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Lunes 27 de julio de 2015

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Los galeses cumplen 150 años en la Argentina

El 28 de julio se cumple un nuevo aniversario del desembarco de los galeses en la Patagonia. Defender su cultura fue el principal motor de ese largo viajeque marcó para siempre la identidad del sur de nuestro país

Por Eugenia Tavano

 
 

 
Culto galés en Gaiman. 

El 28 de mayo de 1865, en el puerto de Liverpool, el velero Mimosa abría las aguas del Atlántico norte para poner rumbo al confín del mundo. A bordo, unos ciento cincuenta hombres, mujeres y niños dejaban definitivamente atrás el paisaje de Gales, su antiguo paraíso de guerreros y poetas celtas ahora asolado por la pobreza y la opresión del Imperio Británico. Habían pagado doce libras esterlinas por el pasaje y cargaban poco más que una gran esperanza: la de encontrar en la Patagonia, esas lejanas tierras, un lugar donde vivir en paz y preservar sus tradiciones.

Aquí, en las costas de la actual provincia del Chubut, los pioneros Lewis Jones y Edwin Roberts preparaban un precario campamento y disponían los pocos alimentos para esperar a sus compatriotas. Habían iniciado gestiones mucho tiempo antes con el gobierno argentino, junto a Love Jones Parry, barón de Madryn, y luego de marchas y contramarchas, el ministro Rawson, en representación del gobierno de Bartolomé Mitre, aceptó su idea de asentar una colonia galesa en el árido paisaje del Sur. El pacto era muy conveniente para el Estado nacional: por esos días la Patagonia era un desierto casi inexplorado para "el hombre blanco y civilizado". No había nada más allá del Río Negro, o en realidad sí: tehuelches y mapuches. Chile, por su parte, amenazaba con copar el territorio. Y así fue cómo el sueño de esa comunidad perseguida vino a encajar perfecto con la necesidad sociopolítica de aquel inestable mapa argentino.

Dos meses después, el 28 de julio, unas treinta familias desembarcaban en Punta Cuevas, en el actual Golfo Nuevo de Puerto Madryn. Tras un frustrado intento de embarque en la nave Halton Castle, los organizadores terminaron contratando un velero que hacía la ruta del té entre Inglaterra e India y que jamás había llevado pasajeros. El viaje fue arduo. El timón del Mimosa era comandado por un joven capitán inglés, y en los dos meses que duró la travesía pasó de todo. Desde un enfrentamiento a punta de pistola entre el capitán y un indignado galés, que se negaba a cortarle el pelo a su esposa para evitar una epidemia de piojos, hasta sucesos mucho más trágicos que marcarían a fuego esos destinos de desarraigo. Como las muertes acaecidas a bordo, entre ellas la del pequeño John Davies, de un año de edad, hijo de Catherine Roberts y Robert Davies, un matrimonio que también viajaba junto a otros dos pequeños de 8 y de 6. El bebé falleció cruzando la línea del ecuador y los Davies tuvieron que entregarlo a las aguas profundas del mar. Catherine lo arrancó de su pecho, todavía amamantando, con el mismo dolor con el que dejó atrás su pasado en el pequeño pueblo de Llandrillo, al norte de su país de hadas y leyendas. Una vez en tierra, seguramente triste y agotada, se convirtió en la primera galesa en ser sepultada en suelo patagónico (ver recuadro).

Pero ni el crudo invierno austral, ni los avatares de la travesía vulneraron la esperanza que esas ciento cincuenta almas traían en nombre de todo un pueblo. Cuando alzaron la vista ese 28 de julio de 1865, en el horizonte flameaba la insignia de una nueva vida: la bandera argentina, celeste y blanca, abrazaba al dragón rojo que durante siglos protegió al pueblo galés.

 
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La unión y la fuerza

En Punta Cuevas, donde desembarcaron, se armó el primer campamento. Eran precarios refugios y casillas cavadas en la piedra, cerradas con tablones de madera. Uno de los principales problemas fue la provisión de agua dulce, naturalmente escasa en esa zona; pero una lluvia torrencial les regaló una improvisada laguna, a seis millas del campamento. Enseguida, los hombres empezaron a trabajar en el valle inferior del río Chubut, la zona fértil en la que, después de muchos avatares, pudieron sembrar trigo, y donde pronto fundarían la ciudad de Rawson. Las mujeres y los niños se quedaban en la costa y los varones iban y venían. Eran días durísimos, porque había que hacer todo desde cero. "Toda la familia trabajaba", cuenta la profesora Nelcis Jones, descendiente de esos pioneros.

En un relato publicado en el libro El molinero, una historia entre Gales y la Colonia 16 de Octubre de J. D Evans, uno de esos primeros colonos recuerda una anécdota que le tocó vivir en Glyn Du, el nombre galés que se le daba a la región del Valle Negro, entre Rawson y Trelew. "Cierto día mi madre y mi abuela salieron a pie rumbo a Rawson. Querían conseguir un poco de trigo en casa de alguien que vivía cerca del pueblo y había logrado cosechar algunas bolsas. En realidad, mi madre sólo deseaba comprar una taza de té llena de granos. El hombre le preguntó con qué podía pagar la taza de trigo y ella, sin decir nada, tomó su único bien, el anillo de bodas y se lo ofreció. ‘Lo lamento’, fue la respuesta. ‘El trigo puedo comerlo, pero el oro no’. Mi madre hubiera ansiado tener entre sus dientes unos pocos granos y sentirlos reventar en su boca. Aún me veo, parado a la sombra de la casa, cuando llegaron llorando, con la taza de té vacía. Y yo también lloré con ellas".

Pero a pesar de la adversidad, otras cosas parecían un milagro. El clima de la costa patagónica, donde siempre brilla el sol al mediodía, fue un premio para los galeses, acostumbrados al cielo gris, y a pasar horas en la oscuridad viciada de las minas de carbón. La profesora Jones refiere que en algunas cartas, los colonos señalaban que el clima "los había curado", con su aire puro y limpio.

En la primavera de 1865, la colonia ya estaba instalada en Rawson. El Gobierno les había destinado, cada tres personas, cincuenta hectáreas de tierra. Sin embargo, el Estado incumplía su promesa de ayudarlos con el desarrollo de la agricultura. Luego de varios intentos fallidos, el pionero Aaron Jenkins y su mujer descubrieron cómo desviar agua por un canal del río. Eso dio pie a la fundación de la Cooperativa de Riego, "que desde entonces regularía la organización social, comunitaria y económica de la colonia", añade Jones, descendiente de Jenkins.

En la zona del valle comenzaron a florecer otras ciudades, como Gaiman, adonde llegaron los galeses provenientes de Estados Unidos. En 1886, el Vesta trajo a unos cuatrocientos emigrantes de Gales, especialmente contratados para trabajar en el desarrollo del ferrocarril, que por supuesto pertenecía a una compañía inglesa. Se trataba de un proyecto ambicioso de Lewis Jones, que le dio un fuerte impulso a la colonia y que auspició la fundación de Trelew ("el pueblo de Luis" en galés, en homenaje al pionero). La empresa atrajo trabajadores españoles e italianos y dio lugar a otro suceso importante: la primera huelga de la Patagonia. El paro terminó con el despido de los trabajadores, pero la contrariedad apuntaló la iniciativa de explorar las tierras cercanas a los Andes, donde finalmente terminarían floreciendo las comarcas de 16 de Octubre, Trevelin y Esquel, que prosperaron sobre todo con la instalación del telégrafo.

Las capillas, con su culto protestante, fueron fundamentales en la vida comunitaria de la colonia. La primera se instaló en Rawson en 1866. Allí se juntaba la gente, se enseñaba a los niños a leer y a escribir, y por supuesto, se cantaba. Algunas aun están en pie, y a otras se las llevaron las crecidas o fueron demolidas.

Hasta 1920, aunque en distintas cantidades, llegaron unos tres mil galeses al Chubut. Pero si este sueño de libertad pudo florecer en circunstancias tan adversas, fue también gracias a una de las historias más llamativas y dignas de ser contadas: la relación de aquellos europeos con los tehuelches.

Nuestros hermanos, los indios

Al llegar a estas tierras, los galeses ya sabían de la existencia de los indios. Y éstos, después de cuatro siglos de dominio español y de un fluido intercambio político y comercial con Buenos Aires (especialmente con Rosas), supieron enseguida de la venida de estos "nuevos ingleses". Cuenta el historiador Marcelo Gavirati que fue el cacique Francisco quien cedió en 1865 al Gobierno las tierras para la colonia. Y en abril de 1866 se produjo en el valle el primer encuentro entre culturas. A cambio de azúcar, yerba, arroz y otros bienes, los tehuelches les enseñaron a los "galensos" (como se llamó a los europeos durante muchos años) los secretos del terreno, del agua, de las plantas y yuyos sanadores, así como de las técnicas de caza y el manejo de las boleadoras. También les aconsejaron adentrarse en la zona cordillerana, donde podrían criar ganado. Y sobre todo, les garantizaron defender la colonia de otras tribus, como los mapuches. Pronto comenzó un fluido intercambio entre ellos, y si la colonia pudo sobrevivir a las épocas de malas cosechas de trigo, fue gracias a la exportación de plumas de avestruz, cuero de guanaco y quillangos que comerciaban con los tehuelches.

Fueron veinte años de convivencia y prosperidad. Hasta que en 1885 la llamada "conquista" del desierto echó a los aborígenes de la región, asesinándolos o vendiéndolos como mano de obra semiesclava. En vano los galeses intentaron evitar que sus amigos tehuelches fueran desterrados. Pero en sus crónicas y en el recuerdo de los descendientes de aquellas comunidades, esta relación de respeto y colaboración, única en América, tiene un lugar privilegiado en su memoria.

 
Paisaje en el que desembarcaron, hoy. 

Más de un siglo después

Durante el siglo XX, la colectividad galesa compartió el destino de la mayoría de los inmigrantes: forjó una clase media y diversificó sus actividades. Y si bien actualmente pueden encontrarse apellidos galeses en toda la provincia, aquella amenaza de extinción de su cultura, como la prohibición británica de usar el idioma y profesar libremente su religión, derivó en que tardaran en mezclarse una vez instalados en la Patagonia. Sin embargo, como ocurrió con otras colectividades, se les hizo difícil sostener las tradiciones. Pero a partir del primer centenario del desembarco, en 1965, cuando muchos descendientes de los pioneros del Chubut llegaron desde todas partes del mundo, algo se reactivó. Y además de las asociaciones de cultura galesa, los museos y los encuentros académicos que estudian el tema, se estrecharon los lazos entre Gales y Patagonia, abriéndose programas de intercambio, institutos de idioma galés y la primera escuela bilingüe, en Trelew. Uno de los eventos más significativos es el Eisteddfod de Chubut, un festival literario y musical de poesía y canto, de origen medieval, en el que se compite en castellano y galés.

Para los festejos de este 28 de julio vendrán máximas autoridades de Gales y la Argentina, habrá una representación del desembarco y muchas actividades que recordarán esta increíble gesta tan importante a uno y otro lado del océano. "Cuando vas a Gales y decís que sos de la Patagonia, pasa algo inbcreíble", cuenta Nelcis Jones. "Aunque no te conozcan, todos te abren la puerta y te invitan a su casa" .

IN MEMORIAN

En abril pasado, luego de veinte años de una increíble investigación, se confirmó que los restos encontrados cerca de Punta Cuevas en 1995 pertenecían a Catherine Roberts, la primera galesa en ser sepultada en la Patagonia. La habían enterrado en los médanos, pero nunca se encontró la tumba hasta que a mitad de los 90, una topadora embistió un cajón con restos humanos. Los científicos del Centro de Estudios Patagónicos del CONICET comprobaron que se trataba de una mujer de entre 35 y 40 años, caucásica, y también hallaron una alianza y un botoncito de nácar. Si bien todo indicaba que era Catherine, la prueba contundente la daría un ADN. Necesitaban una descendiente femenina, pero Roberts sólo había tenido hijos varones, y sus parientes vivían en Canadá. Firme en la búsqueda, Fernando Coronato, doctor en Geohistoria, junto a la antropóloga Silvia Dahinten y la arqueóloga Julieta Gómez Otero (profesionales del Centro Nacional Patagónico del CONICET), tendieron puentes entre Gales, Canadá y la Argentina, hasta que lograron encontrar a una descendiente de la bisabuela de Catherine, la galesa Nia Owen Ritchie. Nia llegó a Chubut en abril para cotejar su ADN y así Catherine Roberts pudo volver a contar su historia. Este 20 de agosto, la comunidad galesa en Patagonia y sus tataranietas de Canadá reinhumarán sus restos. Catherine volverá a descansar donde sus amigos la enterraron, con su alianza, su botoncito de nácar y una piedrita que Nia trajo de Gales, donde todavía sobreviven las ruinas del que fue su hogar..

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