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Lunes 09 de mayo de 2016

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Aventuras y desventuras en el supermercado

Los changuitos que se traban, las filas eternas, las bolsas que se desfondan, salir cargadas como ekekos... Cuando ir de compras puede ser un verdadero estrés.

Por Maju Lozano  |   Ver perfil

 
 

 

Ir o no ir esa es la cuestión. puedo organizarme y hacerlo una vez al mes y desde casa. Puedo usar internet, lo sé. Pero a mí me gusta tocar, mirar, comparar, recorrer, volver a pasar, agarrar, arrepentirme y cambiar; dejar, preguntar, perderme y volverme a encontrar; ir y venir, pesar, embolsar, arrepentirme y seguir comparando.

Sí, a mí me gusta ir al supermercado, ir de cuerpo y alma. Me superestresa, pero me encanta.

Me gusta ese no sé que de agarrar justo el changuito con las ruedas trabadas. Me encanta recorrer el lugar, como una conductora principiante que hace maniobras para no chocarse contra las góndolas. Ese no sé qué que tienen los carros de los super, que jamás funcionan bien, que se chinguean y van no para donde nosotras deseamos, sino para donde ellos quieren. Igual que lo que me pasa con los hombres, ¡jamás pude dominarlos!

A mí me gusta agarrar la fruta y pelearme con mis vecinos por ver quién se adueña primero de un buen durazno o de una tierna cebolla. Me fascina poner naranjas y que la bolsa se me rompa; y empezar a correr por todo el sector de furtas y verduras las hermosas bolas naranjas, haciéndome la que no pasa nada. Me gusta elegir las cabezas de ajo y llegar a casa y darme cuenta de que la mitad está vacía.

Mi éxtasis total es pasar por las góndolas de frío y tiritar como si estuviera en los Alpes suizos; seeeeeeeee, morirme de frío buscando arvejas congeladas y abrir rápido esas enormes heladeras para agarrar las hamburguesas.

Recorrerlas y sentir cómo el aire helado acaricia mi cara. También disfruto elegir un paquete de fideos, que esté roto y que no me den las manos para agarrar los tirabuzones que vuelan por el aire. Me gustan los paquetes de azúcar pinchados e ir endulzando todo el camino cual Hansel y Gretel.

Amo ir y venir, y no encontrar nada, y transitar una y otra vez esos enormes pasillos buscando una esponja. Me enamora agarrar las cajas de los huevos y que haya alguno roto y enchastrarme las manos. ¡Qué placer!

Me copa que alguna que otra vecina distraída no me vea y me rompa el tobillo desde atrás con su changuito repleto y alocado.

Me enloquece llegar a hacer la fila y darme cuenta de que me olvidé de las cosas que había ido a buscar y que tengo un chango lleno lleno lleno de pavadas que no necesito. Pero lo que más me entusiasma del supermercado es pararme en la fila equivocada y ver cómo todas avanzan menos la mía.

También adoro irme con miles de bolsas haciendo equilibrio y sentir cómo se me corta la circulación de los dedos. Ahhhhh... y llegar a casa y tener que ordenar todo es el éxtasis total.

Ok, basta. Ahora sí, sin ironía les cuento que detesto ir al supermecado, pero es más fuerte que yo porque no soporto comprar por la web. Eso sí, me resulta tan estresante que creo que la próxima vez después de ir de compras, me regalo un día de spa. Ya sé que no es para tanto, pero estaría bueno, ¿no?.

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