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Sábado 23 de noviembre de 2013

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Secretos para recuperar la fuerza de voluntad, el bienestar y la alegría

Hacer lo que queremos no puede ser la única motivación para tomar nuestras decisiones y cumplir con nuestros deberes. La fuerza de voluntad es el primer paso para que surja el entusiasmo.

Por Pilar Sordo  |   Ver perfil   |  www.pilarsordo.cl

 
 

En estos dias me he enfrentado muchas veces a la frase "No quiero hacer" tal o cual cosa, "No tengo ganas". Es una respuesta que se escucha cuando una persona se enfrenta ante una situación que requiere cierto esfuerzo, como iniciar algún tipo de dieta para bajar de peso o comenzar a hacer ejercicio físico. También aparece en momentos más complejos, como cuando tenemos que hacer algo por una persona con la que estamos en crisis, como una pareja, un familiar o un compañero de trabajo.

En la cultura de hoy, donde la búsqueda del placer parece ser lo más importante y lo único movilizador, nuestras almas privilegian las ganas como punto de partida para iniciar un cambio de conducta. Incluso los padres dicen con mucha frecuencia que no saben qué hacer con sus hijos porque los chicos no tienen ganas de cumplir con sus obligaciones y no saben cómo obligarlos. De esta manera, los adultos también ponen en primer plano la satisfacción inmediata por encima del crecimiento y el desarrollo integral de los niños.

La verdad es que a mí me parece asombrosa la debilidad espiritual en la que caemos a pasos agigantados y cómo arrastramos a nuestros niños hacia la falta de voluntad y el desconocimiento del enorme placer que genera hacer las cosas desde lo correcto y desde el deber. Es que cuando estamos convencidos de lo que hacemos, las ganas de continuar por esa misma senda surgen solas.

¿Será que en la guerra interior que se libra al tomar una decisión, las ganas vencieron a la fuerza de voluntad? No siempre tenemos ganas de hacer cosas, pero sin embargo las hacemos porque tenemos pleno convencimiento de que, a pesar del esfuerzo que demandan, son para nuestro bien.

Quiero traer un ejemplo que en esta época de primavera cae como anillo al dedo y que además lo viví personalmente, para que no piensen que este tema queda fuera de mi realidad emocional.

Yo siempre he sido floja, pero muy floja para hacer deportes. En el colegio fingí muchas veces tener problemas en la columna para no hacer ejercicio. Nunca tuve "ganas" de hacerlo y sentía que desde la obligación nunca resultaría. Un día, mientras hablaba con una persona que tenía depresión leve, me escuché diciéndole que es probable que ella no tuviera ganas de hacer cosas, pero que debía hacer el esfuerzo, que las ganas vendrían después de hacer lo que tenía que hacer porque se daría cuenta de que se sentía mejor y eso sería un motivo para continuar.

Un par de semanas después, esta persona me contó que mi comentario le había dado muy buenos resultados, que ya tenía ganas de hacer muchas cosas y que cada vez le costaba menos movilizarse. Al escucharla, me dije a mí misma que eso mismo tenía que poner en práctica para comenzar a hacer deporte, que las ganas vendrían después de comenzar. Hay estudios que aseguran que con el sexo sucede lo mismo.

Comencé a hacer actividad física cada vez que podía, y resultó. Hoy tengo muchas ganas de hacer algo que antes odiaba y a lo que me resistía desde todo punto de vista porque estaba segura de que, sin motivación, no servía. Sin embargo, ahora debo reconocer que si antes de una elección faltan las ganas, hay que tomarse la obligación y, a corto plazo, aparecerá el estímulo y el entusiasmo.

Si pudiéramos aplicar este principio al amor, las relaciones con los hijos, con la pareja, con la excelencia educacional y los deberes ciudadanos, tendríamos mejores países, sin dudas.

Si tienen conflictos con su fuerza de voluntad o con la toma de decisiones, los invito a que pongan en práctica el ejercicio del deber. Sólo hagan el intento. A lo mejor resulta y al poco tiempo después de tomar la decisión que vienen postergando, pueden surgir muchas ganas de seguir adelante..

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