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Lunes 18 de mayo de 2015

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¿Acompañadas pero solas?

La soledad puede ser un sentimiento devastador aún teniendo una pareja. Nuestra columnista propone poner el acento en lo que nos pasa y sacar la lupa de los demás

Por Pilar Sordo  |   Ver perfil   |  www.pilarsordo.cl

 
 

 

Es bien sabido que las mujeres estamos más preparadas y de mejor forma para estar solas que los hombres. Toda la vida hemos retenido afectos, armado redes de contención y estamos pendientes del amor, lo que genera que nuestro paso por la soledad no sea tan difícil como lo es para ellos. Es por esto que cuesta encontrar hombres realmente solos que no tengan por ahí alguna compañía aunque sea esporádica.

Sin embargo, hay una soledad que es muy difícil de procesar y que tiene que ver con la sensación de soledad al estar acompañada. Esa soledad que se siente al tener al otro al lado y no tener tema ni miradas en común y donde la comunicación y los proyectos funcionan como en paralelo y no en conjunto.

En la calle, hace pocos días, una señora me paró para preguntarme por qué aún cuando estaba acompañada (me refiero a que tenía una pareja), ella se sentía tan sola. Su consulta me hizo pensar en las muchas veces en las que yo me he sentido así y, claramente, es una sensación muy desagradable y hasta cierto punto difícil de codificar.

Primero creo que nos cuesta mucho asumir que somos seres solos y que los otros no tienen la responsabilidad de hacernos felices y de completarnos. Hemos sido incapaces de hacerlo por nosotros mismos y sufrimos las consecuencias. El apego, algo tan característico de Occidente, nos genera más sufrimiento que el necesario. Hay que romper con esos patrones y repensarnos como seres individuales, que pueden amar y ser amados pero no dependientes de eso.

Por otro lado, parece ser que con más frecuencia las mujeres que los hombres necesitamos estar "conectados" emocionalmente con el otro, para no sentir esa dolorosa sensación de ser transparente, de pasar inadvertidos. Y esto no es sólo desde lo importante sino también desde lo cotidiano.

Respecto a este último punto, creo que el primer paso es revisar esta sensación dentro de nosotros mismos. Porque muchas veces es básicamente un tema de expectativas, de cómo solemos nosotras mismas, dentro nuestro, inventarnos la sensación de cómo debiera ser nuestra pareja. Y muchas veces esas ideas pueden no corresponderse con la realidad, con lo que efectivamente el otro puede darnos.

La otra pregunta es si tenemos asumido que la responsabilidad de ser feliz es nuestra y es una decisión, el otro sólo viene a compartirla. Tampoco podemos hacernos responsables de la de él.

Si ambas respuestas están resueltas afirmativamente, entonces lo que queda es una conversación con el otro. Ojalá sea desde nosotros mismos donde se manifieste esa sensación y no criticando al otro y responsabilizándolo de nuestro conflicto. Es más como invitar a la reflexión sobre un tema naturalmente humano y no enfrentarlo como una discusión de pareja.

La señora que me lo preguntó, lo hizo y le resultó. Yo a veces no he tenido el mismo resultado pero creo que asertivamente es la forma más honesta de resolverlo. En todo caso, esto es un camino de vida y no algo que se cierra en algún minuto. Dependiendo de la etapa que estamos viviendo se vuelve a presentar porque las necesidades cambian con los años.

Es muy importante que aprendamos a pedir lo que necesitamos y sobre todo aprendamos a escucharnos, para detectar aquellas necesidades que con la rapidez de la vida a veces no somos capaces de ver.

Estar solos o solas estando acompañados nos puede llevar a rupturas y a fuertes desencantos que se evitarían si habláramos cuando es necesario. Este es un factor a tomar en cuenta.

Tenemos la obligación de hacernos amigas de la soledad y de compartirla con los demás; si lo logramos, estaremos ganando una batalla de la vida, de esas que tienen que ver con nosotros mismos. •.

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