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Viernes 16 de noviembre de 2012

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En tiempo presente

Una de las nociones más extendidas en el mundo actual es que las horas no alcanzan para cumplir con la enorme carga de tareas y responsabilidades. Esa percepción no sólo nos angustia, sino que nos priva de disfrutar lo más importante: que hoy, aquí y ahora, estamos vivos.

Por Pilar Sordo  |   Ver perfil   |  www.pilarsordo.cl

 
 

A veces sentimos que necesitamos más tiempo para hacer las cosas que nos gustan o pensamos que las horas y los días se esfuman. Sin embargo, el tiempo adquiere sentido y existencia en la medida en que somos conscientes de su transcurso y de que somos capaces de vivirlo... También debemos entender que en la vida hay un momento para cada cosa: existe un tiempo para nacer y un tiempo para morir. Tiempo para plantar y tiempo para cosechar. Tiempo para demoler y tiempo para edificar. Tiempo para llorar y tiempo para reír. Tiempo para abrazarse y tiempo para separarse. Tiempo para buscar y tiempo para perder. Tiempo para callar y tiempo para hablar. Tiempo de guerra y tiempo de paz.

También deberíamos considerar que para experimentar el tiempo, o mejor dicho disfrutar de un "tiempo de calidad", deberíamos permitirnos ciertos aprendizajes, tales como agradecer todos los días lo lo que tenemos; aprender a cuidar más los afectos que las cosas; aprender que no somos ni tan grandes ni tan importantes; aprender que la humildad es una vía para entender la diversidad... Y aprender a escuchar.

Hasta aquí tenemos, entonces, dos grandes claves: aprender y agradecer lo que estamos viviendo. Y por ser agradecidos me refiero no sólo a la evidente ventaja que tiene el dar las gracias por todo lo que nos ocurre, sino también al nivel de percepción que una persona debe tener para ver lo cotidiano con una postura de reverencia, de asombro y de gratitud permanente. Es una sensación que podemos experimentar cuando tenemos la maravillosa posibilidad de estar en nuestros hogares, gozando el tiempo que estamos, cuidando de nuestros afectos, ya que nada nos asegura que mañana tendremos lo mismo que hoy.

¿Se han puesto a pensar en la cantidad de gente que se despierta sin siquiera reparar en que se ha despertado, y que no da gracias por haberlo hecho? Cada mañana, al abrir los ojos deberíamos pensar "¡guau, desperté!". Además, tendríamos que tomar conciencia de que ese día mucha gente no tuvo la suerte de hacerlo y de que todas las personas a las que amamos y nos importan están despertando también con nosotros. Vinimos a esta tierra a tres cosas: a aprender a amar lo que más podamos, a intentar dejar huella para ser recordados por algo bueno cuando ya no estemos, y a ser felices, que no es un derecho, sino una obligación. Si somos conscientes de esto, claramente todos deberíamos despertar sonrientes y, por qué no, definitivamente muertos de la risa.

Estas cinco cosas –que desperté yo, que despertaron los que amo, que hoy voy a poder amar más que ayer, que voy a intentar o tengo la oportunidad de dejar una huella en alguien y que además se me regala la oportunidad de elegir ser feliz son, o deberían ser, el centro de nuestro agradecimiento cotidiano.

Por eso debemos aprender a cuidar la vida como el bien más preciado, y a ver la enorme cantidad de milagros que suceden todos los días a nuestro alrededor y que somos incapaces de valorar por estar pendientes de muchas otras cosas, tal vez urgentes, pero no tan importantes.

Entonces, amiga, amigo, ¡vive tu tiempo!

En nuestro tiempo nos toca juzgar, reclamar y luego reconciliarnos con nosotros mismos. Sentarnos un momento y reflexionar, cuestionar y así lograr transformar nuestra manera de relacionarnos con el mundo y con nosotros mismos. H.

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