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Viernes 14 de septiembre de 2012

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Federico Ribero: "Empecé un camino espiritual que me enseñó a no tenerle miedo a la muerte"

Un hombre capaz de encontrar sabiduría, paz, amor y comprensión en el momento más difícil de su vida

Por Renee Sallas

 
 

 
Foto: Hernán Pepe. 

Todo es blanco, luminoso, ordenado. Los grandes ambientes se prolongan en un jardín de postal. En esta casa de Pilar viven –desde hace tres años– Andrea Bursten (39), exmodelo exitosa, y Federico Ribero (43), empresario gastronómico que también, ocasionalmente, supo ser modelo de Etiqueta Negra. Están juntos desde hace 18 años y tienen dos hijos: Francesca (10) y Stefano (7).

"No tuvo que hacer ningún esfuerzo para conquistarme –bromea Andrea– porque yo estaba muerta por él desde que lo vi. Pero no me registraba. No me daba bolilla".

Se entiende. Federico es un fachero diplomado. Cuerpo muy trabajado, obsesivo por la gimnasia, los fierros, las diarias maratones y la vida sana. Con un 1,85 de altura, 85 kilos hoy, buena persona y amiguero, Federico tuvo y tiene todo para ser un ganador en la vida. Y lo es, claro, ahora más que nunca, pero por otros motivos.

Todo parecía sonreírle a esta pareja hasta el 31 de mayo de 2011. Ese día le diagnosticaron a Federico lo peor: cáncer de pulmón, con metástasis en pleura, pericardio y diafragma. Un pronóstico complicado, difícil de remontar. Lo sabían los médicos, y el también lo intuyó desde el primer minuto. La lucha –que sigue aún hoy, aunque la enfermedad fue frenada– fue durísima, agotadora, por momentos cruel: drenajes, quimioterapia, rayos y tres operaciones en siete meses.

Nadie diría hoy, por su aspecto, que vivió este drama: sereno, optimista, sonrisa de mil dientes, las cicatrices que tiene en su cuerpo no aparecen en su expresión, no dejaron huella en su bronceada cara. Hay una fuerza interior que él atribuye, en parte, a sus cursos de respiración y meditación de El Arte de Vivir, que había iniciado en marzo de 2008, por consejo de Paula Cahen D´Anvers y su mamá, María.

"Esos cursos me cambiaron la vida, me hicieron otra persona. Empecé un camino espiritual. El conocimiento es saber un montón de cosas. La sabiduría es hacerlas. Todas las herramientas prácticas que me dieron, me ayudaron a sobrellevar este proceso. Y me enseñaron a no enojarme por cosas tontas, a ser más comprensivo, menos impulsivo, a no tenerle miedo a la muerte, a valorar lo bueno que la vida me da", dice Federico.

Pero también, en su infancia y adolescencia, pasaron cosas que le enseñaron a pelear: nació cuando sus padres ya estaban separados, no conoció navidades y años nuevos con familia completa, padeció asma, era, según él, "un gordito culón" al que nada le quedaba bien, alumno repetidor, pobre, y con algunos fracasos importantes como emprendedor. Hoy, todo eso –comparado con lo que más tarde le tocó vivir– le parece un juego de niños. "Ya no pongo mi ego en muchas cosas. Ya no me lastiman", afirma.

Dentro de pocos días saldrá un libro que escribió junto a Juan Mora y Araujo (su instructor y amigo en El Arte de Vivir), contando su historia. Para ayudar a otros. Las regalías serán donadas íntegramente a FUCA (Fundación para la investigación, docencia y prevención del cáncer) que dirige su oncólogo, Reinaldo Chacón, y su hijo Matías, y a El Arte de Vivir.


 
Foto: Gentileza revista Hola. 

La peor noticia


–Una vez dijiste: "Ojalá no vuelva a ser el Federico de antes". ¿Cómo era ese Federico?

–Era frívolo, soberbio, impaciente. Me gustaba vestirme bien, ir a ciertos lugares. Como me importaba la ropa, cuando viajábamos me pasaba todo el tiempo viendo qué me podía comprar, qué me podía poner. Hoy todo eso para mí no tiene importancia. Hoy disfruto de otras cosas. Es muy lindo vivir con comodidad: una buena calefacción, un buen auto. Antes, para mí todo pasaba por ahí. Ahora, si lo tengo, está bien. Y si no lo tengo, igual está bien. También cambió mi relación con la gente. Antes me enojaba si alguien me decía algo que no me gustaba, y me distanciaba. Yo pensaba de una manera, y creía que no había otras maneras. Hoy creo que hay muchas maneras, y si hay alguna que no conozco, estoy dispuesto a aprender. De hecho, me he reconciliado con mucha gente.

–¿Cómo empezó tu enfermedad?

–Empecé a sentir los primeros síntomas en abril de 2011, en la India. Viajé con Juan Mora y Araujo y con Pablo Lo Re. Aunque sabía que no era un viaje cómodo, que no iba a tener todo el confort al que estaba acostumbrado, quería asistir a los cursos de meditación en el Ashram de Bangalore. Empecé a sentir un gran cansancio. Los veía a Juan y a Pablo trepar la cuesta delante de mí, y yo no podía seguirlos, me agitaba. Me parecía raro que ellos, que no eran tan amantes del deporte, pudieran hacerlo sin problemas. Yo atribuía mi estado al cambio de clima, de horario, de comidas. Cuando regresé a Buenos Aires, fui al gimnasio, y sólo pude correr en la cinta 1 minuto. Paré y dije: "Basta, no doy más".

–Y fuiste al médico...

–Claro. Un amigo me recomendó a Jorge Lantos, un clínico al que hacía tres años que tendría que haber ido para un chequeo. Me empezó a revisar, y me pidió una tomografía. Me la hice, y me pidieron que esperara un rato para ver si el estudio estaba bien. Me dijeron que tenían que repetir el estudio. Algo malo habían encontrado, pensé. Cuando salí de esta segunda tomografía, me dijeron: "Tenés dos litros de agua en la pleura. Vamos a hacer una punción para la biopsia". Tardaron una semana en darme el diagnóstico.


 
Foto: Gentileza Hola. 

"Yo ya me siento un ganador"


–¿Te aferraste a la espiritualidad?

–Sí. Ya de chico yo leía los libros de Osho. Pero nunca me sumergí tanto en la espiritualidad como en estos últimos años. Claro que tuve y tengo altibajos. Soy humano. Al poco tiempo me hicieron un nuevo estudio, y dio que se había formado líquido de nuevo. Otra vez el drenaje, y esta vez me sellan la pleura. Comencé las sesiones de quimioterapia. Le tuve mucho miedo a la primera sesión. La noche de la primera sesión me desperté con náuseas, con vómitos. Pensé: "Me estoy muriendo. Es el momento. Ahora".

–¿La quimio resultó exitosa?

–Sí. Redujo el tumor. Yo creí que con eso terminaba, que con eso bastaba para curarme. Pero no. Recién en ese momento me podían operar para sacarme parte del pulmón. Era como volver a empezar. Fue un bajón terrible. La operación fue el 6 de diciembre de 2011. Duró 4 horas. El anestesista fue Pablito Gangas, que es uno de los que vienen a jugar al fútbol con nosotros en la quinta. Y también estaba Matías Chacón, que ya es un amigo. Es tranquilizador entrar al quirófano y ver amigos. Bueno, después de esa operación, todos se abrazaron, lloraron, porque había sido un éxito. Aparentemente estaba curado.

–¿Aparentemente?

–En abril de este año me hicieron una tomografía con contraste y salió que tenía nuevamente un punteado en la pleura. Si yo hubiese tenido solamente el tumor, hoy estaba curado. Pero como se había expandido bastante a otros cuatro lugares, quedó el riesgo de que alguna de esas células siguiera por todo el cuerpo, y se instalara en otros lugares. A mí me apareció un poquito en la pleura, en una vértebra y en la cintura. Con rayos me las mataron. Pero tuve que volver a la quimioterapia.

–¿Estás todavía con quimioterapia?
–Sí. Dentro de un mes me la van a reducir bastante. Mirá, Federico (Alvarez Castillo) me regaló el libro de Lance Armstrong, Mi vuelta a la vida . Dice algo que yo hago mío: "¿Y qué si hubiera perdido? ¿Y si hubiese recaído y el cáncer hubiera vuelto? Sigo pensando que en esa lucha habría salido ganando algo. Porque en el tiempo que me quedara después, habría sido una persona más completa, compasiva e inteligente". Yo ya me siento un ganador.

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