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Lunes 09 de noviembre de 2015

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¿Ahora me lo decís?

Aunque el objetivo de adelgazar es una meta individual, pareciera que cumplirlo es más bien una cuestión colectiva: por cada kilo perdido y por cada cierre que vuelve a subir hay una fila de personas que te dan sus impresiones… ¡impresionantes!

Por Maju Lozano  |   Ver perfil

 
 

 

A veces en la vida pasan cosas locas, raras, inesperadas, que realmente te hacen sentir que si te caés, no te volvés a levantar. Una cree que tiene todo más o menos claro y que más o menos sabe lo que la gente piensa de una...

Pero ahí esta la vida, sorprendiéndote una vez más. Y ojo que no siempre es para bien.

Algún día llega ese bendito momento en que te topás con lo que vos creías que pensaban de vos, y en el que las cosas, al final, no resultan tan claras como esperabas. ¿Y eso pasa exactamente cuándo? ¡Cuando adelgazás!

Primero viene lo que esperabas: y los halagos, sin que los hayas pedido, comienzan a llover como cuando se te rompe el cuerito de la canilla. Son decenas, cientos, miles… Desde los más zalameros, como "¡Estás fantástica!"; "Guau, sos otra"; "Dios mío, te sacaste veinte años de encima"; "Ahora se te ven esos ojos hermosos que tenés"; "Ay, cómo te luce la sonrisa"; hasta los más técnicos o innecesariamente detallados: "Por Dios, ese pantalón te queda pintado" o "Qué piernas, deberías usar siempre polleras".

Y claro, no faltan los zarpados en sus observaciones: "¿Te hiciste un toquecito en las lolas o será que al haber adelgazado te lucen más"; "¡Mirá la que andaba siempre tapadita el lomo que peló!"… Y por supuesto, lo rematamos con un pronóstico al tono: "Ahora que se viene el calorcito, ¿quién te para?".

Pero claro, nadie te previene para la tan temida "segunda parte del asunto", en la que obviamente tampoco pediste participar, pero te obligan igual. Porque ni para darte las buenas ni para pincharte con las malas –sabelo– nadie te consulta nada. "Uy, gordita, menos mal que adelgazaste… Es que no eras vos, eras otra mina. Tenías la cara como hinchada, no sé… ¡Ni los ojos se te veían, eras puro cachete, así como la chanchita de los Muppets, ¿te acordas?"… ¡Sí que me acuerdo, por eso hice dieta! Pero los opinólogos siguen y siguen: "Ahora sí vas a poder ponerte el jeans que te regalamos para tu cumpleaños, porque la verdad es que antes te quedaba explotado... ¡Ja! Yo pensé que te iba a saltar el botón y reventabas la lámpara de techo… Estabas pasadita con los kilos, y ahora no es como antes, ¿viste? Las gorditas ya no dan sanas, ojo…".

Y mientras todo el mundo habla, ahí estás vos, con tu cuerpecito nuevo escuchando barbaridades ¡que nunca pediste escuchar! Y no nos olvidemos de los que creen que el humor aplica a cualquier cosa, y se hacen los graciosos aunque con cada frase suya a vos te den ganas de llorar: "¡Ahora sí te vas a poder poner el solero floreado! Antes te quedaba como un mantel en una mesa redonda".

Por supuesto, los pesimistas no podían perderse su lugar en el festín, del cual vos vendrías a ser el plato principal. A ver si todavía no te sentías lo suficientemente mal: "Ojo nena, no te vas a pasar para el otro lado, ¿eh? Que se te está chupando la cara y queda feo" o "Che, estás muy flaca vos, ¿te estás controlando?, porque no tenés buen color. Mirá que conozco una amiga que era gordita como vos y ahora quedó como un espárrago marchito, ni fuerza para saludar tiene… Y encima se cree que le queda lindo, ¡ni cola le quedó! No sabés si está de espaldas o de frente, ¡es como un esqueleto de Halloween!".

Entonces, entonces, entonces, yo me pregunto, ¡oh, Dios!: ¿por qué cuernos no me dijeron todo esto antes? Lo de gordita, lo de divina, lo de flaquita, lo de raquítica. ¿En qué quedamos? ¿Vuelvo a estar como hace unos meses? ¿Me quedo así? ¿Engordo? ¿Adelgazo más? Y pensar que cuando me saqué esos kilos de encima que tanto me molestaban, yo creía que lo hacía porque me molestaban ¡a mí! ¡Jamás pensé que se trataba de un tema tan importante para los demás!

¿Bajo, subo, voy, vengo? Díganmelo, pero díganmelo ahora, no sea cosa que les agarrre un brote de sinceridad a posteriori y ahí sí que enloquezco… Mejor me voy a comer unos habanitos que dejé en la heladera, ¡porque ya me agarró la angustia oral!.

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