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Domingo 05 de mayo de 2013

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Dependencia afectiva ¿porqué algunas mujeres soportan el sufrimiento y el abuso?

Obsesionadas por salvar a su pareja y olvidadas de sí mismas, aquí todas las respuestas a una problemática que preocupa al universo femenino

 
 

 
Foto: Foto: Corbis

Cualquiera que la vea desenvolverse no dudaria en describir a Laura como una mujer fantástica. Linda, graciosa, con una sonrisa eterna dibujada en el rostro, las veinticuatro horas del día parecen multiplicarse en su rutina marcada por el trabajo y la atención a la familia. Una familia que incluye a un niño con trastornos del desarrollo, a sus padres mayores (que conviven en una casa contigua a la suya) y a un marido que hace años no trabaja. Sin embargo y a pesar de sus esfuerzos desmedidos para sostener la economía del hogar, Laura puede enumerar un decálogo de justificaciones endebles, pueriles, para defender la postura de su hombre. "Es que no encuentra empleo de lo que le gusta", "le ofrecen poco" o "por lo menos me ayuda con el nene" son las frases que esgrime cuando le queda tiempo para hablar por teléfono con alguna amiga. " Un codependiente hace todo para que lo quieran. No dice que no a nada, no pone límites. Se queda más horas en el trabajo, hace de todo por la pareja aunque la pareja no haga nada para él; sus vínculos son muy poco recíprocos, da demasiado y no recibe nada. Tiene miedo de reclamar y de enojarse porque siente tanto terror de que lo abandonen que empieza a callar su enojo y así se acostumbra a vivir en un estrés crónico que, ya se sabe, es mucho peor que el estrés agudo", describe la licenciada Patricia Faur, autora del libro No soy nada sin tu amor, las dependencias afectivas en las relaciones humanas y una de las especialistas más reconocidas sobre este tema en nuestro país. La historia del sobreesfuerzo de Laura contrapuesto a la desidia patética de su marido sigue siempre el mismo esquema: ella le encuentra una nueva oportunidad de trabajo, se ilusiona; él boicotea la chance con alguna excusa, le grita, la ningunea ("cómo exagerás, quién sos vos para decirme qué tengo que hacer"), ella se enoja, sufre en silencio, se siente morir hasta que se convence de que la próxima vez será, que ya llegará la oferta perfecta, que él va a cambiar algún día y que todo volverá a ser como cuando recién se conocieron. Y así sigue aguantando.

¿Pero qué lleva a una persona a someterse a semejante angustia, a tolerar el maltrato y el desamor más allá de todo límite razonable? Arnold Washton y Donna Boundy, dos especialistas en adicciones norteamericanos, desarrollaron un concepto clave en el estudio de la codependencia: el del niño-adulto que deviene en adulto-niño. "El adulto-niño es una persona que en la infancia tuvo que asumir el rol de un adulto o el de sus padres, debido a que por algún motivo estos no pudieron cumplir la función paterna de cuidar y velar por su crecimiento", aclara Faur. "Puede tratarse de padres adictos, depresivos, pero también infantiles, que simplemente no pueden hacerse cargo de lo que les toca. Estos niños son forzados entonces a asumir una responsabilidad adulta en una etapa de la vida en la que no están preparados. Son doblemente huérfanos: no pueden contar con sus padres y además enfrentan el estrés de asumir un rol que no pueden cumplir". Muchas veces, el niño-adulto puede verse obligado a ser "cuidador de sus cuidadores". "Son muy responsables por fuera, pero están muy vacíos emocionalmente. No pudieron crecer. Se convertirán en adultos y adultas talentosos, tal vez los más destacados o los más exitosos. Pero en lo personal están hambrientos de amor". El adulto-niño es sumamente vulnerable. Tiene internalizada una idea de sí mismo como salvador de otros y, además, su deseo infantil insatisfecho de no haber sido cuidado también lo lleva a hacerse cargo de los demás como hubiese deseado que hicieran con él. Aprendió a negar sus necesidades, sus sentimientos y a dedicar sus pensamientos, su esfuerzo, su vida a aquellos que no podían con la suya propia. Y así, a la hora de elegir pareja, buscará personas enfermas, conflictivas o perversamente egoístas para ir a su rescate, una vez más.

Expulsados del paraiso

Aunque sufran horrores en su cruzada por salvar a los otros, los codependientes no pueden cortar sus vínculos sin ayuda. Son adictos: no a una sustancia, sino a una relación. Puede sonar extraño, y de hecho a la psiquiatría le llevó años incluir en su canon a las adicciones de comportamiento, entre las que también se cuentan la ludopatía y la adicción al sexo. "En estos adultos-niños la dependencia emocional es tan fuerte que aun cuando ven que una relación los lleva al desastre, no la pueden terminar, y ahí está el componente adictivo. Como en otras adicciones, necesitan seguir ‘consumiendo’ ese vínculo para llenar el vacío". Pero también, aclara Faur, son "adictos a la ilusión": toleran lo que sea con la esperanza irreal de que el otro cambiará, y de que todo volverá a ser como en la etapa de "las mariposas en la panza". Como si fuera poco, los tiempos que corren contribuyen a esta tendencia compulsiva de tapar la angustia con lo que sea: drogas, personas, comida, ocupaciones.

En lo que a las mujeres respecta, la cultura occidental también hizo su aporte nefasto. Desde que Eva dejó el Edén marcada por la culpa, lo que la historia personal no nos da la sociedad nos lo presta. "La mujer tiene más mandato social sobre el cuidado; la mujer es más cuidadora que el hombre. El hombre está más habilitado, por ejemplo, a internar a su cónyuge en un geriátrico, la mujer no. Que ella no pueda cuidarlo está mal visto, pero si la decisión la toma él decimos ‘pobre, no podía más’", grafica la licenciada, quien también echó luz sobre otras cuestiones ligadas a la codependencia en el libro Estrés conyugal.

La psicóloga, también docente de la Universidad Favaloro y magíster en Psiconeurofarmacología y Psicoinmunoendocrinología, aporta más diferencias en lo que respecta al comportamiento masculino y femenino frente a las relaciones. Por ejemplo, los estudios científicos relacionan mucho más el estrés conyugal con la mujer y el estrés laboral con los hombres. A nadie se le escapa que, llegados los 40 abriles, un varón pondrá en perspectiva el éxito profesional, mientras que para una mujer de la misma edad el parámetro más importante será la realización afectiva. Tener pareja o ser madre serán las variables con las que medirá su éxito personal.

"También existen cuestiones neurobiológicas que nos vuelven más vulnerables a las mujres, que tenemos nuestra propia ‘danza hormonal’. En general, la mujer lleva su proceso de dolor, ‘aguantando’ y dando muchas oportunidades dentro de la pareja". Sin embargo, cuando la mujer toma la decisión de separarse difícilmente de marcha atrás. Es cierto, eso sí, que la decisión llega cuando está al límite de sus fuerzas. El hombre, en cambio, hace crisis recién cuando enfrenta el divorcio.

Como sea, el bagaje físico, psíquico y cultural femenino complica los vínculos patológicos. "La mujer tiene esta impronta de cuidado maternal. Cuando se relaciona con un depresivo, un adicto, un hombre que no trabaja o un infantil, trata de ‘maternar’ en esa relación, lo que en general la convierte en una codependiente. Se hace responsable de ese hombre, se lo carga sobre sus espaldas. No es que ‘acompaña’ a su pareja, sino que asume el problema de él". Faur acerca un caso típico: cuando un jugador compulsivo se endeuda, la que no duerme pensando en cómo conseguir dinero es su mujer, mientras el otro está relativamente tranquilo, seguro de que una vez más ella aportará la solución.

No por nada el concepto de dependencia afectiva surgió de la observación de los familiares de alcohólicos. "Las mujeres de estos hombres se deprimían cuando ellos comenzaban la recuperación. Los terapeutas no entendíamos por qué: ¿acaso lo que más querían en la vida no era que él dejara de tomar? Pero justamente ahí está la clave: el codependiente necesita ser necesario para alguien. Estas mujeres se deprimían porque pensaban que el marido ya no las elegiría, porque no las necesitaban más".

Volver a mirarnos

 
Foto: Foto: Corbis
Como en toda adicción, en la codependencia también se habla de recuperación. Patricia Faur coordina desde hace veinte años el Grupo para Mujeres con Dependencias Afectivas (ver apartado). Además de la psicoterapia individual, los grupos son una instancia muy valiosa para romper las cadenas. Habrá que aprender a reconocer mecanismos propios que tienden a buscar relaciones dolorosas, desparejas, donde toda la atención está puesta en el otro y no hay posibilidad de reciprocidad. "Se trata de modificar un patrón de relación, y eso no implica separarse de nadie ni arreglarse con nadie, sino recuperar la propia identidad que se perdió en el camino. A veces son mujeres atrapadas en relaciones que terminaron hace años, que añoran a alguien que ya no las ama".

Las claves serán asumir la propia vulnerabilidad, "bajarse" del pedestal en el que no sólo la pareja, sino incluso la familia y el entorno, nos colocó ("vos que sos tan fuerte, que siempre salís adelante"). No por nada las codependientes suelen elegir profesiones que perpetran su rol de "rescatistas": trabajadoras sociales, enfermeras, médicas.

Habrá que conectarse con los propios deseos, "recuperar ese yo qué sé que quedó dormido" –como dice Faur– en la infancia. Dejar de llorar a esos padres que, más allá de juicios morales, simplemente no pudieron cumplir con su rol. Sólo así podremos estar bien. Ya sea para disfrutar de la soledad o, quién sabe, para abrirnos a un verdadero amor, aquel que lejos de someter y golpear nos alimente, abrigue y nos elija por lo que verdaderamente somos.

Todas para una

El Grupo para Mujeres con Dependencias Afectivas funciona en la Asociación Italiana de Belgrano, en la Ciudad de Buenos Aires. Se reúne todos los martes a las 19.30, durante todo el año, y para mantenerlo se colabora con un bono de quince pesos que va destinado íntegramente a cubrir el alquiler del espacio. Para acercarse no hace falta avisar previamente. Lo coordina la licenciada Faur, quien también cuenta con la ayuda de las "veteranas", como llama cariñosamente a sus integrantes de larga data.

Si bien este grupo sólo funciona en Buenos Aires, Faur recomienda, a quienes vivan lejos, acercarse a algún grupo de ayuda a familiares de alcohólicos o drogadependientes (como ALANON). También alienta "a quienes nos escriben desde el interior a interiorizarse sobre el tema y a armar su propio grupo". Aquellas que tengan ganas pueden contactarla a través de su página: www.patriciafaur.com.ar.

Los hombres no lloran

Los varones también pueden desarrollar otros estilos de vinculación nocivos, con características muy particulares. "En su caso, suele darse el apego evitativo, que también habla de un trastorno infantil. Son hombres que ponen distancia, no porque no necesiten de nadie sino, por el contrario, porque necesitan de alguien desesperadamente, pero tienen tanto miedo al abandono que prefieren no relacionarse para no sufrir", aclara Patricia Faur. De niños, estos varones padecieron el desapego de padres extremadamente duros y autoritarios. Los criaron bajo reglas estrictas y "nunca fueron reconocidos o abrazados". Son los típicos "hombres de hielo" que evitan a las mujeres y que, aunque no demuestren ansiedad, viven una enorme angustia por dentro. "Esto pasa hasta que revientan, de hecho son personas de alto riesgo cardiovascular".

Sus eventuales parejas no les escucharán nunca decir una palabra de amor. Los acusarán de aislarse… Y cuando ellas se alejen, "la verán irse con lágrimas en los ojos y muriéndose por dentro, pero no dirán una palabra, porque es tan grande la presión de no poder responder que, aunque sea por un momento, este hombre sentirá alivio"..

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