su lectura
Que la vida es un carnaval
En Amores que dejan huella, Mercedes Reincke narra la historia del mes
Daniela y Mariana son amigas desde hace años, siglos. Vivieron mucho tiempo en la misma cuadra, fueron al mismo colegio, mismo banco, viajaron juntas a Europa y, como dicen ellas, también la misma desgracia cayó como un rayo sobre las dos: los hombres y la p… madre que los parió. Mariana tuvo la suerte de casarse con uno, al que descubrió engañándola con la chica del kiosco, antes del primer aniversario. Lo de Daniela, según Daniela, es peor. Desde aquel primer amor de la infancia viene acumulando desencantos. Pobre Daniela. Tiene 35 años y no puede evitar imaginar todo tipo de situaciones alrededor de su soledad. Detesta la palabra "solterona", odia las salas de chat y mataría, sí, mataría con una ametralladora a todas esas personas que alegremente dicen que hay siete mujeres por hombre. No tiene nada en contra de los gays, obvio, pero esta salida en masa del clóset la lleva a hacer una cuenta espeluznante.
No odia su soledad tanto como aborrece el tamaño que tomó su desconfianza. Ella cree que los hombres nacieron para no amarla. No es muy atractiva una mujer que besa pensando que no hay ninguna posibilidad después de un beso. Daniela es en el amor como no es en ninguna otra cosa. Ama la lluvia, baila reggaeton, llora con películas de Disney, presta plata a sus amigos, levantó dos gatos de la calle y cocina para chuparse los dedos.
En el mapa es una isla, pero para ella era una tregua, un descanso. Mariana se lo venía diciendo.
–Vamos a Cuba, vamos a Cuba, vamos a Cuba, vamos a Cuba, Cuba, Cubacubacuba.
Tanta insistencia desembocó en un paquete de 8 días y 10 noches, recorriendo primero La Habana, para después salir a buscar el paraíso.
–Playa, ¿entendés? Arena blanca, mar transparente, salsa. Vamos a Cuba, por el amor de Dios, Daniela.
Dijo que sí, más por Mariana que por ella. Se venía el aniversario de casada de su amiga y Daniela conocía el poder de esa fecha. Total, eran 8 días y 10 noches. Despegaron, gastaron todos los temas de charla entre los dos vuelos y las esperas, y llegaron. Las primeras dos noches en La Habana. Ciudad pintoresca, otra cultura.
–Escuchá el plan: mojitos en la barra del hotel, comemos una pavada para no tener el estómago vacío y salsa– dijo Mariana.
Jean y una camisa negra que le quedaba bastante bien. Pelo suelto. Estaba linda y una mujer linda no miente. Debajo de ese cansancio, había ganas de algo, aunque ella no lo supiera todavía.
Dos mojitos después, aparecieron en el salón del tercer piso del hotel. Deambularon por el salón, que estaba, por supuesto, repleto de mujeres. Escucharon el rumor por ahí, el profesor se partía de bueno.
Un cubano dotado por el don de la danza, la belleza, la seducción, apareció y saludó a una manga de mujeres calientes, a las que la salsa y el "un dos tres, un dos tres" les importaba un pepino.
El poder de una mirada podría ser el principio del mundo. Todo se detiene, todo se acelera. Así miró Salvador a la dulce Daniela. Como la salsa se baila de a dos y pegaítos, el camino se allanó en un segundo.
–¿Me permites que te use para empezar la clase? ¿Tú bailas?
Salvador la hizo bailar y, mientras tanto, entre vuelta y vuelta, le preguntaba cosas al oído. Se sentía hermosamente invadida. Nunca había tenido esa sensación. Los hombres estaban tan egocéntricos que se ponía nerviosa cuando tenía que responder preguntas básicas sobre sí misma.
Pasó esa noche con Salvador, recorriendo unos barcitos que un turista no reconocería, hasta que salió el sol. Daniela vio cómo el amanecer teñía todos esos grises que había contado unas horas antes. Esa noche el tour que habían pagado tenía entradas para el clásico Tropicana.
–No vayas. Quiero invitarlas a ti y a tu amiga a comer el mejor arroz cubano al mejor restaurante del mundo: mi casa.
Mariana insistió en que Daniela debía ir sola. La casa era chiquita, tenía algo melancólico, pero después del primer bocado, desapareció.
–¿Y? ¿Qué te parece mi arroz?
–Riquísimo. De verdad. Me dan ganas de hacerte probar unas empanadas de carne que hago, tienen buena fama.
Y mientras se acercaba para comerle la boca, le dijo que estaba seguro de que algún día ella iba a cocinar para él.
–Vas a ver, ¿no lo sentís en el aire? Esto es un encuentro, mujer. Estas cosas no tienen medios tiempos como la salsa, ni grises como mi querida Habana vieja. Tú vas a cocinar para mí.
–No lo creo. Prefiero no creerlo. Digamos que no me fue bien creyendo.
–Excelente, entonces. Mejor si no crees, así no pierdes la capacidad de asombro.
La besó, de verdad que no se puede describir el beso. Tenía la dosis perfecta de todo. De aire, de labios, de lengua, de textura, de suavidad, de esponjosidad. Toda esta combinación de ingredientes tenía un solo destino: la cama urgente. Y así fue, y Salvador la salvó tres veces.
El viaje fue salvador. De todas las excursiones, las fiestas, los museos, Daniela no fue a ninguno. Se convencía su desconfianza sabiendo que Cuba se quedaba con el cuerpo y el alma de este hombre, que sólo le estaba haciendo pasar unas buenas vacaciones. Ella iba a volver, y él iba a renovar su arroz con otra turista, quizás alemana, o francesa, o quién sabe. Llegó el día de la despedida, y Salvador las llevó al aeropuerto en un autito que chorreaba óxido.
–No quiero que te vayas.
–No quiero irme, no quiero sufrir, no quiero despedirme.
–Algo vamos a hacer.
En el avión de vuelta, Mariana le dijo que Salvador le había pedido que a las tres horas de vuelo exactas, le diera un sobre. Dentro del sobre, un colgante y una cartita. "Ayudame a salir de Cuba, así pruebo esas empanadas de carne".
–A mí esta frase me da para pensar, Marian. Es raro. ¿Cómo saber si este tipo quiere verme o simplemente salir de Cuba? ¿Cómo hago para saber?
Bueno, fluyendo. Día tras día. Daniela llegó. Un día una carta, otra semana otra, un día una charla inesperada por teléfono, un día el timbre y un turista desconocido le hacía de mensajero a Salvador y más cartitas, y así. Hasta que finalmente, Daniela lo ayudó a salir de Cuba. Habían decidido casarse. Una locura.
Diez años después, siguen juntos. Tienen dos hijos, y Daniela todavía no cree que sea cierto.
–Dale, mamita, no entres en esa zona de duda, porque me vas a obligar a hacerte otro niño.
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Contanos tu historia
Te invitamos a contarnos una historia de amor real –la de tu vecina, una amiga, tu hermana, una excompañera de colegio o la tuya–. Vale cualquier género: encanto, desencanto, imposible, terminado, perfecto, doloroso o feliz. El relato elegido será ficcionado, basándose en la historia real, cuidando al máximo la identidad de los verdaderos protagonistas. Para participar, escribí a revistasusana@publirevistas.com.ar y poné en el asunto HISTORIA DE AMOR. Este mes, la carta elegida se lleva un set de productos Dior, que incluye: un lápiz labial, una base de maquillaje Forever Nude y una fragancia J´Adore Eau de Parfum.





