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Viernes 05 de agosto de 2016

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Remembranzas

Los recuerdos lindos de nuestra infancia nos acompañan toda la vida. ¡Feliz día del niño!

Por Maju Lozano  |   Ver perfil

 
 

Y de golpe estas ahí, tirada en un sillón, en la tranquilidad de tu casa y un olor, una música, algo en el aire o una imagen te transporta a un momento de tu infancia, te lleva a recordar escenas de tu niñez que te hacen reír, pero también emocionarte. Te acordás, por ejemplo, cuando viajabas con tus padres. Nosotros solíamos ir de vacaciones de invierno a Buenos Aires. Todo el año esperábamos ese momento, porque sabíamos que era mágico, que todo podía suceder, que viajar a la gran ciudad era toda una experiencia, algo soñado. La distancia parecía enorme. Pero lo que más aventura generaba, ahora mirándolo a la distancia, era el viaje en sí mismo.

Me impresiona recordar lo que sucedía arriba del auto de papá. Largas y largas horas adentro del Peugeot 504 celeste, ahí atrás con mi hermana, ¡sueltas! en el asiento, durmiendo en la luneta, asomándonos por la ventana del techo. ¡Sí! Nos dejaban subirnos. Jajaja, una locura. Ahora diríamos que nos querían matar y no nos dábamos cuenta, ahí por la ruta asomándonos y gritando porque el viento nos pegaba en la cara o sacando los brazos por la ventanilla, a los golpes y empujones con mi hermana. Ella me tocaba la pierna apenitas solo para hacerme enojar. Ahí empezaba de a poco la lucha en el asiento de atrás y esa pelea duraba hasta que mamá se hartaba y, sin darse vuelta siquiera, tiraba manotazos para atrás y le tocaba el manotazo a quien le tocara. Dolía y daban gracia las manos de mi madre con anillos que nunca olvidaré, golpeando en el asiento, en la pierna, en el brazo, no importaba dónde, porque ella los tiraba al aire sin pensar si embocaba o no. Eso sí, nosotras sabíamos que ese era el límite.

Otra cosa que hacía mi familia era tapar con el repasador el sol que asomaba por la ventanilla. Algo que se llevaba a cabo de manera muy prolija: mientras yo lo sostenía, mi hermana cerraba el vidrio suavemente para que el trapo no se escape. Después venían las ganas de ir al baño y la frase de mi madre: “Pero les dije que fueran antes de salir”. “Sí, mamá, pero hace siete horas que salimos de Paraná, nos tomamos tres termos de mate y dos bidones de jugo”.

Una de las cosas más esperadas era parar a cargar nafta porque ahí nos dejaban comprar un pebete de jamón y queso que vendían en la estación de servicio que estaba antes de llegar a Rosario. Era el pebete más fresquito, blando, el más rico del mundo. Y estaba ahí, esperándonos para hacer nuestra entrada a Buenos Aires más feliz.

El paisaje iba cambiando y de repente aparecían las fábricas y papá empezaba a repetir, como todos los años, los nombres, de una en una. Llegábamos a la gran ciudad y todo podía pasar: la promesa de ir a Harrods y poder elegir “una sola cosa”, la magia de recorrer sus pisos y la ilusión de elegir lo mejor de toda la tienda; ir al Italpark, animarse a subir al Tren Fantasma y quedarnos hasta que se haga de noche, reforzando el abrigo que mamá iba a buscar al auto.

Ahhhhh, viajes, sueños y pasiones de la infancia. Vamos de paseo en un auto feo, pero no me importa, porque llevo torta... y no llevo cinturón de seguridad, ni sillita para los más chicos, puedo asomar la cabeza por la ventanilla en la ruta, parar en la banquina para hacer pis... Cosas que hoy resultan impensadas, pero son recuerdos imborrables que quedarán para siempre en nuestra memoria. Vamos de paseoooooo, ¡sí, claro! y no importa que el auto sea feo.

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