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Sábado 18 de mayo de 2013

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La humanización de las mascotas

Perros que tienen su propio sillón dentro de la casa, usan campera de cuero, van al homeópata o al dentista, y hasta tienen psicólogo; una reflexión con mucho humor sobre las "mascotas humanizadas"

Por Maju Lozano  |   Ver perfil

 
 

Siempre se dijo que el perro es el mejor amigo del hombre . Lo que tal vez no nos preguntemos mucho es si el perro considera al hombre su mejor amigo. Mmmm, tengo mis dudas. Por eso, no voy a hablar en nombre de estas adorables mascotas, porque sería meterme en un tema del que no puedo decir ni "guau", pero ¿qué pasa o, mejor dicho, qué les pasa a sus dueños? Ya hace algunos años los animales han tomado un protagonismo para mi gusto casi alarmante en la vida de los seres humanos . Y de tanto observar, desarrollé algunos prototipos:

* El práctico: es aquel que sólo trata al perro como tal. Lo tiene afuera como guardián para que ladre si ve algo raro. Cuchita afuera, alimento normal, tacho con agua y si le pinta la piedad, lo entra cuando llueve. No le importa si es de raza, lo importante es que se escuche su ladrido.

El padre o madre : tratan al perro como a un hijo. Hablan de él como de una persona más de la familia. Incluso, te pueden tener horas mostrándote fotos de su mascota comiendo, durmiendo, jugando con un peluche… Te internan con los cuentos sobre sus avances: "Cuando Boby tiene hambre me trae su platito y me mira fijo", "Cuando está triste se me tira a los pies", "Cuando le hago algo que no le gusta se enoja y me rompe las zapatillas, ja ja ja, ¡es un loquito!", comentan orgullosos. A mí me llega a romper una zapatilla y mejor no digo lo que le haría.

* El parlanchín: le habla al perro de manera constante y suele ponerle nombres de personas (Matías, Juan Carlos, Felipe, Kiara…). "Bueno Juan Carlos, ahora mamá se va a trabajar y para que no te sientas solo te deja prendida la tele", "Bueno Juan Carlos ahora vinieron visitas así que portate bien y no hagas lío", "A ver Juan Carlos, venga a saludar a mamá que se va de paseo, acompañame hasta la puerta y no me extrañes" (yo creo que el perro lo único que desea es que se vaya para tener un poco de paz y silencio).

* El fanático: por lo general le pone el nombre de algún ídolo: Sandro, Elvis, Stone, Mick Jager, Frida, Lennon o Troilo. Sí, no exagero, conozco a un Aníbal Troilo y lo llaman así: "Aníbal Troilo bajate de ahí", "Aníbal Troilo vení que vamos a pasear". ¡Dios, qué vida difícil le toco al pobre! Lo imagino en la calle portándose como un rey sólo para que no le griten delante de otros perros "Aníbal Troilo vení para acáaaaaa".

* El fashionista: suele tener perros pequeños para usarlos de accesorio y gasta fortunas en ellos. Tienen platito con su nombre, ropa de invierno, vestuario de verano, correa con strass... y muchos otros centenares de pavadas. No te deja casi ni tocarlos. De hecho, tengo una amiga que no quiere que te acerques a su caniche. Hace un par de días me pidió que Joaquín (mi hijo de un año y medio) no lo toque, porque lo podía lastimar y que además no le gustaban los niños. ¿Cómo sabe que no le gustan los chicos? ¿Acaso charlan? Y hay más: lo lleva a un veterinario, pero no a uno común de barrio, sino a un homeópata. ¡Me vuelvo loca de sólo pensarlo! Y hay otros que cuando llueve les ponen pilotitos y hasta he visto a perros usando zapatillas. Y ahí va el pobre mordiéndose las patas para sacarse eso que le molesta y a las patinadas por la vida.

* El poderoso: tiene un perro enorme, como fila, rotwailer o dogo, y lo lleva por la calle como si fuese un pequinés. Te lo acerca sin decir "agua va" y, de repente, te das vuelta y lo tenés ahí encima tuyo con esa carota enorme, respirándote, y no dejás de pensar que en cualquier momento te devora una gamba.

Como verán, hay para todos los gustos. Ahora yo me pregunto: ¿cuál es el límite? No lo sé, no tengo perro y lejos estoy de poder entender todas estas cosas. Mi tía adorada me dijo que ella cuidaba más que a nadie a su perro porque era el único que se ponía contento cuando llegaba a la casa. Creo que voy a llorar. O mejor, me voy a comprar un perro, ¡guauuuuuuuuuuuuuu!.

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