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Lunes 06 de octubre de 2014

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¡Oh, oh, mamá quiere ser mi amiga!

Para una adolescente, que su madre insista en ser su amiga puede volverse una pesadilla peor que el acné o las malas notas

Por Maju Lozano  |   Ver perfil

 
 

Hay infinidad de tipos de madres, de eso no caben dudas. Tampoco caben dudas de que cada una hace lo que puede y cómo puede, que las dudas nos invaden a todas, y que por momentos, nos da cosa poner límites y decir: "Hasta acá sí y hasta acá, no". Aunque eso nos llene de culpas y nos sintamos horribles cuando ellos, los hijos, lloran, elegimos poner límites y tratamos de mantenernos firmes en nuestra posición. Porque en algún lado intuimos que eso es lo que debemos hacer y que lo hacemos por su bien (o eso creemos). Hasta ahí, todo más o menos claro.

Esto de ser madres es algo que uno aprende en el día a día, y por desgracia nuestros pequeños seres no traen al nacer un manual de instrucciones, aunque sería maravilloso que viniera el pediatra y te dijera: "Bueno, mami, este es el libro de instrucciones de su hijo Joaquín". ¡Pero no, mis chiquitas! Esto de ser madres es como el rating: minuto a minuto, y a veces las mediciones son buenas y otras no tanto, y en base a prueba y error vamos viendo.

Cuando pienso en madres me resulta imposible no acordarme de mi amada amiga María y de la Chechu, su mamá. La Chechu era la Chechu hasta para su propia hija, que no le decía mamá porque a su progenitora la hacía sentir vieja, y además porque ella no sólo se consideraba amiga de María, sino, además, ¡nuestra amiga!

En algún punto era una ídola, todas queríamos que la Chechu fuera nuestra madre, hasta que empezamos a crecer y mi amiga María empezó a no saber si estaba tan bueno que la Chechu le usara la ropa y que cada vez que buscaba sus calzas preferidas, ¡ups! la Chechu las tuviera puestas. O que cuando hacíamos asados en el quincho de su casa, ella se quedara con nosotros y se hiciera íntima del chico que le gustaba a María, y que cuando alguien nuevo entraba a nuestro grupo ella se riera a carcajadas al grito de: "¡Con María somos más que madre e hija, somos mejores amigas!".

Así era ella. Nos usaba la ropa, se teñía el pelo como nosotras, se inmiscuía en nuestras reuniones, venía con nosotras a ver rugby los fines de semana y más de un amigo se daba vuelta al grito de "¡Qué fuerte que está tu vieja!". Me acuerdo que fue la primera en tener su campera Via vai, una marca que recién llegaba a Paraná.

Con el correr de los años, casi que la Chechu terminó siendo más joven que nosotras… Me acordé de esto cuando una amiga mía subió a Facebook dos fotos de ella con su hija adolescente. Quién era la adolescente, todavía no lo sé… Estaban las dos vestidas prácticamente iguales, el pelo larguísimo y decolorado en las puntas. Entonces me puse a mirar el Face de Miru, la hija de esta amiga, y en todas las fotos ella le dejaba comentarios a la chica, incluso en el Día del Amigo le puso: "Siempre seremos mejores amigas", ¡y de nuevo con una foto de las dos casi gemelas!

Estoy lejos de querer juzgar, pero si ustedes me disculpan, debo decir que, si me dan a elegir, contrariamente a lo que tal vez pensaba de pequeña, prefiero que mi mamá sea mi mamá, que le dé pudor comentar mis fotos en Internet, que use sus trajecitos con falda y que, cuando se ponga los jeans, ¡no sean los míos! Mi mamá es mi amiga, claro, mi compañera, pero antes que nada, es mi mamá. Porque mejores amigas, las tengo hermosas y buenas y muchas, ¡pero madre hay una sola! •.

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