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Por Osvalod Cattone | Ver perfil
La pasion es un motor que enciende a los seres humanos hasta, a veces, hacerles perder la cordura. Y no me refiero a la pasión sexual, que es la más placentera de las pasiones, sino a otras más difíciles de concordar: la política y la religión. En estos temas es prácticamente imposible ponernos de acuerdo con la lógica. Los motivos que cada uno expone como argumento inteligente se chocan con una obcecada y contundente pared. No se puede dialogar, se termina discutiendo y a veces peleando. Eso en el ámbito personal; en el gubernamental, se termina en guerras.
A través de los siglos, hubo enfrentamientos sangrientos que llevaron a extremos de crueldad inconcebible la sola defensa de un credo del que nunca se tuvo la certeza que existiese. Sólo la idea, sólo la mística. Y por esa obsesiva defensa, se destruyeron ciudades y se dividieron familias. Hoy, en el siglo XXI, no ha cambiado demasiado esa forma de defender una idea. Aquí en Perú, en unas recientes elecciones, el país se ha dividido en dos, determinando por un porcentaje mínimo el triunfo de Ollanta Humala. Quiero decir con esto que si hay medio país en una línea y medio en otra, es necesario escuchar también la voz del perdedor, porque aun no siendo mayoritaria, es muy numerosa. Pero nadie escucha, sólo se discute.
En cuanto a la religión, cada vez que digo en un reportaje que soy agnóstico, recibo cartas abiertas en los periódicos, críticas en Facebook, haciéndome ver lo equivocado que estoy y que alguno de los santos invocados me mandará al infierno.
Entramos a una era pragmatica que parece definir los valores de acuerdo con lo que cotizan en el mercado
Pero hoy, fuera de la política y la religión, hay otro fanatismo por el cual se mata. El fútbol. Ya no se trata de disentir, se trata de asesinar al que no es del mismo equipo. Lo que ha ocurrido en el estadio Monumental de Lima y que ha difundido la prensa mundial es simplemente demencial. Un integrante de la barra brava de Universitario ha levantado, como King Kong, a un hincha de Alianza y lo ha arrojado desde un palco al asfalto. Una vida de 23 años perdida absurdamente. Pero lo que es peor es el estado de total enajenación en el que se encontraban los hinchas, borrachos, drogados, llenos de alcohol y de cocaína. La heladera del palco VIP estaba repleta de botellas y sustancias tóxicas. O sea el fútbol es el pretexto para exacerbar las más primitivas sensaciones. Así que a la política y a la religión hay que sumarles otro tema que no se puede discutir sin caer en la posibilidad de convertirnos en enemigos. La violencia que provoca esta pasión es realmente impresionante. Entonces algo que se llamaba deporte se convierte en un negocio de intereses que mueve cantidades extraordinarias de dinero y donde, como en la mafia, se digita quién tiene que seguir o terminar. Así como la corrupción se apoderó del mundo político y todo el que accede al poder pone o tiene un precio (y sabemos que es un grupo económico el que maneja el mundo), de la misma manera, el deporte, que hace unos años era solamente la vocación llevada a la profesión, se ha convertido en un negocio que produce tanto dinero como problemas. Entonces llegamos a la conclusión de que estos tres elementos que forman parte de nuestra vida cotidiana —credo, política y fútbol— están digitados por un poder económico que mantiene su grandeza y acrecienta el fanatismo, precisamente por la maquinaria que los protege. En eso, la Madre Teresa nos dio un ejemplo de fervor religioso, viviendo como una asceta y entregando su vida a los demás. Lejos de la pompa del Vaticano y las enredadas y astutas movidas del clero. Hoy en día pareciera ser que todo es negocio. Nos estamos alejando cada vez más del romanticismo que dio sus últimos estertores a mediados del siglo XX y hemos entrado en una era pragmática que parece definir los valores de acuerdo con lo que cotizan en el mercado. Por un lado, el progreso es maravilloso, la investigación de enfermedades, la tecnología, la comodidad; y por el otro, hemos perdido esa ilusión que nos hacía soñar con encontrar la felicidad a través de lo espiritual. Estamos en guerra con el prójimo porque estamos en guerra con nosotros mismos. Y la violencia con la que el ser humano responde a lo que se opone lo va devolviendo poco a poco a las cavernas..





