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Sábado 14 de septiembre de 2013

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Nadie trae yeta

Tiempo de romper con la superstición de que hay portadores de mala suerte. La lección de nuestro columnista que lo vivió en carne propia.

Por Osvaldo Cattone  |   Ver perfil

 
 

No creo que no hay forma más miserable de jorobar a alguien que calificarlo como ¡Jettatore!, que es el nombre de una obra antigua de Gregorio de Laferrere, donde un pobre diablo termina aislado del mundo, porque nadie quiere acercársele debido a su mala vibra.

Yo estaba en mi teatro de Lima formando un elenco para hacer un clásico de Goldoni, Los chismes de las mujeres, y llamé a un actor que me parecía idóneo para el personaje. Mi productora fue la primera que me desaconsejó y de ahí en más el resto de los actores me decían que no lo contratara porque tenía fama de "salado", que es el término que se usa en Perú para definir al que trae mala suerte. Como yo no soy nada supersticioso, lo mandé llamar y le propuse el papel, que el señor aceptó enseguida agradecido, porque le costaba encontrar trabajo, precisamente por su especial fama. La temporada fue exitosa. Hicimos cuatro meses con una muy buena acogida de público y de ahí en adelante, este actor cambió el concepto que muchos tenían de él. Y me alegro de haber contribuido a variar su  marginal destino. A mí me pasó en Buenos Aires algo muy similar que voy a contar ahora, porque es una anécdota que tiene que ver con el mito de la "mala onda".

En los setenta, en el teatro Regina me llamaron para hacer una comedia del autor venezolano Isaac Chocron llamada Okey. Los protagonistas éramos Myriam de Urquijo, Elsa Berenguer y yo, dirigidos por Luis Mottura. La temporada era desastrosa, no venía nadie y las dos actrices estaban de pésimo humor, por tener que hacer la función con tan poco público. Yo no, porque para mí, trabajo es trabajo y sé que el teatro tiene estas alternancias de éxito y fracaso y, más de una vez lo exitoso no es pariente de lo perfecto. Una noche llegué más temprano y fui a la oficina del director, que era un hombre culto con el que me gustaba hablar, y la puerta estaba entreabierta. Había una reunión de las dos actrices con él y la productora María Luz Regás. Cuando estaba a punto de golpear, oí mi nombre. Estaban hablando de mí y era la primera actriz Myriam de Urquijo la que llevaba la batuta.

"Sí, es muy buen muchacho –decía–, y lo que hace lo hace bien, pero a mí ya me habían avisado que no lo contrataran, porque trae yeta. Y debe ser cierto, porque vos Elsa venís de un éxito grande como La valija y yo hice en este mismo teatro dos años seguidos con llenos diarios Quién le teme a Virginia Woolf, así que si no vienen a vernos es por culpa de él".

Se me saltaron las lágrimas, no podía creer lo que oía. Pero me comporté como un señor (o un pelotudo) y me retiré silenciosamente a mi camarín. Yo venía de la Comedia Nacional donde había estado tres años seguidos con Delia Garcés, Luisa Vehil, Eva Franco, con roles muy importantes y haciendo amigos por todas partes. Pero no dije nada. Estaba herido, me sentía injustamente discriminado, es más, calumniado, por estas dos vanidosas que no podían soportar su propio fracaso y se lo atribuían a un tercero de menor responsabilidad. Sentí que no tenían derecho a definir a un ser humano con tanta superficialidad, de una manera que podía conspirar en contra de su futuro. Pero el tiempo hizo realidad ese famoso refrán: sientate en la puerta de tu casa y verás pasar el cadáver de tu enemigo.

Para terminar mi artículo, aquí viene el epílogo.

En la  temporada siguiente, Myriam De Urquijo fue al teatro Liceo e hizo Luz de gas que no vio nadie; Elsa Berenguer fue al Margarita Xirgu a hacer Cien veces no debo, que tampoco convocó público; y yo me fui contratado al Astral a formar parte del elenco que, junto a Susana Giménez, convirtió a Las mariposas son libres en  uno de los éxitos más resonantes de la historia de la calle Corrientes.

Hay que tener cuidado amigos, los seres humanos no nacemos para traer mala o buena suerte. Sólo la envidia, la frustración, la bronca por el éxito ajeno son los responsables de la mala onda que emitimos. Y hacer culpable a otro de lo mal que nos va en la vida, no es producto de brujería, sino de la ignorancia y la incapacidad. Yo, cada vez que me equivoco y la suerte no me acompaña en una temporada, trato de entender cuáles son las razones y si no las encuentro, me digo: el público también se equivoca.

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