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Jueves 16 de agosto de 2012

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Tu lengua y la mía

Desde hace siglos, ciencia y religión pugnan por imponer su concepto de bienestar. Con honestidad brutal, nuestro columnista habla sobre su batalla interna.

Por Jaime Bayly  |   Ver perfil

 
 

Cuando he tenido un día tan bueno como el que ahora termina, siento que debo agradecérselo a alguien, no sé a quién, pero a alguien.

Podría agradecérselo a Dios. El problema es que no creo en Dios en los días buenos, sólo me acuerdo de Dios en los días malos, muy malos, cuando siento que me voy a desmayar, como me pasó el domingo en el restaurante con mi madre, el miércoles antes del programa y el viernes, después de tomar una pastilla indebida: en esos casos, cuando pienso que me voy a desplomar en público, o peor aún cuando temo que voy a morir en televisión, le pido a Dios que me dé fuerzas para seguir en pie, llegar a mi cama al final del día y extraviarme en las brumas de la noche.

Podría agradecérselo a Silvia, mi mujer; qué raro me siento cuando escribo eso, "mi mujer". Siento que estoy mintiendo, que estoy exagerando, que la mujer de la casa soy yo, y que ella es mi hombre, mi amigo, en ocasiones mi amiga y, a veces, muy sutilmente, también mi amante.

Podría agradecérselo a Zoe, mi hija; seguramente es a ella a quien le debo esta desusada sensación de estar en el lugar correcto, con las personas apropiadas, y de aceptar serenamente y sin culpas que lo que pasó tenía que pasar y que, perdón por el optimismo, los días más felices son los que están por venir.

No sé cómo será mañana, sólo sé que ahora todo está bien y que es menester agradecérselo a quienes, con paciencia y sabiduría, diseñaron químicamente las pastillas que, desde anoche en que me rendí y volví a tomarlas, disuelven y acallan a los enemigos que se agazapan en mis entrañas y rescatan lo mejor de mí.

He tratado una semana entera de ser un hombre saludable, que encuentra en su propio organismo las reservas de su bienestar y su esplendor. He tratado siete días consecutivos de ser un hombre sobrio, emancipado de los narcóticos. Dios sabe que he fracasado. Dios sabe que lo he intentado con coraje y bravura, y que han sido días imposibles.

Agradezco esta felicidad primeramente a Silvia por darme amorosa y sabiamente las cápsulas que necesitaba para descansar y volver a estar bien. Qué haría sin ti, amor, y no me refiero sólo a Silvia, sino también al Remerón; a ti, mi amada Mirtazapina. Qué haría sin todas esas pastillas que han restaurado el sosiego que torpemente había interrumpido por querer ser un hombre sano. No soy un hombre sano, o cuando estoy sano me siento miserable, aporreado, infeliz, y por eso me conviene drogarme, aceptar que mi cuerpo es demasiado imperfecto para prescindir de las ayudas químicas y los consejos médicos.

Me han educado en esa noción anticuada: que las drogas son todas nocivas y que algunas supersticiones de índole moral son en cambio saludables, y ahora creo que es al contrario, que esas supersticiones religiosas a menudo me hacen daño y ciertos hallazgos científicos a veces funcionan, sacan lo mejor de ti, te ayudan a encontrar al que de verdad eres en medio de las nieblas y el vértigo.

No soy aparentemente un alma, soy un mamífero. No me funcionan las religiones, me funcionan las drogas, esa es mi manera feliz de evadir la realidad.

Quiero que todos los días sean como hoy, así de felices, y para eso tengo que hacer un puñado de cosas que ahora enumero como si fueran la fórmula secreta de la felicidad: dormir en un cuarto a solas hasta cualquier hora, tomar todas las pastillas que ya sé que nunca más debo alejar de mí, quedarme en esta casa como si fuera un jubilado, tramar una novela y otra más, elegir apropiadamente las palabras para dinamitar el honor de los falsos y los envanecidos, conspirar con Silvia, bailar con Zoe, cargarla, besarla, hacerle cosquillas en la barriga y escuchar cómo se ríe a gritos conmigo.

Gracias, entonces, a los que inventaron esas pastillas que ahora se diluyen en mi cuerpo. Y gracias a Silvia por encontrar las pastillas y llevarlas a mi boca, y calmarme con sus ojos quietos. Yo soy esta boca que traga pastillas y esta lengua que lame tu cuerpo. Mi alma, querida, no existe, sólo existen tu lengua y la mía, y todas las lenguas que me han lamido y habrán de lamerme..

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