su lectura
Por Jaime Bayly | Ver perfil
A nadie le gusta que lo despidan. Cuando te despiden te hacen sentir prescindible, insignificante, y eso es exactamente lo que somos: prescindibles, insignificantes, y, sin embargo, nos duele y nos ofende que nos lo recuerden, que nos digan que están mejor sin nosotros y que nuestra presencia es un lastre, un estorbo.
Nos gusta que nos elogien, que nos necesiten, que nos digan cuán valioso es nuestro aporte. Nos gusta tanto que nos quieran que no imaginamos que aquellos que nos quieren un buen día se cansarán de nosotros y nos dirán "adiós", "buena suerte", "hasta nunca", pero eso por desgracia nos ocurre a todos, y si nadie nos ha despedido todavía de un trabajo, de un amor o de una amistad, ya se encargará de despedirnos la vida misma, interrumpiendo nuestra existencia cuando le dé la gana, lo que muy raramente coincide con nuestras ganas, pues son muy pocos los que tienen ganas de morirse y menos los que hacen algo para que esas ganas se traduzcan en unos hechos concretos.
El despido suele tomarnos por sorpresa y nos parece un hecho injusto. Me han despedido no pocas veces y me ha parecido una cosa atroz, de muy mal gusto, que me expulsaran de un lugar, que interrumpieran con brusquedad una rutina que ya se me hacía mediocre y placentera, que me hicieran sentir que sin mí estarían mejor, y pasado el tiempo he venido a descubrir que esos despidos, en su momento traumáticos y sin duda dolorosos, terminaron siendo convenientes para que yo fuese quien debía ser, para que mi destino se cumpliese cabalmente tal y como estaba escrito.
Me echaron del colegio por faltar sistemáticamente a clases, me echaron de la universidad por desaprobar una y otra vez un curso que no entendía, me echaron de un canal de televisión por hacer una pregunta atrevida, me echaron de la casa de mis padres por comportarme de una manera díscola y libertina, me echaron de sus vidas unos amigos por contarlo todo en mis novelas (tal vez no alcanzaron a comprender que uno sólo escribe de lo que de veras le importa), me echaron de nuevo, tantas veces, de la televisión siempre por negarme a callar lo que estaba pensando.
Todos esos despidos fueron humillantes, brutales, desoladores, y sin embargo, ahora que los recuerdo, me parece bien que ocurrieran, me digo que tenían que ocurrir y que esto que soy ahora mismo es la suma de todos los infortunios que caben en mí (y siempre cabe uno más, siempre se puede estar peor hasta que uno se muere).
Eso es lo bueno de ser escritor: todo lo malo que te va ocurriendo sirve para recogerlo y volcarlo en las novelas de una manera que te redima de esas miserias y esos pesares, todo lo que es malo en la vida acaso sea bueno para los emprendimientos artísticos, todo lo que te hace desgraciado te hará también, con suerte y si perseveras, menos tonto y dotará tu voz de una musicalidad única, singular, todos los que te han despedido y humillado son, quién lo diría, tus aliados impensados en el quijotesco afán de dejar una huella, algo que preserve una mínima belleza cuando ya no estemos.
Lo que somos es también, al mismo tiempo, lo que no somos, lo que no hemos podido ser, las carreras inconclusas, los sueños interrumpidos, las ilusiones rotas.
Lo que nos define con más exactitud no es lo que hemos conseguido, sino lo que no hemos logrado, lo que hemos perseguido inútilmente, aquello que se nos ha escapado y seguimos soñando con alcanzar; la mágica cifra de un individuo tal vez no se encuentra en las cosas que hace, sino en las que querría hacer, en las que sueña que algún día hará y que con toda probabilidad nunca hará.
De todos los despidos, el más cruel es acaso el del tiempo, que se despide de nosotros todos los días, lenta y sigilosamente, sin que lo advirtamos con la debida perspicacia: cuando cae la tarde y llega la noche hemos sido despedidos, nos queda menos tiempo, somos los escombros de lo que fuimos.
Esta noche podría ser la última o la penúltima, y sin embargo, la vivimos como si fuera eterna. Tal vez por eso, porque tarde o temprano todos seremos despedidos del modesto oficio de estar vivos y porque ahora mismo estamos siendo despedidos de un viaje a ninguna parte que más o menos pronto habrá de interrumpirse, es preciso aferrarse a las pequeñas cosas de las que ningún jefe o empleador podría despedirnos: esos actos solapados que nos dan alguna forma de placer, esas ceremonias íntimas, minúsculas, que nos recuerdan el goce de existir, esas palabras sosegadas que hemos pronunciado este día, en esta lengua, antes de que caiga la noche y todo sea polvo y olvido..





