RevistaSusana.com
 Último momento

 

Leer en

Viernes 06 de septiembre de 2013

su lectura

El síndrome del nido lleno: cuando los hijos se convierten en eternos adolescentes

Los años pasan, los chicos crecen, pero no se van de casa. ¿Qué pasa cuando los chicos retrasan el hecho de volverse adultos independientes y los padres postergan sus momentos de intimidad?

 
 
 

Por Viviana Alvarez

Cecilia todavia se acuerda del nudo que se le hizo en la garganta cuando se animó a decirles a sus padres que se iba de la casa familiar. Tenía veinticuatro años y había conseguido su primer empleo como asistente en un estudio de arquitectura. Lo que ganaba le alcanzaba justo para los gastos fijos y los de la facultad. Sabía que iba a estar ajustada, pero sus ansias de independencia le daban fuerzas para salir a comerse el mundo aunque tuviera que dejar las comodidades para pasar a un monoambiente. Sin embargo ahora, con su hijo, las cosas son muy distintas. Julián ya tiene más de treinta, es consultor en una empresa de informática y tiene un sueldo que le permite vivir, viajar, darse los gustos y mantener su propio auto. Tiene todo para poder despegar, pero está muy cómodo y se lleva de maravillas con Cecilia y Antonio, su padre. La idea de mudarse ni siquiera aparece en su horizonte. La vida es tan confortable y el diálogo es tan abierto que hasta se instala varias noches en su habitación con su novia. Sin embrago, Cecilia y Antonio sienten que, pasados los cincuenta, llegó el tiempo de recuperar su intimidad como pareja, de tener sus propios tiempos, de disponer de la casa como quieran y de comenzar nuevos proyectos, pero de ninguna manera quieren echar a su hijo de casa. ¿Cómo plantearle que el nido ya está demasiado lleno?

¿Por que se quedan?

Es cierto que los chicos se están yendo más tarde de la casa de sus padres y existen varios motivos para este fenómeno: el principal, es porque no tienen recursos económicos para mudarse. Luego, porque la adolescencia se extendió, según la OMS, hasta los veintiséis años. Finalmente porque en el hogar familiar tienen todo resuelto y no quieren resignar las comodidades. "Muchos jóvenes se resisten a pasar por los mismos sacrificios que pasaron sus padres al independizarse y prefieren aprovechar las ventajas de ser jóvenes hasta último momento porque están convencidos de que la adultez es sinónimo de que ya no la van a pasar tan bien. Además, los hogares de ahora son mucho más abiertos y hospitalarios que los de antes", dice el psicoterapeuta Miguel Espeche.

Esto no es un hotel

"Hoy los padres nos ocupamos por demás de que nuestros hijos estén bien, de que no sufran, no se frustren ni se enojen con nosotros. Parece que tuviéramos miedo de que nos abandonen", cuenta la Licenciada en Psicología Maritchu Seitún. La adultez empieza cuando los hijos se independizan en todos los aspectos. Los jóvenes de veintilargos que siguen viviendo en la casa paterna son falsos adultos: no se ocupan de lavar su ropa, ni van al supermercado, ni cambian bombitas de luz, ni se ocupan de las canillas que pierden… viven en el paraíso con todo resuelto. Estos hijos no se hacen fuertes para enfrentar los contratiempos de la vida y prolongan algunos aspectos de la adolescencia. Es el caso de algunos jóvenes que dejan sus trabajos al final de cada año para irse de vacaciones y si no consiguen otro en marzo, los padres los "bancan". Así, viven al día en un puro placer que corresponde más a niños o adolescentes que a un adulto. "A estos hijos les cuesta percibir la independencia como un valor. También es cierto que, por otro lado, hay jóvenes que trabajan, estudian, ayudan en sus casas, y no se van porque económicamente no pueden hacerlo", aclara Seitún.

Si los hijos son indiferentes a la dinámica familiar, los padres tienen derecho a plantear reglas de convivencia, como establecer que avisen si vienen a comer, lavar los platos que usan fuera del horario de la comida, pagar algunas cuentas de la casa, respetar los horarios de descanso", sugiere Seitún.

Es momento de partir

"Los hijos son como los frutos. Si los arrancás antes de tiempo se vuelven ácidos. Si los dejás demasiado tiempo, puede ser demasiado tarde", dice la terapeuta familiar María Silvia Dameno. Una de las señales más claras de que el nido está lleno es cuando tanto los padres como los hijos comienzan a sentirse incómodos, el espacio les queda chico a todos y la convivencia se vuelve difícil. Por otro lado, los conflictos pueden comenzar a surgir por parte de los padres que se siguen haciendo cargo de todas las tareas, de los gastos, de los temas administrativos, o atienden novias, novios y amigos que pasan incesantemente. Antes de que estalle la crisis familiar, los padres pueden plantear la posibilidad de planificar juntos la mudanza, de ayudarlos en la búsqueda de un lugar para vivir o brindarles ayuda económica, si esto fuera posible, sin sentir culpa.

¿En qué momento los chicos están preparados para irse de casa? A partir de los veintiséis años, si un chico es independiente económicamente y si es capaz de ocuparse de asuntos domésticos, ya está en condiciones de partir. La clave para que la transición sea saludable es que los padres apuntalen la confianza de los chicos sin convertirse en tutores más allá de la edad que corresponde. Ponerles un ultimátum puede sonar fuerte pero es un indicador de la confianza que tienen los adultos en las capacidades de sus hijos. "El proceso será mucho más fácil si criamos seres autónomos, no dependientes. Desde que nacen, tenemos que preparar a nuestros hijos para el momento en el que se irán de casa", dice Dameno.

Y ahora que se fueron…

"Tus hijos no son tus hijos, son hijos de la vida", decía Kalhil Gibran. "No tenemos hijos para que se queden a cuidarnos por siempre y no podemos pretender que lo hagan. Si los educamos con amor y los preparados para vivir en libertad, cuando los necesitemos, ellos estarán allí como adultos independientes", dice Seitún. Lo importante es que tanto los padres como los hijos tengan proyectos vitales. Si el único plan de una mujer es la crianza, cuando llegue el momento de la separación se va a sentir vacía", explica Espeche. A veces los hijos se van con gran dolor para los padres y finalmente resulta una enorme ganancia para todos. Lo nuevo asusta, pero las crisis suelen ser oportunidades de crecimiento. El famoso nido vacío es una buena etapa para generar nuevos proyectos individuales o de a dos. Pero a muchos padres les cuesta quedarse solos, los asusta el cambio y no favorecen ese despegue. La idea de seguir teniendo hijos a cargo puede ser un intento de prolongar la juventud, de no encontrarse con uno mismo o con la pareja después de tantos años de estar tan atareados.

En algunos casos, los hijos no se van del hogar familiar porque son el tapón de un volcán a punto de entrar en erupción. Intuyen que el día que se muden, sus padres se van a separar o que les causarán una profunda tristeza y desorientación. Cuando los hijos son rehenes de una pareja que no funciona, deben ser conscientes de que ellos no provocaron esa situación. En cambio, si se quedan más tiempo se convertirán en cómplices del conflicto.

Es difícil ver partir a los hijos, pero los vínculos son emocionales, no habitacionales. Acompañarlos en el camino hacia la autonomía y ser testigos de cómo conquistan sus sueños es como volver a verlos nacer.

Más notas de Lectura