, avisa Manuel Jaramillo, director de Conservación de la Fundación Vida Silvestre. Para él, “antes de empezar a cerrar compulsivamente zoológicos, sin pensar en qué hacer con los animales, habría que trabajar en programas de recuperación de las especies a su lugar de origen. Que el visitante del zoológico no se vaya contento solo porque le tiró una galletita o dos al oso”.

 

Un futuro diferente

Existen dos grupos de opinión con respecto al futuro de los zoológicos: los que presionan para el cierre definitivo y los que proponen su transformación y adaptación a las necesidades del mundo de hoy.

“En la Argentina hay cerca de cien zoológicos, pero la mayoría se caracteriza por una precariedad tan grande que es inimaginable que puedan evolucionar, tendrían que transformarse en algo que todavía no conocemos. No se trata de zoológicos sí o zoológicos no: necesitamos instituciones que cumplan con su misión. Incluso es necesario renovar la denominación. Los malos ejemplos fueron tantos que la palabra ‘zoológico’ tiene una connotación negativa. Más apropiado será llamarlos centros de conservación, de conocimiento o de educación ambiental”, explica Claudio Bertonatti.

La Argentina, sin embargo, tiene un espejo donde mirarse. Tanto el refugio de animales silvestres Güirá Oga (“casa de los pájaros” en guaraní) de Puerto Iguazú, Misiones; como The Conservation Land Trust (CLT) en los Esteros del Iberá desarrollan una labor ejemplar de concientización ambiental. El primero se dedica al rescate, rehabilitación y liberación de la fauna misionera mientras que el segundo generó en Corrientes una gran cantidad de proyectos de reintroducción de especies extintas como osos hormigueros, venados de las pampas, pecaríes y yaguaretés. Otro ejemplo es el Bioparque Temaikén que desde el primer momento incluyó solamente animales autóctonos en espacios amplios.

 

La Argentina cuenta con una importante riqueza de fauna autóctona. Existen unas 985 especies de aves, 345 mamíferos, 248 reptiles, 145 anfibios, 710 peces y aproximadamente 100.000 especies de invertebrados. Sin embargo, entre 500 y 600 de estas especies se encuentran en peligro de extinción inminente, por lo que los proyectos conservacionistas con enfoque local se vuelven imprescindibles.

A nivel mundial, desde hace tiempo existe conciencia sobre la mejor manera de cuidar los animales, y muchas son las referencias obligadas, como la ONG Wildlife Conservation Society (WCS), que maneja los zoológicos y acuarios de Nueva York y que gestó unos 500 proyectos de conservación en más de 60 países; la ambientación selvática del Zoo de Leipzig, en Alemania; o los programas educativos como el dedicado a los murciélagos en el Zoológico de Chapultepec (México).

Hacia un ecoparque...

En estos momentos se está debatiendo en la legislatura porteña el Proyecto de Ley Jardín Ecológico que propone el cierre del zoológico de Palermo y su reconversión en un centro para la rehabilitación de fauna SIN EXHIBICIÓN, con paseos educativos sobre salud ambiental y derecho animal. “El proyecto Ecoparque busca transmitir un mensaje claro: tenemos la responsabilidad de crear nuevos lazos conscientes de amor y respeto hacia los animales porque en ese vínculo tan puro también se expresa el valor de nuestra propia humanidad”, escribió en su cuenta de Twitter el Ministro de Modernización, Innovación y Tecnología, Andy Freire. Aquí algunos de los puntos más importantes:

• Será un paseo para promover el respeto por la naturaleza, los derechos de los animales y la salud ambiental.

• Será un espacio de preservación y rehabilitación de la fauna silvestre autóctona.

• Recibirá animales provenientes de decomisos, secuestros, maltrato o abandono, procurándoles atención médica y la oportuna liberación en su correspondiente hábitat o el traslado a santuarios o reservas, locales o del exterior.

• Prevé un espacio para la labor de ONG y fundaciones sin fines de lucro, que tengan por finalidad la defensa del ambiente y/o de los derechos de los animales.

• Incluye a los actuales trabajadores del zoo que serán capacitados para atender las nuevas tareas requeridas por el Jardín Ecológico..

Más notas de Editorial