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Sábado 06 de julio de 2013

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El artista chamuscado

Idealista, tierno, romántico pero también caprichoso e infantil, un escritor lucha con sus miedos y su narcisismo mientras intenta convertirse en un verdadero creador

Por Jaime Bayly  |   Ver perfil

 
 

ulian y silvana estan invitados a una fiesta. Es algo infrecuente para ellos. No tienen amigos, no contestan el teléfono, no van a fiestas ni eventos sociales de ningún tipo, ni siquiera van a las reuniones de sus familias porque sus familias viven en un país lejano del que ellos han querido apartarse para que nada perturbe la felicidad insólita que los atrae sin remedio.

Deciden ir a la fiesta a media tarde, basados en unas pocas razones: la fiesta tiene lugar en una casa situada a calle y media de su casa; el anfitrión es un formidable contador de historias; uno de los invitados es un caballero al que Julián, sin ser su amigo, conoce y aprecia. Debemos ir, concluyen.

No se equivocan. Nadie parece infeliz. Todos beben, salvo Julián, que simula tomar rosé y en realidad toma agua. ¿Por qué no quiere emborracharse? Porque tiene miedo a perder el control, a decir boberías, a humanizarse. Por eso y porque su padre fue alcohólico y su abuelo fue alcohólico y casi todos sus tíos son alcohólicos y él no quisiera terminar así. Julián supone (puede que sea un error, pero está convencido de eso) que si quiere ser un escritor, no puede darse el lujo de ser alcohólico. Cree que los escritores alcohólicos terminan siendo menos escritores que alcohólicos.

Así las cosas, unas horas después todos parecen felizmente embriagados, a no ser por Julián que toma, además de agua, un café expreso que le trae delicadamente una mujer bellísima, la novia del hombre al que Julián aprecia y admira sin ser su amigo. Julián los observa y cree ver en ellos el goce absoluto e irresponsable del amor, la complicidad en las miradas y los discretos gestos de ternura, un enamoramiento que todavía no ha sido viciado por los desengaños y la lenta pero inexorable corrupción de la rutina doméstica. En algún momento se permite preguntarles cómo se conocieron. Sin jactancia, él responde: navegando en los mares de Italia. Julián y Silvana les prometen que irán en agosto a Positano.

En algún momento, el navegante se retira a dormir la siesta. Sin embargo, la opinión general es que la fiesta debe continuar. Insoportable, Julián anuncia: tengo que irme a escribir. ¿A escribir qué carajo? Eso no lo sé, sólo sé que hoy no he escrito nada y tengo que escribir antes de irme a dormir.

Poco después, un puñado de individuos embriagados camina de manera errática, en dirección a la casa donde habrá de continuar la fiesta. Julián y Silvana se despiden de ellos y caminan abrazados hacia su casa. Debiste ir a la fiesta, le dice él. No me provoca, quiero estar contigo, dice ella. Te vas a aburrir conmigo, le advierte él, pero ella, tal vez animada por el vino que la vuelve risueña y desinhibe, está segura de que no se van a aburrir y que, llegando a la casa, van a propiciar una fiesta ardiente, clandestina. Sin perder el tiempo ni pronunciar palabras innecesarias, se quitan la ropa, sacan la marihuana de la caja fuerte, encienden un porro y comienzan a tener sexo al mismo tiempo que lo fuman. Todo sugiere que esa noche de excesos tendrá un final feliz, hasta que Silvana, en un descuido, deja caer el porro encendido sobre la bolsa testicular de su esposo. Es un momento tremendo, inesperado: el porro quema el testículo, Silvana ve con espanto que esas partes nobles están siendo chamuscadas, Julián trata de apagar el incendio pero es tan pusilánime que lloriquea y pide socorro a su esposa, quien, con mano firme, y quemándose, agarra la hierba prendida y la aplasta.

No era un final fácilmente predecible para esa noche: Silvana, culposa, aplica un cubo de hielo a la bolsa testicular de Julián, quien, por suerte, no ha perdido el sentido del humor, aunque sí cualquier forma de erección, y se resigna a pensar: no haremos el amor esta noche, es una pena, pero al menos ya sé de lo que voy a escribir. Recuerda entonces lo que le dijo uno de sus mentores: si quieres hacer tortillas tienes que romper huevos. O quemártelos..

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