su lectura
Por Maju Lozano | Ver perfil
Hoy me llamo una amiga y me pidió que fuera a buscarla a su clase de tenis. Me pareció raro que Lu hubiera empezado a practicar un deporte con tanto entusiasmo. Ella, que jamás hizo ningún tipo de actividad física y que cree que Vilas todavía juega y que está en pareja con la princesa Carolina de Mónaco.
Como llegué temprano al club –un hecho increíble, porque soy la reina de la impuntualidad– decidí bajarme del auto e ir a su encuentro en lugar de esperarla. Pasé por varias canchas buscándola y me llamó la atención una chica que se reía a carcajadas y corría como una tenista profesional de un lado al otro. Seguí de largo, ¡esa no podía ser Lu! La última vez que la vi correr fue cuando jugábamos al ring raje en quinto grado. Pero volví a escuchar la carcajada y reconocí esa risa maravillosa y contagiosa que sólo ella tiene. Volví sobre mis pasos y ahí estaba, vestida cual Gaby Sabatini y desplegando una destreza que realmente desconocía. ¡Guauuu! Me detuve a mirarla y pensé: "¡Qué loco! A esta altura de la vida descubrió su verdadera vocación y es nada más y nada menos que el tenis". Busqué enseguida con la mirada al profesor como para hacerle un gesto de complicidad y, cuando lo visualicé, entendí tooodo, o casi todo. Un bombón de veintipico de años que partía la tierra, con una sonrisa que hacía que se te bajaran las medias. Entonces comprendí al instante a qué se debía el famoso entusiasmo de mi amiga. Lu levantó la mano y me saludó, haciéndose la canchera.
"Me quiero morir... se cree de veinte –pensé–. No puedo dejarla pagando". Entonces la saludé efusivamente, tanto que el sacudón me dio un tirón en el brazo. ¡Uf, qué vieja estoy!, y seguí como si nada. Cuando terminó la clase, Lu se acercó radiante y me dijo:
–Es un bombón, ¿viste?
–Sí, se parte –contesté. Y ahí mismo recordé cuando hace un tiempo tomé clases de escultura con ese muchachito bohemio que me encendía las más alocadas fantasías, como si fuera Demi Moore en Ghost. Nunca pasó nada con él, obvio, pero confieso que mis ratones tenían el tamaño de un departamento de tres ambientes; o cuando Mery, mi amiga adorada, tenía fantasías con el cura de la iglesia del barrio, y se iba a confesar todos los domingos, como una pecadora mortal, aun sabiendo que ese amor era imposible. Pero en algún rinconcito, ella tenía la esperanza de convertirse en Camila O’Gorman, sin un final trágico, claro.
También me viene a la cabeza lo enamorada que estaba yo en quinto año de mi profesor de historia. Bah, yo sola no, todas mis compañeras del colegio. No recuerdo silencio y atención más grande en el aula que cuando él hablaba. Todas nos derretíamos en cada relato, todas fantaseábamos con la idea de que, algún día, ese hombre culto y maravilloso se metería en nuestras sábanas.
Aunque nunca se lleven a cabo ni se concreten, las fantasias nos hacen seguir sintiendonos vivas, deseadas
No sé de dónde saldrán tantas fantasías con el profe de gimnasia, de historia, de pintura, de tenis, de inglés, el paseador de perros... No sé si esto tendrá que ver con esa fantasía de querer lo prohibido, de lo que no corresponde... En mi caso, tiene que ver con la necesidad de sentir que puedo aprender del hombre que me gusta, que él puede sorprenderme; mi mambo viene por ahí. Creo que debería haber visto menos películas de amor en mi adolescencia.
Fantasías hay tantas como personas en el mundo, eso es lo que alimenta nuestra vida día a día. Aunque nunca se lleven a cabo ni se concreten, es lo que nos hace seguir sintiéndonos vivas, deseadas. Total no herimos a nadie, sólo nosotras somos dueñas de nuestros pensamientos.
Y ahora las dejo, porque se me hace tarde para ir a mi clase de tenis. ¡Ups! Sí, sí, empecé con un amigo del profe de mi amiga; obvio, les pido que esto no salga de acá. Será nuestro pequeño y gran secreto. ¡Raqueta en mano, fantasías allá vamos!.






