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Viernes 22 de junio de 2012

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Dejar el ego de lado en nuestro cumpleaños por Jaime Bayly

Además de esperar regalos y saludos, el día de nuestro nacimiento es un momento para dejar el ego de lado y rendir gratitud a quienes nos acompañan en la vida

Por Jaime Bayly  |   Ver perfil

 
 

Cumplir años no tiene merito, es sólo cuestión de suerte. El mérito es de los que nos aguantan, de los que nos acompañan, de los que perdonan nuestras miserias y perseveran en el arduo oficio de querernos.

Nos parece justo que nos hagan regalos cuando cumplimos años. Sin embargo, el mejor regalo es que nos sigan queriendo, que comprendan nuestras debilidades, que se alegren de que seguimos vivos y nos den unos besos y unos abrazos que creemos merecer pero que, a decir verdad, nunca merecemos del todo.

Ya es un regalo estar vivos, gozar de buena salud, disfrutar de una existencia sosegada, confortable, comer lo que nos da la gana. Ya somos bastante afortunados, aunque no siempre nos demos cuenta de ello. Que además nos den regalos sólo porque existimos parecería un exceso, un engreimiento, una cosa inmoderada.

Somos nosotros quienes deberíamos dar regalos el día que cumplimos años, en primer lugar a nuestros padres, si tenemos la suerte de que sigan vivos. Gracias a ellos estamos aquí, respirando; fueron ellos quienes, amándose, deseándose, permitieron ese hecho accidental, azaroso, que llamamos la vida, una vida que supo existir sin nosotros y que seguramente se las arreglará para seguir existiendo cuando ya no estemos, aunque no toleremos la idea de que la humanidad tenga el mal gusto de olvidarnos así, tan rápido.

Nos hemos acostumbrado a que sean otros quienes se acuerden con cariño del día en que nacimos, nos hemos hecho la idea de que siempre nos deben más elogios, más demostraciones de afecto, más y mejores regalos, nos parece lógico y natural que nos quieran mucho, sin reservas, desmesuradamente, sin que en verdad lo merezcamos.

Nos parece espantoso que alguien se atreva a no querernos, que tenga una mala opinión de nosotros, pero sobre todo nos parece imperdonable que alguien se olvide de nuestro cumpleaños. ¿Cómo puede ser tan bestia esa persona de no advertir lo únicos, especiales, enormemente divertidos y supremamente talentosos que somos? ¿Quién se ha creído para pretender que el tiempo puede transcurrir sin interrumpirse para celebrar nuestra singularísima existencia?

Y que no vengan luego con la majadería de pedirnos que nos acordemos de sus cumpleaños, que los llamemos para saludarlos, que les hagamos regalos, que festejemos sus vidas. ¿Cómo podríamos tener tiempo de pensar en ellos y de recordar sus natalicios, sus aniversarios, sus fechas especiales, cuando estamos tan atareados pensando en nosotros?

No se diga que todos los cumpleaños y todas las vidas son iguales; qué chiste, qué insolencia. Es evidente que el mundo comienza el día en que uno nació, todo lo anterior es una abstracción, una quimera, pura fabulación de historiadores, y terminará el día en que uno por desgracia muera. Entonces, nuestro día de cumpleaños pasará a ser un día fundacional, una fecha que nadie debería olvidar o pasar por alto como si fuera un día más. No lo digo yo, lo diría cualquiera: qué día tan lindo es mi cumpleaños, es una pena que sólo dure un día, debería extenderse un poco más, qué bonito es cuando la gente se da cuenta de lo importante que soy.

No deja de sorprenderme cumplir un año más, me he esmerado bastante para impedirlo, he saboteado mi quebradiza salud todo cuanto he podido, y sin embargo estoy aquí, sigo aquí, mi cuerpo se resiste a pesar de las numerosas invitaciones a rendirse que le he extendido.

Por eso veo los cumpleaños con estupor y perplejidad, porque me parece disparatado seguir respirando cuando me he tratado con tanta saña y no deja de asombrarme que una mujer divertida y encantadora insista tercamente en quererme cuando ella se merece algo mejor.

Lo insólito de este cumpleaños no es solamente seguir en pie y estar rodeado de cariño y recibir tantos regalos preciosos, lo más raro es sentir de a ratos, como un viento persistente que viene del mar, que tal vez estoy aprendiendo a verme con paciencia y con compasión..

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