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Domingo 08 de septiembre de 2013

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El sueño de dejar a nuestros ex con la boca abierta

Más allá de cada separación, casi todas soñamos con dejar a nuestro ex con la boca abierta. Algunos kilos menos, otra actitud, para que vea lo que se pierde. La venganza es un plato que se come frío, pero puede ser muy sabroso.

Por Maju Lozano  |   Ver perfil

 
 

El dolor que acarrea una separación puede disparar todo tipo de sensaciones. Pero hay una de la que casi ninguna mujer se salva. Dice la leyenda que la venganza es el placer de los dioses. Y yo le agregaría, y ¡de las diosas!

Después de un hondo sufrimiento, cuando las lágrimas se secan empiezan a aparecer otro tipo de sentimientos más maliciosos. Lo único que querés es que él sufra tanto o más que vos. Porque convengamos que no hay nada más feo que ser dejado, que te corten la cara, que te peguen una patada en la frente, que de repente un día se vayan y no sepas nada más de él… Por eso, entre esos pequeños gustos postseparación, no debe haber placer más grande en este mundo que cruzarte con tu ex y que te vea ¡divina! Vos sabés que eso es impagable.

Porque al principio, cuando sos una recién dejada, hacés cosas para el afuera, porque lo único que querés es que la vidriera luzca divina y no importa si el adentro no se parece en nada a lo que exponés.

Las mujeres cuando estrenamos el nuevo estado de recién dejadas, empezamos a hacer cosas que nunca hacíamos o por lo menos, en mi caso, que hace mucho que no hacía. En primer lugar, tenemos la necesidad de vernos lindas. Pero para empezar a ocuparte de vos, primero tenés que pasar por la etapa en la que no te bañás, no te levantás de la cama, llorás con cualquier publicidad, ves parejas en la calle de la mano y les deseás lo peor, creés que todos tus amigos son felices por el sólo hecho de tener un palo donde rascarse. Después, ¡a registrarte!

Te empezás a hacer las manos más seguido, te volvés a bañar, te comprás alguna ropita, tirás tus calzones viejos y tristes de algodón, descubrís que tenés piernas porque te las depilás, te cortás el pelo, te hacés flequillo, cambiás de color, te ponés ese vestido que no te ponías nunca porque te parecía atrevido, usás tacos para salir con tus amigas y le hacés pito catalán a tus viejos borcegos. Y rogás con todas tus fuerzas que ese día, sí ese día, que fuiste a la peluquería y estás estrenando esos jeans –que te calzan estupendo y te hacen sentir una diosa–, rogás por todos los santos cruzarte con tu ex. ¡Sí!, querés ver cómo se le desfigura la cara al verte más flaca (aunque sea a causa de lo que lloraste), que te note distinta, que te vea mejor. Si es posible, cuando veas que se acerca para saludarte –después de que notes que se le despegó la mandíbula y le llegó al piso– fingí que atendés el teléfono y te está llamando tu novio actual (obvio, que es mentira).

Sí, no está bueno. Pero algunas mujeres tenemos que mentir para que la venganza sea completa. Fingís que estás divina y lo saludás como diciéndole: "Sí, sí, ¡soy yo!". Que él entienda que no te reconoce porque tenés la cara relaja y feliz, de una mujer que tiene un tipo que la ama, que le regala flores y bombones y que le manda mensajes de texto largos diciéndole cuánto la quiere y la necesita. ¡Que esta vez no te equivocaste! Aunque parezca extraño, hay algo en la postseparación que se pone buenísimo. No sé si es tener más tiempo, si es el laburo de reencontrarse con una misma, de resurgir de entre las cenizas como el Ave Fénix.

No lo sé, pero detrás de ese arreglarse a pleno porque sabés que en esa fiesta puede estar tu ex, y lo último que querés es que te vea hecha un trapo; o de ir más arreglada al trabajo, por las dudas de que te lo cruces a él o a sus amigos, lo único que querés es que piense o que le cuenten que estabas divina.

Y lo que empieza siendo un juego, una venganza ingenua, termina beneficiándote no sólo a vos sino también a los otros ELLOS que están por venir..

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