RevistaSusana.com
 Último momento

 

Leer en

Lunes 16 de noviembre de 2015

su lectura

Diseñar para la paz

Nicolás García Mayor vivió en una clínica abandonada mientras estudiaba. Allí inventó un sistema de vivienda de emergencia para refugiados que conmovió a la ONU y al Papa Francisco

Por Gabriela Picasso

 
 

 

Nicolas es una de esas personas con las que, apenas conocerla, se entabla una corriente de afecto instantánea. Escucharlo relatar su historia es sentirse frente a un alma buena, franca, tranquila. Cuando accedió a esta entrevista, acababa de llegar de Bahía Blanca, la ciudad que lo vio nacer hace 36 años en el barrio Sánchez Elías, el lugar donde se crió jugando en calles de tierra con afectos cercanos y algunos golpazos de la realidad que, a veces, puede ser más dura de lo esperado.

En un costado está su valija ya precintada para continuar su travesía a Washington. El derrotero de Nicolás tiene una meta certera: que el sueño que forjó desde sus años de estudiante en la universidad se vuelva una realidad para transformar el mundo. CMax, la vivienda de emergencia que imaginó hace ya una docena de años para acoger a aquellos que lo han perdido todo, puede convertirse en realidad. Quizás este sea el momento justo: la imperiosa necesidad de los refugiados, ahora visibles más que nunca y la súplica de Francisco al mundo por reconocer al prójimo, son como un viento a favor.

¿De chico eras de esos que desarmaban todo lo que encontraban a su paso?

Eramos tres hermanos. De pura originalidad, todos nos llamamos Carlos, como mi papá. Yo soy el del medio y, como buen jamón del sándwich, el más problemático de todos (risas). El mayor, Carlos Sebastián, me lleva 8 años, después estaba Carlos Maximiliano, cinco años menor, y ahí andaba yo, Carlos Nicolás, ¡siempre haciendo renegar a todo el mundo! Era hipertravieso, y según contaba mi mamá, cuando nací, la partera apenás me vio dijo: "¡Uy, este colorado va a ser tremendo!". Por suerte, ahora que se me fue el color del pelo, ya no soy la piel de Judas.

Cuesta creer que fueras Nicolás "el terrible".

Me la pasaba en el jardín de mi casa destripando caracoles para ver cómo eran adentro, o desarmando todo lo que se me cruzaba para ver cómo funcionaban las cosas. Andaba siempre detrás de mi papá.

¿A qué se dedicaba tu padre?

Era colectivero, y un genio. Tenía un taller para arreglar autos y yo, con apenas 4 años, lo ayudaba a desarmar los motores, miraba qué hacía, siempre fui curioso. También andaba de colita rutera de mi mamá, Olga, que cosía para afuera. La ayudaba a rellenar unas ojotas que había diseñado, o a hacer moños que vendía en un kiosco. A veces se quedaba cosiendo hasta las tres de la mañana y yo ahí, pegadito. Pero al día siguiente se descuidaba, y le hacía saltar los fusibles de la casa. ¡De santito a demonio en 5 segundos!

Linda familia, unida, creativa, trabajadora...

Sí, una familia con mucha inventiva. De más grande, siempre andaba rondando por el tallercito de mi abuelo Santos "Tato" Mayor, que también era colectivero y a quien el nombre no le cuadraba en absoluto, porque era muy jodón, como un chico más. Fue mi mejor amigo y murió a los 92 años. Se jubiló joven y se la pasaba el día armando cosas de la nada. Una vez construimos un velero soldando latas de aceite de la estación de servicio. Mi mamá hizo las velas con un paracaídas roto. Lo probamos en una pelopincho, lo cargamos en el techo del auto y salimos a navegar en la laguna Paso Piedra. ¡No sabés lo que pesaba cuando el agua le entraba a las latas! ¡Era imposible sacarlo! Con estas cosas yo aprendí que no tener dinero no te impide ser feliz ni dejar de realizar los sueños.

¿Y cuál fue tu primer invento?

¡Mirá que no soy Miguel Angel o Einstein! La mía es la historia de un pibe común. A los 12 años quise ser discjockey, pero no tenía dinero para comprar los equipos. Así que me inventé una mezcladora de sonidos con luces y efectos. Los parlantes los armé en una carpintería y las luces eran latas de durazno a las que les ponía una lámpara de tubo fluorescente y parpadeaban. Las pintaba para hacer luces de colores pero se me quemaba la pintura. Tan mal no sonaba porque me contrataban para las fiestas del colegio y hasta para casamientos.

Cuando tenías 8 años tus padres se separaron, ¿cómo influyó esto en vos?

Fue un quiebre en la familia. Yo estaba en un momento de la vida en el que, si bien veía que mis padres vivían situaciones conflictivas que los llevaron a la separación, no podía entender lo que pasaba. Además de lo afectivo también vinieron problemas económicos graves. Nos fuimos a vivir con mi mamá a una casa chiquita a la vuelta de mis abuelos en un barrio que se llamaba Villa Mitre, y la mudanza me mató. Aunque era a sólo 12 cuadras de mi antigua casa, fue como irme a vivir al extranjero. Teníamos dos cuartos, y con mis hermanos dormíamos en el living. Ya no teníamos el patio al fondo con nuestro aro de básquet. Perdí contacto con mis amigos y me quedaron lejos los potreros que conocía. Fue un desarraigo desolador.

Tu infancia feliz cambió de un día para otro.

Sí. A papá le costó superar la situación y se distanció un poco. Eso hizo que mamá se convirtiera en una suerte de superheroína con tres trabajos y terminando la secundaria en la escuela nocturna. Casi no la veíamos. Sebastián, con 15 años, se calzó la camiseta de protector y salió a trabajar. A mí me quedaron las tareas de la casa. Cocinar, hacer las compras, llevar a mi hermanito al jardín… Crecí de golpe.

Te costó cruzar 12 cuadras, pero cuando terminaste el secundario te fuiste a estudiar a La Plata.

Hice el sacrifico porque tenía una meta. En mi familia no había un título universitario y yo quería traerlo a casa. Mi hermano mayor era técnico electricista, y a mí me intrigaba la carrera de Diseño Industrial que no se daba en Bahía Blanca.

¿Por qué elegiste esa carrera?

Estaba terminando el secundario como técnico en computación y me contrataron para enseñarles a los militares de la base Comandante Espora cómo usar el cajero automático para cobrar los sueldos. Entre la doble escolaridad y el trabajo volvía a mi casa a la medianoche. Quería algo distinto para mi vida. Me gustaban Arquitectura y Diseño Gráfico, pero ninguna me cerraba por completo. Cuando me mostraron las materias de Diseño Industrial y me di cuenta de que se podían inventar cosas raras, sentí que podía estar bueno.

¿Cómo fue estar lejos de casa?

Al principio fue difícil, pero tenía todo organizado y había juntado dinero para hacerlo. Dos amigos se sumaron a la idea de estudiar allí. Fui yo solo con los padres de mis amigos para alquilar un departamento. Como necesitaba ganar dinero, agarré el trabajo de mantenimiento del edificio donde vivíamos, que no tenía portero. Me hacía el que todo lo podía arreglar: la cerradura, la bomba de agua, las luces. Le metía mano a todo. ¡A veces me metía en cada lío! También trabajaba en el buffet de la universidad haciendo hamburguesas y en medio de todo eso tenía que estudiar. Dormía poco y nada.

¿Cómo terminaste viviendo en una clínica abandonada?

Mis amigos se alejaron y yo no tenía familia que saliera a bancarme un alquiler. Me acuerdo de estar en la calle rezándole a Dios sin saber dónde iba a vivir. Un compañero me dio alojamiento por un tiempo en una pieza, cuando empecé a hacer diseños de stands para el dueño de una prepaga. Como me tenía bastante cariño, le propuse trabajar gratis si me daba un lugar en una clínica que tenía abandonada. Le parecía una locura que quisiera vivir ahí, pero al final accedió.

¿No te daba miedo estar solo en ese lugar?

Algo de "cuiqui" me agarró. Era enorme y estaba muy sucia. Además, te ponés a pensar que ahí murió gente… ¡había espíritus por todos lados! La primera noche fue durísima porque no tenía nada. Conseguí un colchón que me prestó un amigo y lo tiré en un pasillo. Pero no tenía ni luz y sólo agua fría. Me acuerdo de que recé quinientos mil rosarios, pero fui tomando coraje. Tardé tres días en limpiar la sala de radiología que era la más grande y tenía ventanas a la calle. Me colgué a la luz de un local de abajo. El cuarto más frío me servía como heladera. Pinté todo con un pote de pintura que encontré en la calle ¡aunque era rosa!

Eras casi como un refugiado.

Sí, algo parecido. Jamás usé mi situación para darles pena a los profesores ni a nadie. Estaba muy embalado con la carrera y me iba muy bien sin dar lástima. Con el tiempo el lugar quedó bastante digno y lo había naturalizado como mi casa. Hasta lo usaba como oficina para recibir a mis clientes.

¿Tenías clientes?

Sí, varios. Una vez había que proyectar un espacio de trabajo para un profesional. Se me ocurrió hacerlo para un policía científico y diseñé un maletín de esos que usan los peritos en criminología. Como me relacioné con la gente de la policía y de la Secretaría de Seguridad me pidieron que les hiciera un móvil. Armé el diseño en el hospital, y terminó siendo el primer móvil de la Policía Científica de la provincia de Buenos Aires.

¿Y esto no alcanzó para profesionalizarte?

No tenía la estructura de una empresa y no soy muy bueno para trabajar en el ámbito político, pero me sirvió para poder comprarme una computadora y los muebles. A pesar de que no tenía mucho, había visto gente que la pasaba peor, así que de a poco armé un comedor comunitario para casi 200 personas. Era bueno para conseguir cosas.

¿Cuándo surgió la idea de hacer el CMax?

Algunos dicen que la idea de hacer este refugio tiene algo que ver con mi historia de desterrado, pero como cristiano siento que me lo encomendó Dios en un sueño porque yo no tenía televisión ni Internet, así que era raro que hubiese tenido la idea de hacer algo para refugiados hace 14 años. Tenía que hacer la tesis y se me ocurrió esto: un sistema de vivienda temporaria para emergencias. Era algo que nunca se había presentado en la facultad. De movida, los profesores me bajaron el pulgar: "Estás loco, vas a necesitar mucha gente experta que te asesore. No te vas a recibir más", me decían. Pero los "no" para mí son "sí". Me puse a investigar como loco. Fui a la Facultad de Arquitectura, donde me hice amigo de Gustavo Cremaschi, un profesor que es un genio y me dio una mano gigante. Fui a Defensa Civil para estudiar el tema de las catástrofes. Era muy difícil encontrar información porque no había nada hecho. Las únicas respuestas eran carpas o módulos rígidos que tenían que moverse con grúas, imposible para la logística. Lo mío tenía que ser algo rígido pero liviano y simple para transportarse. ¿Sabés la cantidad de puertas que toqué? Necesitaba ayuda económica para imprimir planos, hacer maquetas… La Cámara de Diputados declaró el proyecto de interés provincial, un amigo que estudiaba cine me ayudó con la presentación audiovisual. ¡Hice un trabajo tremendo! A pura fe y perseverancia.

¿Qué te dijeron los profesores?

Entre las cartas de Defensa Civil elogiando el proyecto, la Legislatura declarándolo de interés provincial y mi familia completa, con el abuelo Tato que con sus 85 años viajó para la presentación, medio que los puse entre la espada y la pared. Aprobé, después, me recibí, pero lamentablemente el proyecto quedó ahí.

¿Por qué se llama CMax?

En ese momento mi hermano Carlos Maximiliano tenía 15 años y yo quería influenciarlo positivamente para que siguiera estudiando. Pero al final, ¡no siguió ninguna carrera! Ahora es un excelente músico con más de 200 temas compuestos. ¡Aunque no lo creas, todavía estoy esperando que se ponga las pilas y me dedique alguno!

 
Foto 1 de 4

De la clínica abandonada a la casa frente al Mediterráneo

Ya tenías el título de diseñador industrial, ¿qué pasó después?

Yo dormía en un hospital abandonado y me decía "el año que viene voy a tener mi estudio en Barcelona y voy a trabajar en Renault". Siempre fui así, visionario, optimista por naturaleza. Mi hermano mayor vivía en España, y yo tenía el sueño de ir a trabajar con él. Viajé con 20 euros en el bolsillo y empecé a golpear puertas. En un mes estaba en el centro de diseño de Renault y, poco a poco, empecé a armar mi propio estudio. A los 23 años tenía una casa frente al Mediterráneo y un auto. Pero cuando tuve todo me di cuenta de que no tenía nada.

¿Cómo fue eso?

Me acuerdo de ese momento. Estaba en mi casa frente al hogar a leña, tenía la notebook sobre la mesa, las llaves del auto y de repente me di cuenta de que era un esclavo de todo eso. Había comprado un pasaje para ir al cumpleaños de mi abuelo y no lo pude usar porque tenía que cumplir con compromisos laborales. Sentí que las cosas me habían "chupado" y que ya no las disfrutaba Mi hermano vivía en otra ciudad con su novia. Estaba loco por estar lejos de los afectos y pegué la vuelta. A fines de 2004 volví a la casa de mamá, de donde me había ido una vez con sueños de grandeza.

¿Qué sentiste al volver al punto de partida?

Me agarró una megadepresión. Yo venía muy ilusionado a transformar las cosas de mi país, pero me di cuenta de que se habían transformado solas. Cuando llegué traté de recalcular mi GPS interior para encontrar quién era y me costó bastante. Lo único que me ayudó fue acercarme a Dios.

Volver a creer

Con el corazón en la mano y los pies en su tierra, Nicolás empezó a armarse nuevamente. De a poco formó un equipo, instaló su propio estudio y se compró una casa. Pero la idea de una vivienda digna con la que había soñado en sus épocas de estudiante todavía giraba con fuerza. "Era mi carta de presentación y todos los que veían la CMax quedaban asombrados", cuenta

Tu vida volvió a encauzarse.

Parecía que ya estaba todo listo para que el CMax volviera a ver la luz pero vivía tiempos difíciles. Mi hermano Sebastián, que estaba en pareja y tenía un hijo, se enfermó de cáncer de piel en España y volvió con su familia a la Argentina. Murió hace 8 años, fue algo difícil de digerir, pero a la vez entendí por qué pasan las cosas. Aferrarme a Dios fue una preparación para lo que vino. Si no, yo no hubiese podido sobrepasar esa situación. La muerte de mi hermano fue un momento fuerte para toda la familia, y en especial para mí, pero en vez de pelearme con Dios, comprendí la otra parte de la vida, que es la muerte. Por él, pude levantarme y ponerme a trabajar con más fuerza.

¿Cómo te pusiste en contacto con Naciones Unidas?

En 2012 recibimos un e-mail de la ONU donde preguntaban si teníamos algún proyecto que tuviera que ver con la ayuda humanitaria. Es un procedimiento que hacen con varias empresas creativas. Les mandé la tesis y a los 15 días me invitaron a Washington para que lo expusiera ante distintas organizaciones. ¡Tenía que hablar y no sabía inglés ¡Lo aprendí en el camino. Iba con pocas expectativas. Habían pasado 12 años y no podía ser que nadie hubiera solucionado ese problema. Estaba el stand donde exponía el proyecto y de repente empezó a venir gente y se hizo como un revuelo. "This is amazing" (esto es increíble) me repetían tanto que ya me había aprendido la frase. "Es como salido de un película de James Bond", me decían. El 23 de mayo, justo el mismo día del cumpleaños de Carlos Maximiliano (una diosidencia, como las llamo yo) lo vio la gente de la ONU, y se enloqueció. Dijeron que era lo que venían buscando desde hacía años para dignificar la vida de la gente, que tenía que mostrárselo al mundo para conseguir apoyo. Me invitaron a exponer el proyecto en la Asamblea General ante los presidentes de los 200 países. Ahí nomás me largué a llorar.

Y cuando se enteraron en la Argentina, ¿qué pasó?

Salió en varios medios y me dijeron que me iban a ayudar… pero hubo más reconocimientos que apoyo. Viste cómo es todo acá, las palabras y las promesas siempre sobran.

Pero en el medio de eso llegó Francisco.

El obispo emérito de Bahía Blanca me dijo que le mandara una líneas al Papa contándole sobre el proyecto, que se iba a poner contento de saber que un argentino estaba haciendo esto. Un día me llegó un e-mail que decía que el Papa me recibiría. ¡Qué emoción! Jamás pensé que iba a poder estar tan cerca de él. Se puso a mirar el proyecto, me felicitó y me hizo llorar. Cuando le pedí que lo bendiga, me dijo que no lo necesitaba porque ya estaba bendecido por Dios. Me pidió que fuera perseverante, porque no iba a ser fácil, y me dio un abrazo que para mí fue interminable.

Fue una preparación espiritual para disertar ante los presidentes en la ONU.

Armé la presentación dos días antes y la fui leyendo despacito. Me gustó hablar de la paz, de la posibilidad de recomponer vidas, de crear lazos, en ese recinto donde todo el mundo habla de cosas tan terribles. No lloré, pero me fui temblando. Cuando iba caminando sólo por Manhattan me di cuenta de lo que había pasado. "Y ahora, ¿a quién se lo cuento?". Necesitaba abrazar a alguien y estaba solo, pero también muy cerca de Dios así que me metí en la Iglesia de San Patricio y hablé con él y con mi hermano. Sentí que esa era mi misión.

También te nombraron uno de los Diez Jóvenes Sobresalientes del Mundo.

Es difícil entender que soy uno de diez, habiendo millones en el mundo. Pasan miles de personas por el proceso de selección hasta que quedan diez. La ceremonia fue en Alemania y recibir el premio ante más de 5 mil emprendedores de distintos países me llenó de un orgullo indescriptible y de una responsabilidad absoluta.

¿Qué te pasó al recibir todos estos premios y reconocimientos?

Todo fue muy rápido. Me tentaron para empezar a hacer el CMax en Tortuguitas en una exempresa de autopartes que había tenido que reducir personal. Era gigante, tenía 46 mil metros cuadrados y estaba bueno reflotarla para darle trabajo a la gente de mi país. Empezaron las idas y vueltas, y todo quedó en la nada otra vez. Con tanto camino recorrido ya me voy curtiendo y creo que a pesar de todos estos palos en la rueda, algún día vamos a rodar.

¿Sentís que en toda esta vorágine dejaste algo en el camino?

Quedé muy expuesto. Perdí la cotidianeidad con mi familia, se fueron algunas viejas amistades y cancelé mi casamiento. Fue difícil para algunos superar esta etapa de tanta exposición y pérdida de privacidad. Hay personas que pueden acompañarte en las malas pero les cuesta alegrarse cuando te viene la buena. Estas posibilidades te dan, pero tambien te quitan parte de tu vida personal. De todas formas, a veces perder puede significar ganar algo mejor en la próxima vuelta.

De lo que aprendiste, ¿qué es lo que te gustaría trasmitir?

Cada vez que me levanto, intento ser lo mejor que pueda ser. Es necesario difundir buenos valores, hacer sentir la empatía con el otro. Hace mucho que sabemos que somos hermanos, ¿por qué todavía no lo creemos? Mi sueño es que ese vínculo sea real. Desgraciadamente, la realidad predice que para el 2025 habrá más de 200 millones de refugiados a causa de guerras o por situaciones climáticas. Lo peor es que en la actualidad, ya son 50 millones los chicos huérfanos en el mundo. Si decimos que el futuro son los niños ¿por qué no nos hacemos cargo de ellos? Mi humilde consejo es: encontrar una misión en la vida, respetar los valores, ser perseverante y nunca bajar los brazos, porque quizás así entre todos podamos lograr que el CMax ya no sea necesario.

En su camino por convertir al CMax en una realidad, en septiembre Nicolás volvió a exponer su proyecto en Washington ante miembros de la Nasa, del MIT, uno de los institutos tecnológicos más prestigiosos del mundo, de 50 alcaldes y de inversores de todo el mundo. De ahí viajó a Salzburgo en Austria donde fue becado para desarrollar soluciones a problemas globales. Mientras tanto, aquí funciona la fundación que creó, donde inventaron a "Tato" un vehículo para los cartoneros. Junto con Abel Albino, creador de Conin, que se ocupa de temas de desnutrición infantil, Nicolás proyecta un centro de nutrición en Guatemala. "Amo mi país y mi familia, pero si hay 75 millones de refugiados en el mundo donde la mitad son niños, tengo que meterme de lleno en esto. En esta vuelta al ruedo, Dios me acompaña". •.

Más notas de Lectura